Inicio | N° Publicados | Comunicación | Literatura | Cine | Apuntes Arte | Libros | Hemeroteca | Fotos | Ciudad | Notas de Tapa

/ BA al rojo vivo

     


Dibujo: Hernán Levinton

Nota de tapa 2 / Año I Marzo-Abril 2002
Escrito en el cuerpo

Alguien dijo que la necesidad hace al órgano. Se podría pensar entonces que desaparecida tal necesidad dicho órgano correría la misma suerte. Ciertos pronósticos vaticinan la extinción, en las generaciones futuras, del dedo meñique del pie por considerarlo inútil. En tiempos pasados, algunos médicos extirpaban las amígdalas de los niños para que no causaran problemas. La cuestión era curarse en salud.

Por estos días, una serie de términos que hasta hace unos meses era privilegio exclusivo de los economistas -y para el hombre común una forma de esperanto- se volvió parte de nuestra cotidianeidad. La necesidad hizo que el órgano del cerebro destinado a los cálculos se desarrollase en forma monstruosa. Y si antes, antes de la tempestad quiero decir, vivíamos en plena misantropía y el prójimo era un sospechoso, ahora es prácticamente un enemigo confeso.

Son curiosas las sociedades cuando se sienten agredidas en sus cuestiones más queridas. Las pasiones salen a la superficie y arrasan, como lava hirviendo, con todo lo que se les pone delante. La furia y el terror, aletargados y domesticados a fuerza de contratos, irrumpen reclamando espacio. Y es justamente este temido espacio, temido por los portavoces de la anarquía, de la guerra civil, de la debacle social, el más inquietante. Hagamos un poco de historia. Con el nacimiento de las ciudades, el hombre firma un pacto para gozar de paz, bienestar, seguridad, etc.etc. A cambio, se compromete a controlar sus instintos. El marginal es una figura contemplada dentro de este esquema: o se le retribuye con la indiferencia, en caso de que sea inofensivo; o se le impone un castigo, en caso del criminal. El delincuente -el públicamente declarado, quiero decir-, por lo general, sabe de antemano que con su accionar está excluído de las negociaciones. Cuestión de temperamento, de carácter, lo que fuera: hay seres humanos que no quieren saber nada de tratos. Pero ¿qué ocurre con aquél que hasta ayer andaba respetuoso por la vida y se levanta un día con la impresión de que alguien, no sabe bien quién, lo violó impunemente? (encima, con la fuerte sospecha de que la profanación viene de lejos, que es antigua y reiterada). Puede ocurrir que las fuerzas dormidas revivan oportunistas frente al estímulo y el volcán entre en erupción. Al fin y al cabo, ¿por qué seguir cumpliendo?

Por otro lado están los que jamás entraron en ningún lado, los dedos meñiques de un cuerpo que ya no los necesita. Cuando la televisión proyecta las dantescas imágenes de gente que se disputa una bolsa de leche o desvalija un supermercado, es posible observar en los rostros cierto gesto burlón, a veces, hasta festivo. No hay facciones desencajadas por la furia, como las que aparecen frente a los maltrechos bancos y tribunales. De ninguna manera, para esos hombres, mujeres y niños, borrados de cualquier cálculo, contrato o sistema, el saqueo y la humillación son desde siempre los fundamentos de su vida diaria. Nada nuevo bajo el sol.
En el extremo opuesto, sin embargo, anida el miedo. El fantasma de una legión de modernos hunos, comandados por el Atila de turno, merodea los opulentos imperios, desvela a sus ocupantes y emplea a centenares de ejércitos privados. Tenemos entonces una base saqueada, que se ríe desesperada de sí misma; un medio furioso y una cúspide aterrada. Y, en casi todos los puntos de este complejo entretejido de fuerzas, el arrollador deseo de no convertirse en el inútil órgano destinado a la extinción. O a la extirpación.

A Notas de Tapa
A Inicio

2000-2002 Revista Contratiempo | Buenos Aires | Argentina
Directora Zenda Liendivit

/