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Nota de tapa
10 / Año II Mayo 2003
ELECCIONES 2003
La era de
la estupidezLuego de las
elecciones del pasado 27 de abril
quedó flotando la vaga
sensación de que algo había
cambiado en la vida política
argentina. Tal vez fuera la forma
de votar, la actitud frente a las
promesas electorales o
simplemente estamos ante el fin
de las ilusiones masivas (no
ocurrió lo mismo en el esquema
mental de los candidatos, que
siguieron empapelando las calles
con sus rostros sonrientes
creyendo que todavía tenían la
fuerza mítica del nombre). Por
lo pronto, lo que flota en el
ambiente, y que se materializó
el domingo, es una combinación
de hartazgo y deseos de
participación, una forma de
impaciencia alejada de la desidia
(pocos faltaron a la cita). Es
como si de golpe nos hubiéramos
vuelto grandes. O dejamos de ser
estúpidos. La gente está
pensando y esto, lo sabemos muy
bien, es todo un problema para
cualquier poder. No en vano los
sucesivos gobiernos de las
últimas décadas se empeñaron
en atacar la cultura y sus
centros de pensamiento; una tarea
de destrucción que les
garantizaría la suficiente
docilidad para seguir ejerciendo,
al amparo de la legitimidad
constitucional, sus fechorías
corporativas. Bastarían tan
sólo unas cuantas promesas
lanzadas al vacío, una buena
campaña publicitaria y cierto
aire de caudillo carismático o,
en su defecto, de hombre serio y
alejado de las frivolidades. La
despreocupación estatal por la
cultura y por consiguiente,
la proliferación de cultura
paga, impartida en centros que
responden a las mecánicas de la
economía de la exclusión- fue
el primer paso para desmantelar
la capacidad crítica de las
nuevas generaciones. Y aún más,
hasta los propios centros
estatales del saber se vieron
viciados por esa mecánica
mercantilista, porque los que
quedaron, por razones de
supervivencia, debieron adaptarse
a las mismas leyes que
supuestamente condenaban. Así,
el campo del pensamiento quedó
en poder de las mismas fieras que
lo estaban destrozando.
La tarea
sistemática de hacerle olvidar a
un pueblo su capacidad de
cuestionar, a través de todos
los medios posibles, y contando
muchas veces con la complicidad
de medios supuestamente
prestigiosos, va encontrando, sin
embargo, sus límites. Tal vez
las fechas claves sean el 19 y 20
de diciembre del 2001. O tal vez
se trate de una sumatoria de
hechos que ahora está resultando
demasiado pesada: los negros
años del proceso, las promesas
incumplidas en la democracia, las
traiciones reiteradas, la
impunidad de los grandes
negociados que trajeron la
miseria económica y moral, la
expulsión de la vida activa de
miles de personas, el desamparo
sanitario y social y la muerte.
Esa muerte que parece cerrar un
macabro círculo vicioso: pasamos
años recordando a los
desaparecidos de la dictadura y
seguimos enterrando cadáveres en
plena democracia. Los muertos de
esa política nefasta, legalmente
constituída y ratificada durante
casi diez años, esas víctimas
que desde rostros desnutridos y
cuerpos moribundos lastiman como
puñales en la memoria, de alguna
forma también estuvieron
presentes el domingo. Ya no somos
inocentes y jamás lo volveremos
a ser. Ya no tenemos la excusa
del desconocimiento o la
ignorancia. Ni siquiera del
miedo. Ya no nos basta con la
alegría imbécil de festejar un
nuevo sufragio, el supremo acto
de democracia. Porque lo concreto
es que cuando el pueblo tuvo que
elegir entre veinte opciones, no
encontró un representante
posible. Las campañas
electorales, con sus festivales
mediáticos incluidos, esta vez
resultaron ineficaces. La
realidad nacional, con la
violencia del 60% arrojado a la
pobreza, avanza como una topadora
sobre cualquier futuro promisorio
e irreal prometido desde una
plataforma. La situación mundial
también aporta lo suyo: un
justiciero con ínfulas de
conquistador, declarando la
guerra a cuanto país maldito y
petrolero encuentra a su paso, y
el salvajismo de un sistema
monstruoso que se devora
globalmente a sí mismo no ayudan
a la hora de las decisiones.
Pensar en qué lugar de este
engranaje estaría ubicada la
Argentina es el primer paso para
que las adhesiones fáciles se
vuelvan reticentes. Comprobar
que, efectivamente, no existen
salvadores ni libertadores
nacionales, es también el primer
paso para ampliar la mirada,
lanzarla más allá de los
límites, no solamente de la
estupidez sino también de las
fronteras geográficas. Si como
dice Hölderlin "...pero
donde está el peligro, crece
también lo que salva"
y si el peligro está aquí, en
Brasil, en Paraguay, no sería
raro que la posible salvación
también estuviera anidando en el
conjunto, y sólo en el conjunto,
de la región.
Redacción de
Contratiempo
Foto: Elecciones 1918 / Archivo
General de la Nación
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