La caída
RAFAEL
ARGULLOL
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El Juicio Final: el
artista prometeico, por excelencia, Miguel Angel,
representa el útlimo movimiento de la sinfonía
apocalíptica mediante un juego de masas
anatómicas alrededor del Juez Implacable.
También aquí, como en el poema de Juan de
Patmos, los mártires expresan su odio pididendo
venganza; también aquí son complacidos con la
condena de sus adversarios. La oscura atracción
del gran castigo se
manifiesta en todo su esplendor como la otra
cara, justamente inevitable, del desafío
creador. Pero Miguel Ángel no se siente sólo
atraído sino que, con extraordinaria intuición
para asumir el estigma heredado, se siente partícipe
del castigo. El punto de vista ha cambiado
drásticamente. En la obra de Juan es el del
mártir, el del hombre que ha sacrificado su
existencia, es decir, su humanidad, para alcanzar
la salvación en el no ser.
En la de Miguel Ángel, por el contrario, es el
del condenado, el del hombre que ha buscado
tenazmente la perfección en la tierra y que, por
tanto, como desenlace de su desafío, sólo puede
esperar, al igual que el titán encadenado en el
Cáucaso, su hundimiento final. |
Miguel Ángel, a pesar de sus esfuerzos
religiosos y, aun, místicos, no puede cambiar de bando
porque está demasiado comprometido
con su pasión prometeica. Como artista, sobre todo como
escultor que ha luchado furiosamente con la materia, ha
apostado demasiado fuerte para poder hacer marcha atrás.
Aunque expresa el más sincero desasosiego no logra
arrancarse la conciencia de condenado. Por eso le fascina
la imagen de la caída. Faetón, Ícaro, Dédalo: hay una
indudable voluptuosidad en el ascenso, pero ¿puede
negarse ese otro placer de la
imaginación en el que se presupone la inminencia de la
caída?
El presente texto forma parte del libro EL
FIN DEL MUNDO COMO OBRA DE ARTE (Rafael Argullol,
Ed.Destino, Barcelona 1991)
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Portada Revista Contratiempo / Nª 2
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