
MAN RAY
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RAFAEL ARGULLOL
El
cazador de instantes
(Fragmento)Del libro El
cazador de instantes, Cuaderno de
travesía 1990-1995 / Rafael
Argullol (Ediciones Destino,
Barcelona 1996)
Me parece acertado
pensar que el deseo del otro es
búsqueda de uno mismo. Pero
también a la inversa es cierto:
conocerse no es un ejercicio
solipsista sino, más bien, un
vuelco hacia una indagación que
implica el peligro y la
fascinación de lo desconocido.
Es, en el sentido etimológico,
un ponerse a la ventura,
una aventura en la que, corriendo
los riesgos del fracaso, quiere
ganarse el mundo. Y precisamente
es en la realización, y quizá
en la culminación de esta
aventura, cuando se yuxtaponen el
deseo del otro y el conocimiento
propio en un mágico sentimiento
de unidad: ese exclusivo
sentimiento que, al integrar la
ilusión de que han desaparecido
las escisiones de la vida nos
hace participar de una unidad
superior y nos sugiere que hemos
penetrado en el corazón del
enigma.
Los trayectos
extáticos, místicos o
estéticos pertenecen a esta
aventura. Son manifestaciones de
lo erótico. Son, genuinamente,
expresiones espirituales de la
más elevada capacidad creativa
del ser humano. Sin embargo, como
en todas las expresiones
espirituales, el ámbito de
incubación y recepción es
sensitivo: la espiritualidad es
el estadio al que accedemos
cuando el arco de la sensualidad
ha sido puesto en su máxima
tensión. El lenguaje con que
tratamos de aprehender y
comunicar lo extático es siempre
sensitivo. Baste comprobar el
talante de las grandes
descripciones místicas o
concernientes a lo
"sagrado". El cuerpo
está en su centro. El cuerpo es
el centro.
De ahí que todos
los caminos de eros
conduzcan, en última instancia,
al camino del amor sensual. En la
aventura del amor sensual se
concentran, o pueden
concentrarse, las otras aventuras
de eros: el cuerpo se pone
a prueba, se prolonga, se
contrasta. El viaje hacia el otro
es esa confrontación con lo
desconocido que nos sugiere la
posibilidad de conocernos. La
atracción, la seducción, la
sexualidad, las diversas
vertientes del amor sensual
actúan en esta dirección. Es
inútil, creo, tratar de dar
definiciones aisladas de estas
vertientes pues están sujetas a
una continua metamorfosis. Son
siempre iguales pero también
siempre distintas. Lo decisivo es
que aparezca el gran hechizo de eros:
la distorsión temporal, la
creación de otro tiempo, la
germinación del propio mito.
Desde la generosidad
y arbitrariedad de lo erótico
una palabra, una mirada fugaz o
el goce sexual más intenso
pueden tener el mismo valor.
Depende de que se integren o no
en nuestro relato secreto. En
ningún plano, como en el del
amor, se hace sentir de manera
tan vigorosa el doble
nacimiento de eros. Y
también, consecuentemente, su
amoralidad. De nuevo la bondad o
la maldad, el bien o el mal son
valores inservibles en este
campo. Por el contrario, lo que
cuenta es la intensidad del
momento y la anárquica
discriminación de la memoria.
Desde esta perspectiva los
instantes pueden arrollar años
de la misma manera en que la
mujer de un día puede imponerse
a largas convivencias. Esto
quizá sea injusto para nuestra
idea habitual de justicia pero no
para la que imparte eros.
En su relato oficial
el hombre es un perseguidor de
seguridades en tanto que en su
relato secreto es un cazador
de instantes. Naturalmente
sería más prudente afirmar:
ciertos hombres, aquellos que
sienten que lo esencial de su
vida transcurre por las distintas
expresiones de lo erótico. Ahora
bien, llegados a este punto, cabe
preguntarse por la posibilidad de
que ambos relatos puedan en
alguna medida unificarse. En
otras palabras: ¿la caza de
instantes, aparte de una labor
evocadora, puede ser elección,
una disposición, una actitud
ante la existencia?
La respuesta, en
términos absolutos, debe ser
necesariamente negativa si
atendemos a la imprevisión y
gratuidad con que irrumpe lo
erótico. Sin embargo, en cierto
sentido, también puede ser
afirmativa. El reconocimiento de
que el relato secreto es el
verdadero relato de nuestra vida
y de que el otro tiempo es
el auténtico tiempo implica un
aprendizaje, una iniciación.
Seguramente, con más propiedad:
la iniciación. En concordancia
con ella el hombre puede optar
por el tipo de existencia que le
coloque en la situación de mayor
receptividad con respecto a lo
que ha intuido. Podría entonces
quizá hablarse de una
predisposición que implica un
determinado talante e, incluso,
una determinada concepción del
mundo. No obstante, el acceso a
esta suerte de "estadio
erótico" no significaría,
al modo de Kierkegaard, una
posición eminentemente
contemplativa ni tampoco, por
supuesto, una plataforma para el
salto hacia el estadio de la fe,
sino la inclinación a emprender
aquella travesía del deseo en la
que quiere conciliarse lo sensual
y lo espiritual. El cazador de
instantes es un aprendiz de la
imaginación que aspira a
convertirse en maestro de la
memoria.
Eros, por
tanto, implica atracción pero,
por encima de todo, eros
es el gran transfigurador
del tiempo. Desde los inicios de
la cultura el juego más serio al
que se han dedicado los hombres
es preguntarse acerca de la
naturaleza de lo erótico. Mi
respuesta es: su naturaleza es la
transfiguración del tiempo
humano. Cuando vivimos al margen
de su influjo vivimos en el seno
de una edad de bronce,
sujetos férreamente a la cadena
temporal, y en la que todos
nuestros actos están abocados a
ser materia de olvido. Por el
contrario, únicamente bajo su
influjo se tejen nuestros
momentos áureos, nuestra edad de
oro, aquella que nutre la memoria
y, consecuentemente, da verdad a
la vida.
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