| |
Arquitectura
y cultura
(1980)
GIULIO CARLO
ARGANDel libro
Historia del Arte como Historia
de la Ciudad, (Editorial Laia,
Barcelona 1984)
Entre arquitectura y
cultura no existe una relación
diferencial; el problema se
refiere sólo a la función y al
funcionamiento de la arquitectura
en el interior del sistema. Por
definición es arquitectura todo
lo que concierne a la
construcción y es con las
técnicas de la construcción que
se instituye y organiza en su ser
y en su devenir, esa entidad
social y política que es la
ciudad. La arquitectura no sólo
le da cuerpo y estructura sino
que la vuelve significante con el
simbolismo implícito en sus
formas; así como la pintura es
figurativa, la arquitectura es
representativa por excelencia. En
la ciudad todos los edificios,
sin excluir a ninguno, son
representativos y con frecuencia
representan las malformaciones,
las contradicciones, las
vergüenzas de la comunidad. Es
el caso de las montañas de
basura edilicia que la
especulación incontrolada ha
acumulado en las ciudades y de
las que se dice con demasiada
frecuencia que no son
arquitectura, aunque los son, y
representativa de una desdichada
realidad social y política.
En el interior del
sistema cultural urbano la
arquitectura tiene una figura,
como disciplina, compleja y no
muy diferente de aquella de la
lengua; es una disciplina
autónoma pero al mismo tiempo,
constitutiva y expresiva de todo
el sistema. También por esto, si
se quiere dar de la arquitectura
una definición vinculada a las
cosas que hace y de las que se
ocupa, hay que decir que es lo
mismo que la ciudad, de modo que
todo lo que no funciona en la
ciudad refleja, en definitiva,
los defectos de la cultura
arquitectónica o descubre su
incapacidad para cumplir sus
tareas institucionales. Sin
hablar, por otra parte, de los
arquitectos que, poniéndose al
servicio de la especulación,
traicionan la ética no sólo de
la disciplina sino de la
profesión.
En su confrontación
con la ciudad la arquitectura
siempre ha tenido tareas de
gestión; una y otra vez ha
determinado su estructura y su
figura. La ciudad
"ideal", nacida de la
presunta omnipotencia de un
príncipe, es una ficción antes
política que arquitectónica;
ninguna ciudad nació nunca de la
invención de un genio, ya que es
el producto de toda una historia
que se cristaliza y se
manifiesta. Lo que interesa no es
tanto su fundación, generalmente
legendaria, como su desarrollo, o
sea sus cambios en el tiempo.
Estos cambios no obedecen a leyes
evolutivas sino que son la
consecuencia de una oposición
entre voluntades innovadoras y
tendencias conservadoras; una de
las contradicciones de nuestro
tiempo está en el hecho de que
las fuerzas políticas
progresistas tienden a conservar
y las fuerzas políticas
conservadoras a destruir el
tejido histórico de las
ciudades.
De cualquier modo,
la organicidad del sistema urbano
es dada en todos los casos por la
historia, también cuando la
ciudad nació hace poco y tiene
una historia breve. De hecho, la
idea que tenemos de la ciudad y
que no se ha modificado por el
momento, es la de un acumulo
cultural que da al núcleo la
capacidad de organizar una zona
más o menos extensa de
territorio. Sin estos puntos de
concentración e irradiación
cultural no es concebible, en la
actualidad, ninguna forma de
organización del ambiente.
Desde la más remota
antigüedad la ciudad se
configuró como un sistema de
información y comunicación con
una función cultural y
educativa; los viajes de
Telémaco por el Egeo demuestran
que, ya en tiempos de Homero, la
cultura era considerada sobre
todo como conocimiento de la
ciudad. Los monumentos urbanos
tenían una función no sólo
conmemorativa sino didáctica;
comunicaban la historia de la
ciudad, pero la comunicaban en
una perspectiva ideológica, o
sea con vistas a un desarrollo
coherente con las premisas dadas.
La ciudad moderna
tampoco es sólo un sistema de
información y comunicación; se
integra en una cultura reducida o
en vías de reducirse a ser
solamente un sistema de
información y comunicación. El
proceso que está teniendo lugar
es el de la transformación
estructural de la cultura de
clase en cultura de masas, o sea
una cultura cuya mayor estructura
es, justamente, la información.
Las preguntas que nos planteamos,
entonces, son las siguientes:
¿existirá, cómo será una
arquitectura de masas? ¿Es
conciliable la cultura de masas,
reducida a circuito de
información, con la historicidad
constitucional de la ciudad? Y en
otro plano, ¿es posible un
tránsito que no sea traumático
ni destructivo del sistema de la
historia al de la información?
Pero en primer
lugar: ¿se quiere o no se quiere
conservar a la ciudad como
institución, o sea como modelo
de agregación social alrededor
de un núcleo cultural? Por un
lado existe la unánime condena
de la megalópolis, confirmada
por los mayores exponentes de la
arquitectura de nuestro siglo;
existe el Buchanam Report
que demuestra científicamente
que el dinamismo de la ciudad
industrial no puede ser contenido
por las estructuras de las
ciudades preindustriales y, con
mayor razón, por las más
antiguas; existe finalmente la
irritante experiencia cotidiana
del tránsito motorizado, que
fuerza y con frecuencia termina
por romper la red de
comunicaciones urbanas. Pero, por
otro lado, existe la idea de que
las instituciones urbanas son
insustituibles en las actuales
condiciones culturales (
)
En las condiciones presentes
parece absolutamente seguro que
la institución-ciudad está
destinada a sobrevivir, que para
sobrevivir tendrá que reformarse
y que la reforma la hará la
arquitectura, siempre que logre
imponer su propia ética y la
lógica propia de su disciplina a
los grupos que, de hecho,
detentan el poder de decidir la
suerte de la ciudad. Es
necesario, entonces, que se
termine de considerar a la
arquitectura como una de las
"bellas artes" y se
reconozca que es la primera de
las técnicas urbanas, a la que
corresponde la total
responsabilidad de la gestión de
la ciudad y sus transformaciones.
Es cierto que la
historia de la arquitectura
moderna no es solamente la
historia de su ignominiosa
reducción a técnica de
explotación. Hay muchos
arquitectos que han dado
instrucciones precisas para la
utilización racional de los
espacios urbanos y han proyectado
y a veces- construido
edificios que constituyen
verdaderos modelos; también la
arquitectura moderna tiene sus
obras maestras, aunque se trate
de lugares de trabajo o de
viviendas económicas y no de
monumentos. Los grandes
arquitectos han sido poco
escuchados, pero es indudable que
no han propuesto la conservación
en vez del desarrollo sino que
han propuesto diversos modos y
tipos de desarrollo. Lo que los
volvió impopulares y, durante el
fascismo y el nazismo, los expuso
hasta a la persecución política
fue la lógica elemental gracias
a la cual afirmaban que las
viviendas de los trabajadores
debían hacerse para los
trabajadores y no para el
provecho de los propietarios de
los terrenos y los empresarios.
Ellos también sabían que la
ciudad es un sistema de
información y comunicación y
que la cultura moderna no es más
que un sistema más amplio pero
homogéneo de información y
comunicación. Ellos, con todo,
no se preguntaron si el
advenimiento de una cultura de
masas implicaba necesariamente la
revocación de la autonomía
individual y la renuncia a
cualquier capacidad de reflexión
y decisión. En otros términos,
esos maestros se proponían
afrontar y resolver una crisis de
la que muchos otros querían
aprovecharse, empeorándola.
Los arquitectos que
trabajaron entre las dos guerras
se trate de Le Corbusier o
de Wright, de Gropius, de Mies
van der Rohe o de Aalto- eran
conscientes de que aún estaban
ligados ideológicamente a las
premisas filosóficas del
Iluminismo y de la revolución
francesa y se esforzaron
lealmente por profundizar el
proceso apenas iniciado e
inmediatamente reprimido de
secularización de la cultura y,
por tanto, también de la
arquitectura.
Contestaban el mito
o la metafísica del arquitecto
demiurgo que repetía el acto
creador de Dios para que sirviera
de modelo a los mortales en la
prosecución de la obra creadora;
declinaron la misión
pantocrática de imponer a la
vida de los hombres el orden y la
armonía de lo divino;
comprendieron que como laicos de
la cultura debían hacer tabla
rasa no sólo de una larga
tradición sino del lenguaje
formal con el que se revelaba y
comunicaba aquel mensaje
sobrenatural. Se daban cuenta de
que, libres de la obligación de
uniformar la arquitectura con las
leyes de la gravedad, libres
también de lo que había
parecido la relación inmutable
entre materia y forma, la
dimensión del espacio no tenía
más límite que el de una
técnica en rápido y valeroso
progreso.
Ya no podían seguir
subordinando su trabajo, que
querían de comprometida
investigación, a ningún
principio de autoridad, y el
principio de autoridad
inderogable y constante de la
arquitectura era el clasicismo
con su morfología condicionada
por el traslado de las leyes
cósmicas de la gravedad de los
cuerpos a la estática de la
arquitectura. Finalmente la
arquitectura moderna se liberaba
de la representación, como la
pintura de los mismos años se
iba liberando de la figuración.
Volver a Ciudad
2000-2003 Revista
Contratiempo | Buenos Aires |
Argentina
Directora Zenda Liendivit/
/
|

Larkin
Administration Building
F.Lloyd Wright, 1904

Edificio de Oficinas
Walter Gropius, 1914

Unidad Habitacional
Marsella
Le Corbusier, 1952
|