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(Prometeo)
RAFAEL ARGULLOL
Del libro El Fin del Mundo como obra de arte, Ediciones Destino (Barcelona 1990)

Filantropía

En la atmósfera que rodea a Prometeo hay menos esperanza que en los cantos de los profetas crepusculares, pero hay más piedad y, por ello, más sabiduría. En realidad, en la voz ronca del benefactor de los hombres no hay ninguna esperanza, ni siquiera la de disolverse en un dios abismal o la de retornar a aquel mundo de bellos fantasmas que, para su propia consolación, los filósofos atenienses pronto inventarán. El incomparable magnetismo de este escenario tan escueto es que en él esta representado el entero universo. Ningún principio creador, ningún demiurgo, ningún arquetipo, ninguna imagen inmutable permanece fuera de él. No hay mirones pertrechados en refugios insuperables ni ideas de inviolable pureza. Todo y todos están inmersos en un caudal vertiginoso de creaciones y catástrofes. Y Prometo, al unísono frontera y centro de este vértigo, lo sabe y lo proclama.

Ha sido castigado por Zeus por favorecer a los hombres, pero es capaz de ironizar sobre ello porque comprende que, en última instancia, tanto éstos como aquél forman parte de la misma cadena. En el sentido literal: dioses y hombres, como él mismo en su escarpado risco, están encadenados a la violencia, a las efímeras ilusiones de triunfo, a la derrota inevitable. Esta es la causa de que Prometo, a pesar de las condiciones de su cautiverio, pueda mantener hasta el final la cabeza alta de su rebelión. Si hubiera creído que algo escapaba a las leyes del cosmos, que alguien podía situarse fuera del escenario su arrogancia y su sarcasmo serían imposibles. Pero no es así, pues toda transformación, todo devenir, transcurre forzosamente por un único escenario que no admite excepciones.

En esta ausencia de excepciones, en esta valentía de negarlas se fragua el pequeño resquicio de libertad que puede permitirse el hombre: no es libre, mas ninguna fuerza lo es para impedirle que sueñe con serlo, aunque su sueño le haga sucumbir.

No es un pensamiento extraño a las reglas del juego. También los dioses, esos nombres poderosos que ha pronunciado para mitigar su soledad, deben sucumbir. Otros nombres los sustituirán, al igual que sucede con los hombres. Cuando Prometeo constata apasionadamente las guerras de los dioses, en las que cada vencedor no es sino un futuro vencido, es cuando se convierte en el más genuino filántropo, pues, ¿qué mayor muestra de amistad hacia los hombres que evitar que envidien el destino de sus dioses? Sin envidia tampoco hay auténtico sometimiento. Y sin sometimiento la exigencia de emprender un rumbo propio es más imperiosa que el miedo a que tal camino no exista.

Nostalgia y destino

No hay ningún paraíso perdido en las brumas del pasado. Casi todas las mitologías y religiones lo tienen. También la helénica, cuando Prometeo era, en manos de Hesíodo, un ladrón que debía ser castigado por su robo del fuego celeste. Que la Edad de Oro, al igual que en la crónica bíblica, se perdiera por causa de una mujer, Pandora, sólo demuestra que Hesíodo, excelente cronista y clasificador pero tosco poeta, era incapaz de escapar al tradicional prejuicio plebeyo que atribuye la penuria del hombre a la presencia femenina. Esquilo que, acostumbrado a la guerra, sabía que el corazón humano nunca había sobrevivido sin ésta, no podía compartir una justificación tan elemental y, al cabo, tan cobarde.

No lo hizo, como tampoco aceptó la remota existencia de una época áurea presidida por la más completa armonía. Su Prometeo, acuciado por el dolor, no mira atrás, no refleja ninguna nostalgia. No podría tenerla porque el pasado no es mejor que el presente o el futuro. El pasado es turbio, rico en discordias bajo el manto extendido por las Furias, y el mismo origen del mundo, lejos de ser el producto de un pulcro Hacedor o de un riguroso Arquitecto, es la consecuencia de un parto monstruoso tutelado por la brutalidad y el azar. No, el pasado nunca fue mejor sino sólo más tenebroso.

Esta constatación posee una onda expansiva milenaria que todavía hoy nos afecta. La falta de nostalgia de Prometeo es un auténtico punto de partida, una apremiante invitación a dar el salto hacia delante, incluso intuyendo el riesgo de que este salto se efectúe en el vacío. El desprecio de la tradicional actitud nostálgica significa la refutación de una armonía anterior, de una justicia previa, de un principio superior. Prometeo exige al hombre que reconozca su plena soledad en el seno del caos pero, a cambio, en lugar de moverle a la añoranza del paraíso perdido, le ofrece un sueño de libertad que, no por ambiguo, es menos tentador.

Por eso Prometeo es la tragedia.

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