Fragmentos
de un diario de infierno
ANTONIN ARTAUDDel
libro Carta a los poderes, Antonin Artaud
Ni mi grito ni mi fiebre me
pertenecen. Esa desintegración de mis
fuerzas segundas, de esos elementos
disimulados del pensamiento y del alma,
concebís acaso su constancia.
Ese algo que está a mitad de camino
entre el color de mi atmósfera típica y
la punta de mi realidad.
No necesito tanto de un alimento como de
una especie de conciencia elemental.
Ese nudo de la vida al que se aferra la
emisión del pensamiento. Un nudo de
asfixia central.
Posarme simplemente sobre
una verdad clara, es decir, que queda
sobre un solo filo.
Ese problema de la demacración de mi yo
ya no se presenta en su ángulo
únicamente doloroso. Siento que nuevos
factores intervienen en la
desnaturalización de mi vida y que tengo
algo así como una nueva conciencia de mi
íntimo debilitamiento.
Veo en el hecho de arrojar
el dado y de precipitarme en la
afirmación de una verdad presentida, por
aleatoria que sea, toda la razón de mi
vida.
Permanezco durante horas con la
impresión de una idea, de un sonido. Mi
emoción no se desenvuelve en el tiempo,
no se sucede en el tiempo. Los reflujos
de mi alma están en perfecto acuerdo con
la identidad absoluta del espíritu.
Enfrentar la metafísica que
he elaborado para mí en función de esa
nada que llevo conmigo.
Ese dolor arraigado en mí
como una cuña, en el centro de mi más
pura realidad, en ese lugar de la
sensibilidad en que los dos mundos del
cuerpo y del espíritu se encuentran, me
he enseñado a olvidarlos mediante una
falsa sugestión.
En el espacio de ese minuto que dura la
elucidación de una mentira, me fabrico
un pensamiento de evasión, me lanzo
sobre una falsa pista señalada por mi
sangre. Cierro los ojos de mi
inteligencia, y dejando hablar en mí lo
formulado, me concedo la ilusión de un
sistema cuyos términos me escaparían.
Pero de este minuto de error me queda el
sentimiento de haber arrebatado a lo
desconocido algo real. Creo en los
conjuros espontáneos. Sobre las rutas
por las cuales me arrastra mi sangre no
puede ser que yo no descubra un día una
verdad.
La parálisis me invade y me
impide cada vez más regresar sobre mí
mismo. Ya no tengo punto de apoyo ni
base
me busco no sé dónde. Mi
pensamiento ya no puede ir allí donde mi
emoción y las imágenes que surgen en
mí lo empujan. Me siento castrado hasta
en mis impulsos mínimos. Termino por ser
transparente para mí mismo, a fuerza de
renunciamientos en todos los sentidos de
mi inteligencia y de mi sensibilidad. Es
necesario que se comprenda que es
efectivamente el hombre vivo en mí el
que está afectado y que esa parálisis
que me sofoca está en el centro de mi
personalidad habitual y no de mis
sentidos de hombre predestinado. Estoy
definitivamente del lado de la vida. Mi
suplicio es tan sutil, tan refinado como
áspero. Me son necesarios esfuerzos
insensatos de imaginación, duplicados
por el abrazo de esa asfixia sofocante
para llegar a PENSAR mi mal. Y si me
obstino en esa persecución, en esa
necesidad de fijar de una vez por todas
el estado de mi ahogo
Llevo el estigma de una
muerte apremiante donde la muerte
verdadera no supone terror para mí.
Esas formas aterradoras que
avanzan, siento que la desesperación que
me traen está viva. Ella se desliza en
ese nudo de la vida luego del cual se
abren las rutas de la eternidad. Es
verdaderamente la separación para
siempre. Deslizan su cuchillo hasta ese
centro en el que yo me siento hombre,
cortan las ataduras vitales que me ligan
al sueño de mi lúcida realidad.
El tiempo puede transcurrir
y las convulsiones del mundo asolar los
pensamientos de los hombres; estoy a
salvo de todo pensamiento que penetre en
los fenómenos. Que me dejen con mis
nubes extinguidas, con mi inmortal
impotencia, con mis insensatas
esperanzas. Pero que se sepa bien que no
abdico de ninguno de mis errores. Si he
juzgado mal es culpa de mi carne, pero
esas luces que mi espíritu deja filtrar
de hora en hora, es mi carne cuya sangre
se reviste de reflejos.
Un gran frío.
Una atroz abstinencia.
Los limbos de una pesadilla de huesos y
músculos, con la sensación de las
funciones estomacales que estallan como
una bandera en las fosforescencias de la
tormenta.
Imágenes larvarias que se empujan como
con el dedo y no tienen relaciones con
ninguna materia.
No, todos los
desgarramientos corporales, todas las
disminuciones de la actividad física y
esa molestia de sentir que uno depende de
su cuerpo, y ese cuerpo mismo cargado de
mármol y acostado sobre una mala madera,
no igualan la pena que supone estar
privado de la ciencia física y del
sentido de su equilibrio interior. Que el
alma falte a la lengua o la lengua al
espíritu y que esa ruptura trace en las
llanuras del sentido algo así como un
amplio surco de desesperación y de
sangre, he aquí la gran pena que socava
no la corteza o el armazón sino el
TEJIDO de los cuerpos. Hay que perder esa
chispa errante la cual uno siente que ERA
un abismo que acumula consigo mismo toda
la extensión del mundo posible, y la
sensación de una inutilidad tal que ella
es como el nudo de la muerte. Esta
inutilidad es como el color moral de ese
abismo y de esa intensa putrefacción, y
el color físico es el gusto de una
sangre surgiendo a borbotones a través
de las aberturas del cerebro.
Es inútil que me digan que
esa emboscada la llevo en mí; participo
de la vida, represento la fatalidad que
me elige y no puede ser que toda la vida
del mundo cuente conmigo en un momento
dado puesto que por su naturaleza misma
ella pone en peligro el principio de la
vida.
Hay algo que está por encima de toda
actividad humana: es el ejemplo de esa
monótona crucifixión, de esa
crucifixión donde el alma no acaba nunca
de perderse.
Jamás podrá tener alguna
precisión esta alma que se ahoga, ya que
el tormento que la mata la desencarna
fibra por fibra, ocurre por debajo del
pensamiento, por debajo de donde puede
llegar la lengua, puesto que es la
trabazón mismo de lo que la torna y la
mantiene espiritualmente aglomerada, la
que se rompe a medida que la vida la
convoca a la constancia de la claridad.
Jamás habrá claridad alguna sobre esa
pasión, sobre esa suerte de martirio
cíclico y fundamental. Y sin embargo
ella vive, pero con una duración de
eclipses donde lo que huye se mezcla
perpetuamente a lo inmóvil, y lo confuso
a esa lengua penetrante de una claridad
sin duración. Esta maldición es de una
gran enseñanza para las profundidades
que ella ocupa, pero el mundo no
entenderá su lección.
Cuando me pienso, mi
pensamiento se busca en el éter de un
nuevo espacio. Estoy en la luna, así
como otros están en su balcón.
Participo en la gravitación planetaria
en las fisuras de mi espíritu.
La vida se va a hacer, los
acontecimientos van a sucederse, los
conflictos espirituales se resolverán y
yo no participaré en ellos. Nada puedo
esperar ni de lo físico ni de lo moral.
Para mí es el dolor perpetuo y la
sombra, la noche del alma, y no tengo voz
para gritar.
Dilapidad vuestras riquezas lejos de ese
cuerpo insensible al que no afecta
ninguna estación, ni espiritual ni
sensual.
He elegido el dominio del
dolor y la sombra como otros el de
irradiación y acumulación de la
materia.
No trabajo en la dimensión de un dominio
cualquiera.
Trabajo en la única duración.
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