| |
|
ROMA
INTERRUMPIDA
GIULIO
CARLO ARGAN |
El
presente artículo es del año 1978 y fue
publicado en el libro HISTORIA DEL ARTE COMO
HISTORIA DE LA CIUDAD (Giulio Carlo Argan,
Editorial Laia, Barcelona, 1984)
|
| |
|

|
Es
más fácil proyectar las ciudades del futuro que
las del pasado. Roma es una ciudad interrumpida
porque se ha dejado de imaginarla y se ha
comenzado a proyectarla (mal). En Roma la
cuestión es más de tiempos que de espacios. Las
mareas de las épocas han subido y se han
retirado dejando sobre la arena restos de lejanos
naufragios; como todos los restos tienen a su
alrededor un espacio próximo y desprovisto de
límites, el mar y la playa.
Es una ciudad que ha vivido de saqueos, después
de ruinas, hoy de basuras. También los romanos,
comenzando por Eneas, llegaron desde remotos
desastres; son criaturas del tiempo, viven del
tiempo y no temen derrocharlo. Antes de que,
gracias a la especulación inmobiliaria, Roma se
volviese chata e informe, como una polenta
demasiado blanda, los romanos vivían moviéndose
por los estratos de épocas superpuestas como
peces en el agua, en profundidad y en la
superficie.
|
Es cierto, la culpa la tuvo la
especulación pero ¿quiénes especularon?
A diferencia del espacio, que es
opaco, el tiempo es transparente; nadando por debajo del
agua se ven los monumentos como escollos, las ruinas como
arbustos de coral. Es la ciudad que Bernini y Borromini
imaginaron para espacio no terrenal, disputando sobre la
forma de obtener la salvación; el cielo un poco
calvinista la ha rechazado, y ha caído en el mar del
pasado cuya superficie, el presente, como todos saben,
está terriblemente corrompido. En Roma no existe
solamente el tiempo de la arquitectura o de la historia
sino también el de la naturaleza, mudable como el cielo
en un día de siroco. El paisaje entraba en la ciudad
como una brisa (¿se ha notado que, desde que la
especulación rodeó a Roma con una cinta de cemento
endurecido, ya no
existe el ponentino?).
Roma siempre fue una mezcla de épica y lírica, con una
matriz ctónica siempre viva en los lagos volcánicos de
los castillos y despeñaderos como bastiones espontáneos
en el campo. Desde su origen las colinas y los valles han
formado una ensambladura de promontorios y ensenadas:
arquitectura y paisaje, historia y naturaleza. Todavía
Carlo Fontana, ingeniándose para poder encontrar una
dimensión donde se pudiera vivir después del gran
aluvión del Seicento,
indicaba dos generatrices urbanísticas, San Pedro y el
Tíber, tratando de reducir a dialéctica de discurso
civil el sublime conflicto de historia y naturaleza como
cielo y tierra, vertical y horizontal. Era el conflicto
interno de lo creado y Roma era su símbolo y su imagen.
A pesar de la buena voluntad del honesto Fontana, el
contraste ya había perdido su dialéctica: historia y
naturaleza no sólo se habían separado sino que se
habían disuelto, no existían más.
En
Siena, en el fresco del Buen
gobierno, Ambrogio
Lorenzetti, pintor filósofo, las había distinguido
sabiamente, cada una en su lugar y con su morfología,
según el orden metafísico de la escolástica: tumbada
la campiña-naturaleza con sus dulces horizontes curvados
y erguida la ciudad-arquitectura con la geometría de
cristal de los edificios. En Roma, donde nunca hubo buen
gobierno, la distinción entre ciudad-espacio y
campiña-tiempo no era tan clara y de pronto la relación
se transformó en un frangollo. Por suerte, Roma nunca ha
tenido miedo de los frangollos. Es la ciudad de la
providencia, y la providencia arregla los frangollos; lo
bonito de Roma es que es una ciudad frangollada y
arreglada no se sabe cuántas veces. Después la
providencia fue despedida (también por culpa de nuestros
venerados padres iluministas) y el frangollo urbano no se
arregló más. ¿Se podía pretender que la providencia
fuese sustituida por la utopía, una madre y una hija que
se detestan? La utopía nunca ha puesto los pies en Roma;
menos aún que en Las Vegas. Al no existir más una
relación entre historia y naturaleza, entre arquitectura
y campiña, Roma comenzó a hincharse y a deformarse como
una vejiga, no tuvo más ni arquitectura ni campiña,
tragó estúpidamente en su tiempo, que ya no era
histórico, una campiña que ya no era mitológica y
ahora está devorando, cada vez más estúpidamente, los
castillos. Ya no es una ciudad sino un desierto poblado
de gente, disgregado por la misma especulación que la
hizo crecer desmesuradamente. Hasta el Seicento,
si se quiere hasta el mapa de Nolli, había sido una
ciudad por turno espléndidamente religiosa y
decorosamente laica; se ha transformado en una ciudad
atea y gazmoña. Y no fue culpa de nuestros venerados
padres iluministas, ilusionados por plantar con la
utopía el árbol de la libertad, que no arraigó. El
buen Valadier hizo todo lo posible, pero no logró hacer
de Roma una ciudad decentemente burguesa; con el siroco
romano la burguesía se estropea y se convierte en
burocracia.
Ésas
son las razones de esta exposición de Roma interrumpida.
No es una propuesta urbanística, naturalmente, sino una
serie de ejercicios gimnásticos para la imaginación en
las paralelas de la memoria. Y ya es mucho que se hable
de memoria y no de historia. ¡Hay tantas investigaciones
aventuradas y fantásticas en la matriz urbanística de
Roma, para descubrir si todavía es fecunda, y tantos
sondeos en las corrientes del tiempo romano, ocultas como
sus ríos subterráneos! En cualquier caso esto se opone
diametralmente a un plano regulador; ninguno de estos
arquitectos desea que Roma sea mañana como él la
imagina hoy. Ningún proyecto, entonces, sino una
inversión de la memoria del pasado al futuro, de la
imaginación del futuro al pasado. Y las hipótesis sobre
lo que hubiese sido Roma si se hubiera seguido
imaginándola en vez de proyectarla (mal). La utopía es
el contrario ateo de la providencia; la imaginación es
la providencia de los laicos y Roma -ojalá- será
finalmente laica o no será.
Volver a
Portada Revista Contratiempo Nº 2
Volver a
Inicio
|