
Desocupados /
Berni (1934)
|
Nota de tapa
5 / Año I / Julio 2002
Zona de
riesgoUna de las
principales características de
las ciudades modernas es la
aparición de focos de alta
tensión que se originan por el
encuentro de situaciones
antagónicas. Es el caso de las
villas de emergencia y los
cordones de pobreza que rodean
las zonas acomodadas. Durante las
épocas de crisis, la tensión en
esos focos se acentúa y tiende a
expanderse.
Algo de esto
acontece hoy en Buenos Aires.
Ejércitos de desocupados,
cirujas y sin techo fluyen
intermitentes por sus principales
calles y fundan, con carromatos,
cartones y voces de reclamo, una
nueva arquitectura que se
superpone a la anterior. Y la
hace entrar en decadencia.
La expansión del territorio de
la precariedad implica también,
para el ciudadano común, la de
los límites éticos: se supone
que a ese avance le acompañarán
el delito y la violencia. Si las
villas y los cordones del
conurbano bonaerense abrieron sus
puertas y empezaron a expulsar a
sus pobladores, pareciera que el
demonio también quedó libre y
está en todas partes reclutando
fieles.
El pobre es el nuevo
enemigo público de la sociedad.
Y este miedo al otro, al
diferente, reorganiza la ciudad
en una sumatoria de fortalezas
individuales donde las zonas de
uso común se transforman en
tierras de nadie; éstas estarán
regidas, en la imaginación del
que tiene miedo, por las mismas
reglas de aquellos asentamientos
de los que proceden los invasores
y que siempre estuvieron fuera de
los códigos de la vida urbana.
La relación automática pobre
= delincuente, criminal (o,
por lo menos, sospechoso) o, en
versión extrema, el otro =
enemigo, obligaría a un
replanteo de la vida en
comunidad. Porque, al fin y al
cabo, ¿qué clase de estructura
anímica u orgánica debe poseer
un individuo para sentirse
adaptado a un sistema de
exclusiones que, además de
hambre, engendra resentimiento y
odio en millones de personas?
En una sociedad, el
sentido de la justicia, los
conceptos de "crimen" y
"castigo" y el valor de
la honestidad están en relación
con los beneficios que cada uno
obtiene o podría llegar a
obtener de ella, sin poner en
peligro al conjunto. Por lo menos
en la teoría, se hace justicia
si se castiga al que opta por el
camino de la violencia o del
delito como medio de vida. Al
inadaptado que no respeta las
normas y leyes de la comunidad.
Delinquir es, entonces, una
cuestión de libre albedrío
porque, supuestamente, habría
oportunidades para todos. Sin
embargo, fueron las luchas
obreras de las primeras décadas
del siglo XX las que
tempranamente mostraron el fondo
violento que encerraba este mito
del progreso, sustentado en el
trabajo y el esfuerzo, con la
arbitraria distribución de las
riquezas y la explotación de la
mano de obra.
A casi un siglo de
distancia, sin mitos a la vista y
con una alta dosis de malestar
orgánico, la obtención de las
mínimas condiciones de vida no
sólo no está garantizada sino
que se presenta como una quimera
inalcanzable. Tanto en la
Argentina como en buena parte del
resto del mundo, para millones de
personas no hay opciones
posibles. No hay alternativas
para llevar una "buena vida
" (es decir, la vida que
aprovecha las oportunidades que
le presenta la sociedad) y no
convertirse, tal vez a la larga,
en un "mal viviente".
Será sólo una cuestión de
resistencia; los cuerpos
sometidos a grandes presiones
suelen reaccionar con el
estallido, la rotura o la
disolución cuando aquélla llega
a su fin. El acto violento surge
entonces como respuesta frente a
una agresión previa, continua e
intolerable y constituye la
búsqueda del equilibrio perdido.
El cuerpo se rebela contra los
estragos del hambre, el vacío
abismal que provoca la falta de
trabajo, contra la humillación
de una vida infrahumana. Y ese
estallido abre un espacio entre
aquellas dos arquitecturas
superpuestas, la de la ciudad con
sus luces de bienestar y la de la
miseria de los basureros
revueltos. Un espacio
extremadamente peligroso.
A Notas de Tapa
A Inicio
2000-2002 Revista
Contratiempo | Buenos Aires |
Argentina
Directora Zenda Liendivit
/
|
|