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Nota
de tapa 8 / Año II -
Marzo 2003 Televisión
/ El Chavo del 8
El
espejo roto
....Infinitos
los veo, elementales
Ejecutores de un antiguo
pacto,
Multiplicar el mundo como
el acto
Generativo, insomnes y
fatales.
/
Los
espejos, J.L.BORGES
Durante una clase de
historia, el Profesor Jirafales
le pregunta al Chavo qué
tuvieron que hacer los aztecas
cuando los españoles se
instalaron en sus dominios. El
niño toma su libro y lee con
entusiasmo:
-"Tuvieron que pegarte
¡bruto!"
El Profesor, sorprendido primero,
furioso después, corrige,
remarcando las palabras:
-"Tuvieron que pagar
tri-bu-to".
El Chavo lee mal. No
sólo tiene problemas con sus
libros de historia, sino también
con las historietas y los libros
de cuentos. A su vez, para el
Chavo las palabras son lo que
dicen, exclusivamente, sin
sobreentendidos ni metáforas (la
Bruja del 71 es una auténtica
bruja, con pócimas maléficas y
escoba, y no sólo una vieja
chismosa). La mala lectura y la
extrema literalidad son las bases
de su propia lógica. Y con ella
desarticula cuanto razonamiento
encuentra a su paso.
La vecindad del
Chavo está ubicada en un humilde
barrio del Distrito Federal de
México. Sus habitantes más que
amigos son vecinos. Odios,
envidias, resentimientos, orgullo
y desdén circulan de un
personaje a otro, tejiendo la red
que los mantiene unidos y que, en
muchos casos, constituye el eje
de sus vidas. El vecino es el
espejo de lo que cada uno no
quiere ser, pero que es: pobre,
inculto y con escasas
posibilidades de revertir su
destino. Los personajes adultos
responden a estereotipos que
vienen heredados de lejos y
contra los que no oponen
resistencia alguna: la
autoritaria ama de casa, la vieja
chismosa, el vago y borracho, el
profesor engreído y el
satisfecho cobrador de rentas.
Para ellos la existencia está
pautada por una serie de gestos,
acciones y palabras que se
suceden, una y otra vez, hasta el
hartazgo. Incluso, el amor que
siente Doña Florinda por el
Profesor Jirafales parece la
repetición de una telenovela, un
mal libreto del que es imposible
salir ("¡qué milagro
verlo por acá", "no
será mucha molestia
"
un día tras otro).
En este contexto de
conductas prefijadas aparecen los
niños. Nada queda en pié con el
Chavo y sus amigos, ni los
espacios ni el lenguaje ni los
símbolos de la autoridad. Si el
Señor Barriga recibe un pelotazo
que lo tira al piso cada vez que
viene a cobrar la renta, tampoco
el maestro corre mejor suerte.
Cuando Doña Florinda les dice
que sólo con el estudio y la
lectura podrán parecerse, de
grandes, al Profesor Jirafales,
los chicos se apresuran a cerrar
los libros que estaban leyendo.
Ese espejo, indudablemente,
resulta aterrador. Pero mientras
Quico, la Chilindrina y Ñoño,
de una forma u otra, ya empiezan
a reflejar los gestos de sus
mayores (las picardías de la
nena, la superioridad que siente
Quico frente a la
"chusma" y la
ejemplaridad de Ñoño
reproducen, sucesivamente, la
astucia de don Ramón, el desdén
de Doña Florinda y la solvencia
del Señor Barriga), es el Chavo
el que desestructura, desde la
misma base del lenguaje, la vida
en la vecindad.
El Chavo no tiene
padres ni tutores a la vista; no
es un eslabón más de la
monstruosa cadena de herencias y
de infinitos reflejos. Es un ser
único que habita un espacio que,
como su barril, rompe la
continuidad del mundo
construído. La interpretación
del lenguaje en su sentido
literal provoca una interrupción
en el discurso de los otros, que
los obliga a recomenzar, una y
otra vez. Incluso, cuando intenta
descifrar la diferencia entre un
término correcto y su mala
pronunciación ("¿cómo
se dice?
¿y yo cómo
dije?
¿y cómo se
dice?
¿y yo cómo dije?"),
el Chavo no hace otra cosa que
desenmascarar, involuntariamente,
siempre involuntariamente, el
carácter convencional de las
palabras. "¡Es que no me
tienen paciencia!"
suspira frente a la impotencia y
la furia de sus interlocutores.
El espacio de la comunicación
social queda en un suspenso del
que sólo se puede salir con
gritos, cachetadas o a través
del absurdo.
Pero el Chavo no es
un niño rebelde a la autoridad
adulta, tampoco un resentido
social. Ni siquiera es un chico
muy travieso. Y aunque a veces lo
parezca, tampoco es tonto. No
cuadra en ninguna definición que
permita clasificarlo y asimilarlo
a la sociedad. Para él, cada
encuentro con sus mayores, o con
los otros niños, representa la
posibilidad de alimentar esta
lógica de palabras primeras (de
allí su actitud dócil, casi
interrogante, lejos de la malicia
de la Chilindrina o de la
obediencia ciega de Quico).
Lógica que, en sus manos, tiene
la fuerza de una topadora.
Desposeído, mal lector y fiel a
las palabras, al Chavo sólo le
queda ser igual a sí mismo. Y
esto, con mucha frecuencia,
genera violencia en los otros.
Redacción de
Contratiempo
Colaboración especial: NAHUEL
LEVINTON
A Notas de Tapa
A Inicio
2000-2003 Revista
Contratiempo | Buenos Aires |
Argentina
Directora Zenda Liendivit
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