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/ Literatura y Ciudad

       


Detalle de una publicidad
aparecida en la revista
Caras y Caretas
(Nº 1591, Año 1929)

 

ARLT / FRAY MOCHO / E. GONZALEZ TUÑÓN
Tres textos sobre la Modernidad en Buenos Aires
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Fantásticos proyectos para modernizar a
Buenos Aires

ROBERTO ARLT

Inspectores de monumentos

Uno de los últimos e increíbles proyectos del Ministerio de Instrucción Pública es la creación del puesto de Inspector de Monumentos.
¡Dichoso país éste donde se atan los perros con longanizas! ¡Ciudad feliz y confiada! Ahora tendremos también un inspector de monumentos, como hay en funciones inspectores de leche, de moralidad y afirmados.
Lo curioso sería saber qué es lo que un inspector puede inspeccionarle a un monumento. Por lo general, las estatuas representan a generales, fuentes, un señor a caballo u otra pamplina; de forma que la inspección de un monumento es tan ridícula como la observación que se le hiciera a un cojo de que no debe ser cojo, porque es antiestético.
A nosotros, en vista de semejantes ocurrencias ministeriales, se nos ocurren las siguientes cosas:
1º Que el gobierno libre un oficio nombrando al que suscribe Inspector General de Proyectos Fantásticos para ocupar vagos.
2º El infrascripto tiene en la mollera varios proyectos descabellados para embellecer Buenos Aires y emplear en su realización a infinitos holgazanes de comité.
3º El postulante se conformaría con quinientos pesos (moneda nacional de curso legal) de sueldo mensuales.

Industrialización del Arroyo Maldonado

La Municipalidad está que no sabe qué destino darle al arroyo Maldonado, un arroyo que no es arroyo ni nada, y que sólo sirve de pretexto a los poetas arrabaleros para rimarlo con "acabado"
Entre los muchos proyectos, hay el de convertirlo en una especie de tubo maestro para los desagües, pero el alma perdularia del arroyo no transa con tan ignominiosa condición, y quiere que lo conviertan en río, aunque sea en un río de juguete y riberas de cemento armado. Podría instalarse allí una minúscula compañía de navegación, o varias empresas de ómnibus acuáticos, lo que resolvería el grave problema de tráfico, sin dejar, por eso, de constituir una delicia para los aficionados a la pesca. ¡Medite nuestro proyecto, señor Noel!

La jaula de los chismes

En todos los barrios, así como se han instalado surtidores de querosene y nafta, deberían ubicarse jaulas de madera con sólidos barrotes y varios loros parleros en su parte superior.
En esas jaulas se encerrarían por algunas horas a las comadres convictas y confesas de chismosas, a las vecinas peleadoras, a las que se dedican a escribir anónimos, a los maridos ausentes y a las que se comen las gallinas del prójimo.

Jardín para enamorados

La Municipalidad tiene el proyecto de convertir el Mercado del Plata en una especie de "garage" aéreo, cosa que, según los ediles, se usa y acostumbra en Yanquilandia. El proyecto no nos agrada. Es lo único que falta para afear la ciudad. Lo que hay que hacer con el Mercado del Plata es echarlo abajo, y construir un jardín con diez pisos, que se llamaría el "jardín de los enamorados", así como los jardines dedicados a los niños se llaman "jardines para infantes".
Cada piso de dicho jardín estaría dedicado a una variedad vegetal y fragante. Habría el piso de los claveles, el de los nardos, de los bojes y de los rosales.
Allí no podrían entrar ni los célibes, ni los casados, ni las solteras. Allí sólo podrían entrar los novios y los guardianes de dichos jardines. Se llamarían los Inspectores de las Miradas y los Protectores de los Perfumes.

El quiosco de los desesperados

Se evitarían muchos suicidios, robos o malas acciones, si en las principales bocacalles de la ciudad se colocara un amplio quiosco pintado de verde, y en su interior, suntuoso como un bajá de siete colas, a un hombre poético y sesudo. Este hombre tendría la siguiente misión:
En cuanto uno se sintiera triste, o con ganas de despachar a un prójimo, o asaltar un banco, se acercaría al quiosco. Entonces el consejero lo invitaría a entrar, le ofrecería un "sandwich" y un "cívico", y lo consolaría de los ultrajes de la suerte. Es seguro que una repartición así resultaría de más provecho para la República que la Defensa Langosteril.

La Avenida Costanera

Buenos Aires es una ciudad monótona, porque no tiene montañas en su confín. En vez de hacerse una avenida Costanera, que será un recreo y cancha de bochas y campo de batalla de vagos y perdularios, debía circundarse la ciudad de un cordón de sierras de cemento armado.
Sobre ser una defensa contra los vientos pamperos, constituiría un gran negocio, pues en la cresta de la montaña se intentaría un tren eléctrico ultrarrápido, y al pie hoteles campestres, manicomios de inventores, arroyitos desinfectados con creolina y calesitas para los poetas de la nueva sensibilidad.

El presente artículo fue publicado en Don Goyo, el 12 de octubre de 1926 y reproducido en el libro El resorte secreto y otras páginas, Roberto Arlt (Simurg, Buenos Aires 1996)

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El atorrante
JOSE S. ALVAREZ (FRAY MOCHO)

No es mendigo, ni sabe hurtar o agredir. No es el mal hombre, rondador de todos los banquetes, testigo de todos los holgorios, mudo y mortificante como una sombra de nuestra conciencia que se hiciera de pronto tangible y perseguidor. No, no es el mal hombre de Tulien Descaves. Si le alargaran como a aquél, una moneda, no sabría fulminar con la mirada al misericordioso. Producto genuino de la metrópoli, se diferencia tanto del vagabundo gorkiano, como un labriego de un jornalero de fábrica.
Observémoslo cuando ambula, las manos tomadas atrás, el paso rastrero, tardo, inseguro. Su actitud, todavía de valor típico, reclama entonces el objetivo.
¿Quién no le conoce así? En las aceras de las calles más atorbellinadas, donde la premura de los seres se justifica con perspectivas de pan, de rapacidad, de concupiscencia, el atorrante es el único que jamás tiene prisa.
Y con todo, goza de un privilegio el paso libre.
Para el callejero reflexivo, escaso entre la turba, constituye la más torturada de las interrogaciones. ¿Qué desconocida suficiencia intelectual lleva a ese vago suigéneris a la inconsideración más llana de cuanto al prójimo incita y a veces azuza hasta el delirio? ¿Hay en él un insensible, un apático, una lamentable imbécil?
Y en el caletre del discurridor, la perplejidad concluye trazando un enorme cero.
La foule, en caso de juzgar al personaje, lo hace con más felicidad: como que cada individuo tiene su preconcepto… Y no podía ser de otro modo: que no se está en plena calle y negocios de por medio, para disquisiciones de gabinete.
¡Paso al atorrante!
Y como ante el féretro de Carolina, en la dolora de Campoamor, cada cual piensa a su modo.
La dama de perifollos. -¡Qué asco!
Los seres tímidos. -¡Qué miedos!
El sabihondo. – Un caso.
El delincuente. – Un colega sin historia.
Los cándidos. -¡Qué raro y feo!
El buen hombre. -¡Pobre infeliz!
La beata. - ¡Un maldito de Dios!
El pesimista. –Un dichoso.
El novísimo psicópata. –Un abuliado. (Debe comprenderse un enfermo de la voluntad)
El mismo, en distinta ocasión. –Un disgregado erotómano. (Aquí debe entenderse un inconsciente que vaga).
El pisaverde…hace que no le ve.
El acaudalado. -¡Un haragán!
El justo. – Una célula enferma del todo social. Es menester curarla.
El determinista. –Un producto del medio.
El juez. –Un inútil que pide la eliminación.
El revolucionario. -¡Una injusticia social que grita venganza!
Pero, a todo esto, el atorrante sigue su marcha, tardo y rastrero el paso, las manos a la espalda o tomando al desgaire el gran trozo de arpillera que al entrecubrir sus harapos, flota a modo de túnica imperial. Se dijera la personificación de un pensamiento demasiado profundo para ser comprendido.
Con todo, su serenidad suele motivar dos estados de ánimo extremos: en quienes le execran, la grima; en quienes le compadecen, la admiración.

El presente texto fue publicado en la revista P.B.T., Nº 17, del 14 de enero de 1905 e incluido en el libro Los Desocupados. Una tipología de la pobreza en la Literatura argentina (Universidad Nacional de Quilmes, Buenos Aires, 1999)

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La calle de los sueños perdidos
ENRIQUE GONZÁLEZ TUÑÓN

Dios creó al hombre para que fuera feliz
TOLSTOI

Un hombre ha perdido un sueño y no lo puede encontrar. Muchos seres perdieron un sueño. ¿Cuántos siguen el rastro del sueño perdido?
Un sueño puede perderse de día o de noche, a la hora indecisa de la madrugada, en la calle, en la casa, en un hotel, en una plaza, en un vagón de ferrocarril, en un barco. En cualquier lugar puede perderse un sueño como se pierde una llave.
¿Ha encontrado usted alguna vez una llave en la calle?
¿Ha encontrado un sueño perdido?
(¿De qué le vale una llave, un sueño, si no es su llave, su sueño?)
El mundo está lleno de sueños perdidos.
El honrado chofer devolvió la valija olvidada en su coche de alquiler. El honrado transeúnte devolvió la cartera repleta de billetes.
Nadie, que yo sepa, ha devuelto un sueño.
Nadie.
Y los sueños se pierden, de la noche a la mañana, como cualquier objeto. Se pierden y se encuentran. (¿Dónde? ¿Dónde?)

Un hombre ha perdido un sueño. (Se gratificará a quien lo devuelva). Lo perdió en una ausencia, o en una espera. No sabría decir dónde.
Hay un lugar adonde van a parar los objetos perdidos. Llaves, anillos, medallas. Cristos de plata y de bronce, cadenas, relojes, puñales, recuerdos de familia, todo lo que se pierde y se encuentra. Menos los sueños. No hay una sección de extravíos y hallazgos para los sueños y los destinos. Un lugar, una especie de Rastro celeste, de entrecielo, donde uno pudiera hallar aquello esencial de su vida: lo único que podría darle la felicidad.

Dios creó al hombre para que fuera feliz.
Habría que crear ese lugar. Abrir una nueva calle fuera de la nomenclatura urbana. La calle de los sueños perdidos, de los sueños equivocados, de los sueños fugitivos, remotos, desvanecidos, desencontrados; de los sueños que sobreviven; de los sueños inéditos; de la ausencia y de la espera; del regreso a un día en que el sueño pudo ser nuestro. En que pudimos encontrarnos con nuestro verdadero destino.

El hombre que perdió un sueño podría encontrarlo en la calle de los sueños perdidos.
Volvería a arder el fuego interior bajo la triste capa de ceniza que lo cubría. Todo se manifestaría libremente. Se romperían, al conjuro del sueño aprehendido, las ataduras, los prejuicios, los impedimentos, lo que se oponía a su felicidad.
Y como Dios creó al hombre para que fuera feliz, todo le sería permitido para serlo. Hasta el egoísmo.
Todos los sueños existen. Existe el sueño de cada destino. El sueño que haría feliz al desdichado y que rompería la obstinación en el mortal fastidio del pesimista.
Hay que crear la calle de los sueños perdidos.

Muchos han perdido un sueño y se han acomodado a otro. Números equivocados del destino, se resignan con su suerte. Permutan un sueño por otro. El verdadero sueño, nuestro íntimo sueño, vital, existencial, ¿dónde está? Se fue, quizás, por una puerta falsa. Llegó a buscarnos cuando recién salíamos; se desvaneció en la bruma; cayó en la trampa o en una alcantarilla. Quien sabe dónde.
De este desencuentro del hombre y su sueño nació la irremediable congoja.
Lo que pudo haber sucedido y no sucedió.
¿Qué hay detrás del portal donde la madre anónima dejó abandonado a su hijo?
El postulante nunca pudo entregar su carta al ministro. El anciano mendigo no pudo hablar jamás con el director del asilo.
En esa estación no se detuvo el tren. Y allí estaba el sueño aguardando.
En ese puerto no se detuvo el barco. Y allí estaba el sueño aguardando.
El cómico trashumante perdió su mejor contrata.
El saltimbanqui…
El aventurero….
El presidiario…
El criminal….
El suicida…
El poeta…

Tal día, tal hora, ¿dónde estábamos?
La suerte nos llamó por nuestro nombre. No la escuchamos.
La suerte no llama dos veces.
Después, nos equivocamos de puerta. Llamamos y nos dieron con la puerta en la cara, como suele hacerse con los mendigos.
Quizás no debíamos haber perdido el tiempo buscando un sueño. Quizás el sueño viniera solo a nuestro encuentro.
Tarde ya gritamos nuestra desesperación inútil. Agitamos los brazos como el náufrago en la soledad del mar. Nadie acudió a nuestro llamado. Nuestra angustia fracasó en el silencio.
Hay que crear la calle de los sueños perdidos. El Rastro celeste. El entrecielo.
Allí encontraríamos nuestro sueño. Allí estarían, en exposición, los sueños fugitivos, los sueños intactos, los sueños usados, los sueños abandonados, frustrados, despreciados, olvidados.
Allí resucitaría el sueño. Palpitaría como una criatura recién nacida.
Todos los sueños existen. Existen los sueños que se realizan y los que se pierden y aun los sueños inconcretos.
La felicidad existe.
Un hombre ha perdido un sueño y no lo puede encontrar.
El rastro del sueño perdido lo lleva a una puerta cerrada. ¿Qué puerta es ésa?
Detrás de esa puerta quizás nos aguarde el sueño. Quizás nos hallemos nosotros mismos, de rodillas, o ese hermano menor que siempre nos acompaña.

Que no tiemble nuestra mano al llamar a esa puerta. Que no tiemble.

El presente texto fue publicado en el libro La calle de los sueños perdidos (Sociedad Editorial Americana / Buenos aires 1940)

 

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