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  Nota de tapa 3 / Año I / Mayo 2002
Hemos perdido el rastro
unos minutos...

En tiempos pasados, los notables de una sociedad acostumbraban reunirse a debatir y reflexionar sobre los temas candentes de la época. No hace falta escudriñar en siglos remotos. Mucho menos cuando estas líneas se escriben en mayo. Mayo para los pueblos del sur es mucho más que una particularidad del calendario.

A partir de mayo de 1810, nuestra historia se ve sacudida por ciertos hombres enérgicos y eruditos que, al margen de éxitos y fracasos, respondieron con ideas claras a las urgencias del devenir. Desde hace algún tiempo, sin embargo, el pensamiento y la realidad parecen enemigos irreconciliables. ¿En qué momento el campo de las ideas juzgó que el mundo no era terreno fértil para su accionar y se replegó sobre sí mismo?¿A causa de qué extraño designio los intelectuales, las mentes brillantes que toda generación provee a una sociedad, se arrogaron el privilegio exclusivo de los artistas y se volvieron literalmente inútiles para el acto de responder? Si lanzáramos una mirada posmoderna a la cuestión, podríamos convenir que, efectivamente, todo es interpretación de interpretación y quedarnos cómodamente atrapados en el comentario eterno. Podría ocurrir también que los discursos originados en las disciplinas del pensamiento se acercaran peligrosamente al terreno de la ficción. Por lo que el oficio del intelectual sería un acto de placer puro y gratuito, una mala copia de la experiencia estética (mala, porque el acto crítico que implica la experiencia estética es precisamente asunto del arte). O en el peor de los casos, un regodeo en el bello decir, en la elegancia del discurso, en la respuesta ingeniosa y sagaz. Ningún conflicto entonces con eso que llamamos realidad. De eso que se ocupen otros, técnicos, economistas, banqueros. Mientras, en los claustros se seguirán multiplicando hasta el infinito, como por obra del aborrecible espejo de Borges, las inmutables verdades establecidas por la Academia.

La disociación voluntaria de la crítica intelectual del devenir del mundo donde está inserta es ante todo una cuestión moral. Pensar la realidad y no actuar sobre ella, desde ella, para ella, es como aquél que posee las herramientas necesarias para construir un camino al tesoro perdido pero no mueve un dedo para hacerlo. Resignarse a que las grandes y pequeñas decisiones con respecto a una comunidad queden en manos de gente alejada del pensamiento, y cercana a los cálculos y a los intereses meramente financieros, es optar por una determinada atmósfera vital.

Denostarla después, con atractivos discursos desde el podio del saber, es un acto de suprema cobardía. O de suprema comodidad. No se trata, desde luego, del viejo enfrentamiento entre teoría y práctica. Ya sabemos que la teoría es una forma de práctica y que el pueblo, la gente, la masa, no necesita iluminados. Si hay dudas de esto, basta con darse una vuelta por la historia. Se trata de que el intelectual, por su posición dentro de la sociedad –esto es, la persona que trabaja con las ideas, que se ocupa de ellas, que se forma como tal-, es el poseedor de la teoría-herramienta que debería servir para construir las posibles respuestas a las agitaciones del periodo histórico que le toca vivir, a los temas que desvelan a su época -ya sea un plan de estudios, una planificación urbana, una buena reflexión a partir del conocimiento de la historia, una visión social...-. La teoría debe servir, y allí surge el problema.

Sería interesante rastrear el origen de esta disolución. Interesante porque quizás nos brinde una pista de dónde estamos parados. Para empezar, habría que revisar los propios conceptos, la supervivencia de ciertas viejas valoraciones. Hay en la realidad algo repulsivo que espanta al hombre dedicado a las ideas. Como si ella estuviera contaminada de un raro virus destructor y contagioso. El cuerpo, el mundo real y, por lo tanto, los bajos fondos se encuentran enfrentados al alma, al pensamiento y, por ende, a las alturas. ¿Cuánto de estos esquemas perduran agazapados en la oscuridad de nuestros más prestigiosos centros de estudios? ¿Cuánto en aquéllos que enarbolan las banderas del pensamiento comprometido y a contracorriente de los sistemas establecidos? Por otro lado, ningún intelectual está incapacitado para el acto de responder. Ningún decreto sobrenatural o designio divino ha caído sobre el pensamiento obligándolo a la pasividad. Y así como tampoco existe ley alguna que lo fuerze a transformarse en empleado de los jerarcas de turno, nadie puede ser víctima y verdugo a la vez. La cuestión entonces sigue siendo moral. Algo es cierto: la realidad es terriblemente peligrosa.Y en tiempos de turbulencia se vuelve furiosa contra todo y contra todos. Sin embargo, en esa rebelión destructora suele iluminarse la poderosa fuerza vital de la que carecen sus negadores.

Una Argentina turbulenta es la que nos toca vivir en este emblemático mayo del 2002. Tal vez, al fin y al cabo, se trate tan sólo de una cuestión de tiempo; tal vez, como diría Patricio Rey, sólo hemos perdido el rastro unos minutos. Lamentablemente, son minutos demasiado largos.

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