
Walter Gropius
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Walter
Gropius y la Bauhaus
GIULIO
CARLO ARGANDel libro Walter
Gropius y la Bauhaus, Giulio
Carlo Argan (Ediciones G. Gili
S.A.)
Walter Gropius es un
hombre de la primera posguerra.
Su obra como arquitecto,
teórico, organizador y director
de aquella admirable escuela de
arte que fue la Bauhaus es
inseparable de la condición
histórica de la república de
Weimar y de la frágil democracia
alemana.
Gropius ha puesto en
juego toda su cultura figurativa
y teórica, su destino de
artista, en aquel momento
crítico de la historia europea.
Su racionalismo, su positivismo,
hasta su optimismo al diseñar
programas de reconstrucción
social brillan sobre el fondo
oscuro de la derrota alemana y de
la angustia de posguerra. Su fe
en un porvenir mejor del mundo
esconde un escepticismo profundo,
una lúcida desesperación. Ese
supremo prestigio de la razón no
era sólo una defensa
psicológica y moral; era
también la última herencia de
la gran cultura alemana, la
única fuerza de rescate que
Alemania podía sacar de su
pasado. La obra de Gropius se
encuentra en la crisis de los
grandes ideales que caracteriza a
la cultura alemana de este siglo;
nace también ella de la
disgregación de los grandes
sistemas y de la nueva confianza
en una crítica constructiva,
capaz de proponer y resolver los
problemas inmediatos de la
existencia. La racionalidad que
Gropius desarrolla en los
procesos formales del arte es
afín a la dialéctica de la
filosofía fenomenológica (sobre
todo la de Husserl), a la cual
está de hecho históricamente
ligada. Se trata en substancia de
deducir de la pura estructura
lógica del pensamiento las
determinaciones formales de
validez inmediata, independiente
de toda Weltanschauung. En
su obra, el rigor lógico alcanza
evidencia formal; deviene
arquitectura como condición
directa de la existencia humana.
Es imposible, en la
historia de Gropius, separar un
momento teórico del momento
creativo o del pedagógico. Cada
uno de sus edificios, de sus
programas urbanísticos, de sus
intervenciones prácticas y
polémicas para una renovación
radical de los métodos
productivos de la arquitectura y
de las artes aplicadas, o para
una reforma de la enseñanza
formal, es en conjunto
formulación teórica,
aplicación práctica, acto
creativo. Es un temperamento
positivo hoy se diría
extrovertido- que desea a toda
costa obrar sobre el terreno de
lo contingente. Sabe que la
estricta lógica formal
encuentra, en la crisis de los
valores fundamentales de la
historia, fuerza de ultima
ratio; y que si ya no es
posible una civilización basada
en principios estables, sino
sólo en la claridad y firmeza de
sus actos, su propósito es obrar
en lo vivo de una situación con
la oportunidad y la exactitud de
una intervención quirúrgica. Ya
no es el racionalismo una ayuda o
una luz que viene de lo alto,
sino una técnica infalible, y la
condición que la determina y la
justifica es la comprobación de
la crisis. De ahí el continuo
paso del puro racionalismo al
puro pragmatismo, la substancial
identidad del proceso artístico
y proceso crítico, o de
actividad creadora y actividad
didáctica. Se debe posiblemente
a ese continuo traspaso que la
obra de Gropius, interrumpida en
Alemania por el advenimiento del
nazismo, pudo desarrollarse
coherentemente en América y
encontrar punto de contacto con
el pensamiento de un Dewey o de
un Forbes, ampliando así,
ilimitadamente, el horizonte
histórico del arte
contemporáneo.
Gropius, llevado por
su formación de arquitecto a la
consideración de los concretos
problemas sociales, reproduce, en
la dualidad de pragmatismo y
racionalismo, la contradicción
de nacionalismo e
internacionalismo que, en aquella
inmediata posguerra, angustiaba a
toda la cultura europea. Sobre
este punto gravita todas su obra:
la arquitectura
"internacional" no
será sólo una nivelación de la
técnica y de la forma sino, al
mismo tiempo, el instrumento y la
imagen de una nueva organización
social. De ésta ni siquiera es
posible prever una estructura
general, pero el propio arte,
ocurriendo y desarrollándose en
lo vivo de la sociedad y
participando de su devenir,
concurrirá a determinarla.
En Francia como en
Alemania, cada vez que se hablaba
de internacionalismo, si bien con
acentos diversos, se pensaba en
realidad en una nación
suprahistórica o colectiva, la
"nación europea" como
respuesta a la amenaza del
internacionalismo de clases. Del
mismo modo cada vez que se
hablaba de racionalismo a
propósito de las inevitables
cuestiones sociales de la
arquitectura, se pensaba en
realidad en un pragmatismo
generalizado y normativo (o,
hablando de utilitarismo, en una
racionalidad en acto). Pero el
dualismo no expresaba el
contraste histórico de
ideologías y de clases que
venía exasperándose día a
día, sino sólo el malestar y la
contradicción interna de la
clase dirigente. Era su coartada
teórica frente a la presión de
las fuerzas de la extrema
izquierda y de la extrema derecha
que aspiraban al poder y
proponían un programa
internacionalista o nacionalista
a ultranza.
Nadie duda que
Gropius haya obrado en el ámbito
de una cultura burguesa y que su
imperativo personal le haya
impedido un efectivo arrojo
revolucionario. Su puesto se
encuentra en aquel conjunto de
intelectuales que trataron de
resolver racionalmente los
conflictos de clases; con ellos
asistió al derrumbamiento que
arrolló, junto con el frágil
tablado de la cooperación
intelectual entre los pueblos,
los "valores externos"
a los cuales había estado
inútilmente anclada esa cultura.
No obstante, se puede excluir la
figura de Gropius del coro de los
"europeístas", tanto
por su incapacidad de ilusionarse
como por su fría negativa en
fundar la nueva comunidad sobre
el prestigio de los "grandes
ideales".
En efecto, esos
ideales constituían de hecho el
sistema que su dialéctica, aun
presuponiéndolos, desintegraba y
disolvía en la fenomenología de
la existencia, del mismo modo que
las filosofías existenciales
incluían en la suya la
experiencia del idealismo que
criticaban como sistema.
Gropius comprueba
que los grandes ideales y los
supremos valores han cesado de
existir con una determinada
estructura de la sociedad;
también admite que la crisis de
la sociedad es asimismo la crisis
del arte, y desea establecer
cuál puede ser la función del
arte, como inalienable
"experiencia"
artística, en el inminente
proceso de transformación de la
sociedad. Pero su limitación es
haber creído que la
transformación se podía reducir
a una revolución histórica de
la actual clase dirigente para
adecuarse a las nuevas tareas
sociales.
La suya ha sido una
revolución fija; no abrió al
arte nuevos horizontes del
conocimiento, pero ha señalado
el punto nec ultra de toda
tradición figurativa. Ha agotado
la tradición artística del
mundo accidental en sus mismas
síntesis; ha colocado a la
sociedad futura a resguardo de
todo posible
"renacimiento". Más
allá de aquel límite, todo
eventual retorno artístico
deberá fundarse necesariamente
sobre una nueva concepción del
valor de la existencia y de la
organización humana.
Con Cézanne las
tradiciones figurativas
nacionales quedaban extinguidas
definitivamente. Si toda
"sensación" (y ya este
emerger de la sensación revela
la crisis del movimiento) se
constituye en una designación de
conciencia y se escribe, como
decía poéticamente Rilke, sobre
el borde del círculo, ya no hay
más lugar allí para el
naturalismo en el cual las
tradiciones artísticas
nacionales se encarnan, con
diversos acentos, en una escala
de valores que va desde un
sentimiento de la naturaleza a
una concepción constructiva del
mundo. Son precisamente los
alemanes quienes saludan a
Cézanne como el redentor que
rompe los goznes y abre las
puertas de su limbo naturalista
para finalmente introducirlo en
la comunidad ideal europea.
Partiendo de
Cézanne, el cubismo elabora un
lenguaje que quiere ser
completamente racional o
"analítico",
devolviendo la tercera
dimensión, que es la de la
ilusión o del
"naturalismo" o del
sentimiento, a la certeza
objetiva de las dos primeras. El
lenguaje figurativo cubista está
teóricamente exento de
variaciones nacionales. El primer
expresionismo alemán purga el
"complejo de culpa"
germánico en la racionalidad
ciertamente supranacional del
cubismo. Es verdad que pensando
sólo en liberarse de aquel
complejo y en abrirse paso hacia
lo trascendente, el expresionismo
termina por dejar de lado la
saciada figuración cubista y por
reducirse al descarnado
furmulismo constructivista (en el
cual la fórmula asume la fuerza
liberadora, como si sólo al
pronunciarla se penetrase en el
dominio de la razón pura). Pero
es cierto también que aquella
figuración cubista, aunque
pareciera tan cierta y
substanciosa, era lo
suficientemente corruptible para
poder disolverse bien pronto en
esa literalidad chata y sin
objeto que se llama surrealismo,
y que mejor debiera llamarse
subnaturalismo. (
)
El problema del
internacionalismo implica el
problema de la función social
del arte que, en arquitectura,
había ya tomado el lugar de la
vieja cuestión clasicista de lo
bello y lo útil. En la
posguerra, toda la arquitectura
europea se funda sobre el
trinomio racionalismo-función
social-internacionalismo; y esas
aspiraciones tratan de
satisfacerse en la construcción
formal "científica"
del cubismo.
Pero esa
racionalidad, esa certeza formal,
¿es un sistema en el cual se
ordena y compone la vida
práctica con sus infinitos
problemas, o bien un método que
define los problemas que la vida
misma, al desarrollarse,
ocasiona? En el primer caso, el
arte conserva toda su antigua
fuerza de representación y la
síntesis de las tradiciones
nacionales se realiza aún en una
ejemplar concepción del mundo,
de extensión y validez
ilimitadas. En el segundo, la
misma crítica que destruye toda
histórica Weltanschauung
conduce a una mera condición de
"ser" y
"hacer",
indiferenciable según los
contenidos históricos de la
conciencia.
Los dos líderes de
la renovación de la arquitectura
europea son Le Corbusier y
Gropius. Uno y otro luchan por
una reforma de sentido
racionalista y sus proposiciones
tienen muchas tesis comunes; pero
se trata de dos
"racionalismos" de
signo contrario que conducen a
soluciones opuestas del mismo
problema. Le Corbusier adopta la
racionalidad como sistema y traza
grandes planes, que deberían
eliminar todo el problema.
Gropius adopta la racionalidad
como un método que permite
localizar y resolver los
problemas que la existencia
continuamente plantea.
La antítesis se
muestra ya en los caracteres
exteriores. Le Corbusier lanza
proclamas, publica manifiestos,
organiza giras de propaganda en
todo el mundo, grita a los cuatro
vientos que il existe un
esprit nouveau. Gropius se
encierra en su escuela,
transforma su didáctica precisa,
su lógica, en una técnica; tal
vez se pregunta si existe aún un
esprit.
La situación
histórica hace más neto el
contraste. Le Corbusier juega
todas sus cartas sobre el
prestigio de la burguesía
vigorizado por la victoria;
quiere ayudarla a hacer su paz
luego de aquella que había sido
su guerra; da como garantía para
la futura cooperación pacífica
entre los pueblos a la civilisation
machiniste, que había sido
una de las causas del conflicto;
sueña con hacer de cada
trabajador un pequeño burgués,
compensado con un estándar de
bienestar la renuncia a los
derechos y a la lucha de clases.
Al mundo que aspira a una nueva
ética le ofrece radiante una
perfecta eugenética social.
Cuando advierte que la civilisation
machiniste fabrica cañones
en vez de casas, y protesta de
buena fe, los cañones habían
comenzado a destruir las casas.
Entonces se refugia otra vez en
los principios inmortales, se
torna leleve de la
nature, hace del urbanismo
algo así como una jardinería
social, fantástica de
civilización arcaica y de mitos
solares, mediterráneos: desde la
historia del futuro vuelve a caer
de cabeza, como era de prever, en
la prehistoria.
Su racionalidad
está siempre unida a la utilidad
particular, y así como las
utilidades particulares son
infinitas, su solución racional
es un standard que
representa el nivel de las
exigencias. Insertándose en la
práctica, la racionalidad
clasifica, coordina, pero por
sobre todo opera como elemento de
equilibrio, previendo el surgir
de nuevos problemas o conteniendo
su desarrollo. La tarea del
arquitecto coincide, como se ve,
con aquello que la clase
"culta" se cree llamada
a cumplir con respecto a una
masa, que supone inconsciente de
sus propios y verdaderos
intereses. Esa cultura es
todavía una cultura
humanística, de clase y cuyo
prestigio se funda sobre una
experiencia de la historia más
vasta y universal.
Le Corbusier es un
hombre de buena fe, que cree
seriamente en un nuevo tipo de
contrato social: la burguesía
renunciará a la guerra si el
proletariado renuncia a la
revolución. Dado que su ideal de
cooperación internacional no va
más allá de la renuncia a la
violencia, desemboca fatalmente
en el compromiso. Las mismas
formas artísticas, que nos son
ya expresión de contenidos
profundos, decaen en meras
fórmulas de inteligencia: no es
necesario que todos se pongan a
resolver los mismos problemas, es
suficiente con que todos hablen
la misma lengua. Por eso se
aplica el cubismo a la
arquitectura. No se busca ni
siquiera una razón científica,
se transporta a la arquitectura
un sistema formal que se da por
fundado sobre las bases
científicas genéricas. Lo que
importa es superar la
determinación histórica que el
romanticismo había impuesto al
arte. Pero la tradición
nacional, excluida sin crítica,
vuelve a aparecer bajo el aspecto
más vago de la tradición
mediterránea.
Si una clara
estructura, libre de la confusa
ornamentación académica,
alcanza las rítmicas
proporciones del Partenón, Le
Corbusier se regocija; ello es el
fin de todo problematizar, de
todo romanticismo artístico. El
alba de un nuevo clasicismo surge
finalmente sobre el mundo, seguro
de poseer para siempre sus
"valores eternos".
Del otro lado del
Rhin no había mucho entusiasmo
por la sociedad internacional;
los problemas que para los
vencedores eran motivo de
discursos académicos, para los
vencidos eran en cambio cuestión
de vida o muerte. El gran capital
era el responsable de la
catástrofe, pero era asimismo la
única fuerza con la cual el
arraigado nacionalismo alemán
podía contar para la revancha.
Hoy sabemos que esa
revancha se llamaba Hitler. Mas
para advertir, en aquella
oscuridad, qué estaba ocurriendo
realmente en la burguesía
alemana, se necesitaba la vista
aguda y la desesperación de
Grosz. La que había sido una
burguesía trabajadora y
productiva, compenetrada de su
tradición austera, venía
transformándose en una
plutocracia ávida, corrompida,
sanguinaria, decidida a disfrutar
hasta lo último la ruina que
había provocado. La inflación
profundizaba cada día más la
separación entre la clase que se
enriquecía y la que se
empobrecía; la ruptura de la
relación casi familiar que
ligaba ab antiquo los
industriales a sus operarios
resquebrajaba la vida social. Con
la sed de poder financiero,
crecían la hostilidad a toda
reforma, la desconfianza y el
desprecio por la cultura, la
intolerancia política y social,
el culto de la violencia civil.
Grosz comprende muy bien cuál es
el lugar de esa burguesía que
asocia, en su sátira, a la casta
de los militares, en esos mismos
años en que la helada máscara
de Stroheim encarnaba al Junker
y al caballero de la industria.
Gropius, como Thomas
Mann, pertenece al pequeño grupo
de intelectuales a quienes no se
esconde la crisis de la
burguesía alemana y la
investigan mucho más allá de
las escandalosas apariencias
castigadas por la pluma de Grosz.
Sin embargo, no desesperan y
creen que puede reanudarse su
antigua tradición de cultura,
rectificando el curso de una
evolución extraviada y
restaurando en el mundo
convulsionado la autoridad de la
inteligencia.
No sabría afirmar
resueltamente si Gropius, lo
mismo que Mann, atribuía la
causa profunda de la crisis de la
vieja burguesía alemana a una
especie de sutil mal intelectual,
a una debilitante disipación
artística, a una fatal
transformación de los
tradicionales ideales religiosos
en un vago idealismo, o en fin, a
su abandono inerte en aquel ritmo
oscilante de desesperación y
exaltación, que caracteriza la
obra de sus predilectos: la
música de Wagner, el pensamiento
de Nietzsche y la poesía de
Hofmannsthal. Pero la firme
reclamación de Gropius de un
arte todo técnica, libre de toda
ideología, ligado a las férreas
leyes económicas de la
producción, lo deja suponer con
todo derecho: puesto que la
sociedad estaba enferma de arte,
es éste el órgano sobre el cual
se debe operar para reducir el
desarrollo anormal y rectificar
así la función irregular.
Es cierto que su
valiente y hasta conmovedora
defensa de la industria
para quien la considera a
la distancia de los años y la
encuadra en las circunstancias de
los hechos que la determinaron-
es algo más que una entusiasta
apología de la técnica moderna
en oposición al tradicionalismo
persistente del artesanado. Es,
en el plano teórico, la defensa
de una industria, entendida
humanísticamente como
exaltación del talento, contra
el "fordismo" o el
envilecimiento de la personalidad
en el mecanismo de la
producción, y sobre el
plano social- la defensa de una
austera tradición de actividad
productiva, de una conciencia o
espiritualidad del trabajo
industrial, contra la
especulación improductiva y
disociante. (
)
El hecho es que
Gropius se preocupa más de
sustraer a la clase dirigente y
productora de un decaimiento
creciente, de volver a conducirla
a sus deberes sociales, de
reorganizar técnicamente la
producción y de crear efectivas
y objetivas condiciones para el
progreso de la vida social, que
de obrar sobre la masa para
incitarla a conquistar un nivel
de cultura elevado. Exige que la
autoridad de la clase dirigente
no derive más de la posesión
del capital y de los medios de
producción sino de la capacidad
de producir un mejor modo (y
aquí entra en juego la función
artística porque el arte es un modo
perfecto), es decir, de una
segura preparación técnica. Por
lo tanto destierra de su
polémica todo acento
filantrópico, aun toda simpatía
humana. Su mensaje está dirigido
exclusivamente a los
responsables, a los
"dirigentes".
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