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Nota de tapa 12 / Año II / Mayo 2003
Fidel Castro en Buenos Aires

Nos habíamos amado tanto

Domingo 25 de mayo. Tarde soleada y fría en Buenos Aires. La zona de los alrededores del Congreso es un remolino de gente, de banderas, de policías.
Adentro, una voz en el micrófono presenta a los mandatarios de otros países que vinieron para la asunción presidencial. Cada uno de ellos, a su turno, agradece con un leve gesto los aplausos de cortesía que le dispensa la sala abarrotada. Cuando se escucha el nombre de Fidel Castro, el Congreso se sacude, la sala vibra, se agita en ovaciones. Castro levanta la mano y saluda.
Lunes 26 a la noche, frío en Buenos Aires. Fidel Castro va a dar una conferencia en el Aula Magna de la Facultad de Derecho. Hay capacidad para 800 personas. Pero vienen muchas más, cinco, siete mil, parecen un millón. La cuestión es que la sala resulta chica. Y después de idas y vueltas, Castro decide hablar afuera, en las escalinatas. Así lo ven todos, en vivo y en directo, para sufrimiento de su imbatible custodia. Habla durante más de dos horas. Es Fidel Castro y está allí. "Tu mano gloriosa y fuerte / sobre la historia dispara…" susurramos por lo bajo, lamentablemente ya un poco alejados de la escena, mientras en la cabeza desfilan los combativos recuerdos juveniles; desfila nuestra militancia allá por los años 80, cuando imaginar una situación como ésta entraba en el terreno de la literatura fantástica. Fidel aplaudido en el Congreso (no estuvieron precisamente los proletarios); Fidel aclamado por una multitud en la siempre difícil Facultad de Derecho (hueso duro de roer para cualquier juventud universitaria de izquierda). Fidel Castro llevándose toda la atención en esta semana de visitas y cambios políticos. ¡Qué tiempos extraños!, como diría K , el personaje de El Castillo. El liberalismo económico consiguió por peso propio lo que la izquierda, esa que unida jamás iba a ser vencida, no pudo: que el porteño de clase media aplauda al comandante cubano. Que el que jamás se metió en política esté allí, aterido de frío, en los parques de Palermo, escuchando fascinado cómo ayudó en la tarea de hundir en el Pacífico los restos argentinos del monstruoso sistema que lo estaba devorando. Al parecer, y por lo menos por unos breves instantes, esta vez el tiempo sí estuvo a favor de los pequeños.

Buenos Aires
27 de Mayo de 2003
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