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Nota de tapa
1 / Año I / Enero - Febrero 2002
En la
ciudad de la furiaEn medio del calor,
los gritos y los cacerolazos que
entraban como lenguas de fuego
por las ventanas de la
redacción, en medio de esta
convulsionada Buenos Aires -en
medio digo, y la expresión es
literal porque Contratiempo
está ubicada en el corazón de
la Capital Federal, a unos pocos
metros de Parque Rivadavia-, en
ese punto tan significativo para
la geometría y las metáforas,
el debate giraba en torno al
próximo número de la revista. A
tono con los tiempos que corren
surgió el tema de la bronca.
¿Por qué no? Ya hablamos de lo
sagrado, del horror, del deseo.
Era el momento del odio. Incluso,
nos imaginamos el título de
portada: "Argentina, viñas
de ira".
Por otro lado,
asomaba también la cuestión de
la reflexión. La pregunta por el
origen. No el origen de este
descalabro económico sino el
origen y desarrollo de esta
especie de imposibilidad
congénita que padecemos. La
imposibilidad de crear y
desarrollar espacios de
reflexión sobre nosotros mismos.
Hay un vacío que se
alimenta de olvidos, miradas
distraidas y complacencias
varias, y que al parecer goza de
excelente salud. Es la ausencia
orgánica, crónica y
sistematizada, de un pensamiento
activo y productor que tenga en
foco, en el mentado centro,
nuestra realidad. La realidad del
hombre que vive en las orillas
-no en el centro, mal que nos
pese- y que no es otra que la
catástrofe. Así como en los
asuntos materiales
(desocupación, hambre, falta de
futuro), la catástrofe también
se ensaña, y quizás esto sea
aún más terrible, con el
pensamiento. Una mortífera
estructura tentacular,
constituida por un sistema que
supedita cuerpos y almas al
vaivén de los cálculos, que
atenaza la cultura y el arte y
que vuelve bien de cambio, de
recambio y descartable todo
cuanto toca, se confabula para
este funeral de la capacidad
crítica.
Es indudable que
hemos pagado un alto precio por
el derecho a la imbecilidad; nos
hemos vuelto imbéciles, como
diría Artaud, por supresión del
pensamiento. Pero no sentimos
nostalgia alguna por el retorno
de los sabios. No, no extrañamos
a ningún iluminado ni somos
idólatras. Se trata lisa y
llanamente de ejercitar la
reflexión a manera terapéutica.
No estamos aquí, ahora y en
estas condiciones de indigencia
espiritual por los caprichos de
un dios que más adelante nos
recompensará eternamente.
Tampoco por una mala tirada de
dados. Y aunque estemos formados,
educados, criados y malcriados en
las fuentes del gran saber
occidental, algo de nuestros
orígenes suburbanos nos dice que
tampoco esa calle de dirección
única, con aires de
multiplicidad, resultará
suficiente. Los cimientos del
imponente edificio del que
formamos parte se están
pudriendo en sus entrañas y
amenazan con el derrumbe.
Afortunadamente, el
espacio del pensamiento no es
patrimonio de una disciplina, ni
está encerrado como monje de
retiro en algún claustro. Es
más, hasta a veces daría toda
la impresión de que está
justamente afuera, en el cruce
entre diferentes saberes y
acontecimientos (mal que les pese
a muchos académicos que miran
con espanto este
"desorden"
metodológico), en la
multiplicidad de la vida moderna,
en esa zona de paso donde cosas
disímiles entran en tensión y
provocan el estallido.
Sería ingenuo
pensar que las masas que ahora se
levantan en las furiosas ciudades
argentinas estén movidas
exclusivamente por el odio que
despiertan las tramoyas
financieras.
Es ingenuo pensar
que con sólo recurrir al cajón
de la economía, o de la
sociología, entenderemos la
cuestión. Es ingenuo y
anquilosante. Porque la historia,
inquieta y vital, centellea a
cada paso desde el presente se
vuelve necesario pensar la
Argentina desde el momento en que
ella empezó a pensarse a sí
misma. Y también, desde que
empezó el olvido. Somos
concientes, sin embargo, de que
este discurso, muy a menudo,
sirve para tranquilizar
conciencias, ganar adeptos y
clientes, y ubicarse en el
redituable pedestal de la
rebeldía. Somos muy concientes
de que en la mayoría de los
casos no sirve más que para eso.
El vacío persiste, mientras el
ser humano se debilita con
palabras huecas y la realidad le
pasa por encima.
Tal vez, después de
todo, Latinoamérica esté
íntimamente ligada en sus
orígenes y en su devenir al
horror y a la bronca. Pensar la
Argentina, entonces, desde
nuestra propia barbarie
contaminada de civilización.
Desde allí hablaremos en el
próximo número de Contratiempo.
Desde el centro mismo de la
furia.
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