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El
ombligo de los limbos
ANTONIN ARTAUD
Del libro Carta a los
Poderes, Antonín Artaud.
Ediciones de la Gárgola,
Buenos Aires 1983Allí donde
otros proponen obras yo
no pretendo otra cosa que
mostrar mi espíritu.
La vida es un consumirse
en preguntas.
No concibo la obra como
separada de la vida.
No amo la creación
separada. No concibo
tampoco el espíritu
separado de sí mismo.
Cada una de mis obras,
cada uno de los planes de
mí mismo, cada una de
las floraciones heladas
de mi vida interior echa
su baba sobre mí.
Me reconozco tanto en una
carta escrita para
explicar el encogimiento
íntimo de mi ser y la
castración insensata de
mi vida, como en un
ensayo exterior a mí
mismo, y que aparece en
mí, como un engendro
indiferente de mi
espíritu.
Sufro que el Espíritu no
esté en la vida y que la
vida no esté en el
Espíritu, sufro del
Espíritu órgano, del
Espíritu-traducción, o
del
Espíritu-intimidación-de-las-cosas
para hacerlas entrar en
el Espíritu.
Yo pongo este libro
suspendido en la vida,
deseo que sea mordido por
las cosas exteriores y
antes que nada por todos
los sobresaltos en
acecho, todas las
oscilaciones de mi yo
por venir.
Todas estas páginas se
arrastran como témpanos
en el espíritu.
Disculpen mi absoluta
libertad. Me rehuso a
hacer diferencias entre
cada uno de los minutos
de mí mismo. No
reconozco el espíritu
planificado.
Es necesario terminar con
el Espíritu como con la
literatura. Digo que el
Espíritu y la vida se
comunican en todos los
grados. Yo quisiera hacer
un Libro que trastorne a
los hombres, que sea como
una puerta abierta y que
los conduzca donde ellos
no habrían jamás
consentido llegar,
simplemente una puerta
enfrentada a la realidad.
Y esto no es un prefacio
de un libro como no lo
son los poemas que lo
jalonan ni la
enumeración de todas las
furias del malestar.
Esto no es más que un
témpano mal tragado.
Un
gran fervor pensante y
superpoblado llevaba a mi
como yo como un abismo
pleno. Un viento carnal y
resonante soplaba, y el
azufre mismo era denso.
Y raicillas ínfimas
poblaban ese viento como
una red de venas y su
entrecruzamiento
fulguraba. El espacio era
medible y crujiente, pero
sin forma penetrable. Y
el centro era un mosaico
de fragmentos, una
especie de duro martillo
cósmico, de una pesadez
desfigurada, y que
recaía sin cesar como un
frente en el espacio,
pero con un ruido como
destilado. Y la envoltura
algodonosa del ruido
tenía la instancia
obtusa y la penetración
de una mirada viva. Sí,
el espacio devolvía su
pleno algodón mental
donde ningún pensamiento
era aún nítido ni
restituía su descarga de
objetos. Pero, poco a
poco, la masa giró como
una náusea fangosa y
potente, una especie de
inmenso flujo de sangre
vegetal y retumbante. Y
las raicillas que se
estremecían en el borde
de mi ojo mental, se
separaban con una
velocidad de vértigo de
la masa crispada del
viento. Y todo el espacio
se estremeció como un
sexo que el globo del
cielo ardiente saqueaba.
Y una especie de pico de
paloma real horadó la
masa confusa de los
estados, todo el
pensamiento profundo en
ese momento se
estratificaba, se
resolvía, se hacía
transparente y reducido.
Y nos era necesario
entonces una mano que se
transformara en el
órgano mismo del
aprehender. Y dos o tres
veces todavía la masa
entera y vegetal giró, y
cada vez, mi ojo se
reubicaba en una
posición más precisa.
La oscuridad misma se
hacía profusa y sin
objeto. El hielo entero
ganaba la claridad.
Doctor,
Hay un punto sobre el
cual habría querido
insistir: es el de la
importancia de la cosa
sobre la cual actúan sus
inyecciones; esta especie
de relajamiento esencial
de mi ser, esta
reducción de mi estiaje
mental, que no significa
como podría creerse una
disminución cualquiera
de mi moralidad (de mi
alma moral) o siquiera de
mi inteligencia, sino
más bien de mi
intelectualidad
utilizable, de mis
posibilidades pensantes,
y que tiene que ver más
con el sentimiento que
tengo yo mismo de mi yo,
que con los que muestro
de él a los demás.
Esta cristalización
sorda y multiforme del
pensamiento, que encoge
en un momento dado
su forma. Hay una
cristalización inmediata
y directa del yo en el
centro de todas las
formas posibles, de todos
los modos del
pensamiento.
Y ahora, señor Doctor,
que ya está usted bien
al tanto de lo que en mí
puede ser alcanzado (y
curado por las drogas),
del punto de litigio de
mi vida, espero que
sabrá darme la cantidad
de líquidos sutiles, de
agentes especiosos, de
morfina mental, capaces
de elevar mi abatimiento,
de equilibrar lo que cae,
de reunir lo que está
separado, de recomponer
lo que está destruido.
Mi pensamiento le saluda.
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ESPACIOS DE LA LOCURA
2000-2006
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