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Nota de tapa 4 / Año I / Junio 2002
Valle de pasiones

La pasión suspende el tiempo; cualquiera sea su objeto, actúa siempre como eficaz antídoto contra la realidad. Sea ésta venturosa o catastrófica. A nadie se le ocurriría, sin embargo, que uno no deba enamorarse en épocas de crisis. A la moral le fue muy mal cuando intentó controlar los caprichosos itinerarios del deseo erótico. Nada indica que al pensamiento fuertemente comprometido con la realidad de nuestro país, le vaya mejor con el fanatismo "mundial" de estos días. La razón y la magia no están en el mismo plano; es más, están en planos paralelos. Vibrar ante una jugada magistral no niega, tampoco resuelve, los problemas existentes. Pero, de alguna forma, ilumina un instante.
Es cierto que un pueblo dominado por sus pasiones no piensa, no estudia, no lee, no se instruye. Es probable que ese pueblo sea muy manejable y que ejerza el "derecho a la estupidez" con más frecuencia que los otros. Pero también es muy probable que ninguna teoría conspirativa, económica o política, ninguna sospecha de negociados fraudulentos en torno a la gran contienda, conseguirá debilitar el amor por el fútbol. La pasión quedará siempre intacta y ajena a cuanto ocurra a su alrededor.

El Mundial es un gigantesco mecanismo productor de emociones. Su primera superficie de apoyo, al margen del fútbol mismo, es el apego que siente cualquier ciudadano por los colores de su país. Y aunque la bandera del patriotismo es la que se enarbola para enardecer a las masas, el combustible de este poderoso artefacto es bastante más complejo. Los deseos "mundiales" dependerán, siempre, de un interminable juego de amores, odios, simpatías, recuerdos y hasta de cuestiones históricas. Cuando un país se elimina, el fanático, por lo general, busca un sustituto para seguir sufriendo en "carne propia" el resto del torneo. Pero aquí tampoco la lógica resulta predecible. No es frecuente observar, por ejemplo, la alegría argentina por el triunfo brasilero frente a un equipo europeo (aquí no hay lugar para aquello de somos todos americanos).

Más de uno argumentará que prefiere a Italia, a España o a Alemania porque de allí vinieron sus abuelos, porque allí juega mengano o sutano, que antes jugaba en River, o porque, sencillamente, está harto de que Brasil salga campeón. De la misma manera, entre EEUU y Camerún, es muy posible que algunos nos volvamos de golpe africanos furiosos. Y respondamos a nuestra preferencia con argumentos tales como el apoyo al tercer mundo, la condena al racismo, el recuerdo de la esclavitud y la explotación, etc. etc. Curiosamente, en esta interminable danza de preferencias y confesiones a medias, lo que queda excluido es, precisamente, el interés comercial.

En mi deseo por Camerún no estarán considerados los millones de pudientes de la potencia del norte, atractivo mercado al que sería muy conveniente, para los organizadores, los canales de televisión y para el merchadising, interesar en el fútbol. Y aunque sobre el minuto final clasifique con un penal milagroso o con un gol más que dudoso aquel equipo que dará mejores dividendos, se podría decir que será una cuestión casi periférica. Las pasiones mundiales, al estar enraizadas justamente en componentes muy difíciles de digitar, quedan de alguna forma emancipadas de los resultados y de los manejos extradeportivos. Al mismo tiempo que alimentan y mueven fortunas, ellas mismas provocan el encuentro con fuerzas que por lo general se hallan adormecidas. Es nuestra infancia y la víspera de reyes, es el encuentro con un misterio que no tiene explicación; ningún elemento económico, financiero o político podrá medir el éxtasis de una jugada magistral o el dolor de la derrota. No hay controles posibles para esos instantes que quedan grabados a fuego, que retornan luminosos, que embargan, y que, de alguna forma, colocan al seguidor afuera de circuitos contables. Pero ¿qué es exactamente lo que uno ve en la selección de su país?

Un seleccionado de fútbol es como un moderno ejército de guerreros que busca vencer al enemigo de turno para conquistar una meta y plantar una bandera. Los fieles seguidores le exigirán lo que se espera de cualquier ejército: voluntad de poder, deseos de gloria, esfuerzo y victorias. Y, por supuesto, un par de héroes conductores a quienes idolatrar y a quienes defenestrar luego, cuando las condiciones así lo requieran.

Pero, curiosamente, aunque el objetivo final sea la ansiada copa, o por lo menos, llegar lo más lejos posible en las rondas, no necesariamente es éste el móvil que sacude y genera esa suerte de fiebre mundial. No es exactamente el resultado sino el transcurso de la contienda, el recuerdo de miles de emociones pasadas y la espera. Cuando el público, desde las gradas o sentado frente al televisor, ve ingresar a su equipo a la cancha está esperando algo que se halla fuera del simple discurrir del tiempo. En algún instante se abrirá un espacio al misterio y a la magia, que durará apenas unos segundos y que jamás volverá a repetirse de la misma forma pero que, a la vez, será siempre el mismo. En cierto momento del partido, el cuerpo del futbolista, venciendo los obstáculos materiales (el arquero, los jugadores rivales, las estrategias del otro, el terreno, etc.), va a fundirse con su propio acto magistral y hará entrar en comunión a ese público que, previamente, se encarnó en él (identificación a través de los colores del club querido, la patria, el país que nos gusta después del nuestro, el odio al otro, etc.).

Y esto no acontecerá solamente si hay un Maradona o un Pelé dentro del equipo; la apertura a lo inesperado ocurrirá, precisamente, en cualquier momento, en cualquier situación y con cualquier formación. La presencia de una estrella consagrada no hará más que alimentar las espectativas; y la instancia mundial, de hacerla más visible. Pero será en el cuerpo de la gente, del hincha, donde repercutirá ese instante y es ese mismo cuerpo el que guardará memoria. El festejo de Roger Milla, en el Mundial Italia 90, es un claro ejemplo: Milla convierte el gol; Camerún vibra; el hombre baila a un costado de la cancha. Si tenemos en cuenta que en las culturas africanas el ritual de la danza implica un momento de comunión y apertura hacia lo otro, el festejo del futbolista no hizo otra cosa que dejar en claro qué fue exactamente lo que allí había ocurrido. Y lo que seguiría aconteciendo, al margen del tiempo.

Por sus manifestaciones concretas, la pasión futbolera es, tal vez, una de las expresiones más visibles del deseo. El ritual que implica un encuentro de fútbol -un horario definido, un día en particular, las horas previas, etc.- hace de esta espera una forma de adicción y origina dos tipos de seguidores bien diferenciados. Por un lado, el hincha "respetable", que va a la platea, sufre civilizadamente frente a un televisor, comenta el partido al día siguiente entre los amigos y compañeros de trabajo, es la cara "sana" del deporte. Es el destinatario y a la vez el soporte legal de la estructura. Por el otro, el "barra brava", la parte maldita de la sociedad, es el elemento que supuestamente traslada su condición de marginal a dicha estructura para desestabilizarla. Esta división en la forma de "vivir" un partido, origina un doble movimiento: mientras que el hincha "saludable" logra excluirse del tiempo cronológico que lo aletarga, el "barra brava", que vive excluido las 22 horas restantes de su vida, logra una efímera inclusión en el momento en que da rienda suelta a sus instintos. El instante mágico que acontece en la cancha rompe tanto el tiempo que agobia como el que excluye, e integra a excluidos y agobiados en una continuidad ajena a cualquier medida, espacio o cálculo, en una especie de tiempo mítico. Por otro lado, si el "barra brava" manifiesta su fanatismo de una forma mucho más violenta y agresiva que el otro, se debe a que lo que está en juego en ambos casos es muy diferente. Mientras que para el hincha tranquilo, el éxtasis futbolístico es una alternativa más para salir de su realidad, para el primero es una cuestión de identidad. En ese instante, el barra brava es.

Cada cuatro años el mundo se convulsiona con los febriles latidos del fútbol; cada cuatro años, el tiempo parece suspendido e indiferente a las demás cuestiones, aunque éstas sean acuciantes. A no preocuparse; después de junio, siempre llega julio. Nada dura para siempre. A lo sumo, vuelve.

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