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Nota de tapa
13 / Año II / Agosto
2003 Elecciones
porteñas
Las
voces del barrio
Una
costumbre muy difundida
en la Buenos Aires de
hace 30 o 40 años atrás
era la camioneta con
altoparlantes en el
techo. La voz
inconfundible y
amplificada, acompañada
de una música pegadiza,
sorteaba con éxito los
ruidos del tránsito,
atravesaba patios,
jardines y ventanas y
llegaba hasta los fondos
de la casa. Otro tanto
ocurría con el vendedor
de helados, quien con su
característico silbido
sentaba presencia en el
barrio mucho antes de su
aparición física. Los
niños y las amas de casa
estaban muy atentos a
estos mensajes sonoros.
Vaya uno a saber por
qué, había algo festivo
en ese ritual diario, una
atmósfera de feria
ambulante que quebraba el
letargo de la mañana o
de la siesta y que
generaba cierta
complicidad entre los
vecinos.
Desde hace algún tiempo,
esta costumbre volvió a
instalarse en Buenos
Aires. En principio, el
cuadro es muy parecido al
de épocas pasadas: la
vieja camioneta, con los
parlantes en el techo,
deambula por las calles
vociferando ofertas y
servicios varios,
indiferente al paso del
tiempo y a las nuevas
tecnologías
comunicacionales.
Como era previsible, las
campañas electorales no
podían desaprovechar
semejante oportunidad,
por lo que a los anuncios
de increíbles descuentos
en supermercados y de
inolvidables noches en
algún club nocturno, se
suman los nombres de los
candidatos, sus virtudes,
un eslógan oportuno y,
en ciertas ocasiones,
hasta lo que harían en
caso de ser elegidos. La
voz que inunda la
atmósfera de buenas
intenciones y promesas de
futuro intenta de alguna
manera recrear aquel
vínculo que lograba
antaño con la gente del
lugar. Directo y austero,
el mensaje oral se
instala con la
espontaneidad de las
charlas de vereda y la
algarabía de la feria
comunal, recreando en
versión moderna la forma
primitiva del juglar que
pasaba por los pueblos y
recitaba a viva voz las
últimas novedades de la
comarca.
A la vez, esa voz
amplificada por los
altoparlantes, que llega
hasta los más íntimos
rincones y que no puede
ser apagada ni desoída,
pretende demostrar que el
candidato anunciado
provenga de la
ideología que provenga-
está presente incluso en
el territorio de lo
doméstico, en la
cotidianeidad del hombre
común -ilusión que
suele surtir un gran
efecto en aquellos
sectores que sienten la
postergación durante
todo el resto del año.
Este recurso renace en un
momento en el que la
figura del vecino va
adquiriendo una nueva
dimensión a través de
las asambleas barriales y
los reclamos populares
espontáneos. Resurge en
un momento en que el
barrio mismo empieza a
tener protagonismo en la
escena política y social
de la ciudad, a
diferencia de las
décadas anteriores en
que todo parecía ocurrir
en la zona céntrica y a
través de las
estructuras partidarias.
La presencia sonora
irrumpe entre los ruidos
propios de la metrópolis
y se impone porque
entabla una diferencia de
escala tanto con ella
como con los otros medios
publicitarios: no va
dirigida a la gran
ciudad, que por sus
características ya no es
capaz de escuchar sonido
alguno, sino a la
pequeña vecindad que,
descreída y postergada,
se mira para adentro y
descubre un potencial
desconocido; va dirigida
a ese hombre común que,
expulsado de las grandes
cuestiones centrales,
busca en el sentido de
pertenencia una forma de
resistencia. Pero lo que
olvida con frecuencia es
que precisamente ese
vecino de barrio ya no
cree en los vendedores de
ilusiones, en los
carromatos que pasan y no
vuelven y en las ferias
donde nunca gana nada. La
complicidad está rota;
como diría Silvio
Rodriguez, los viejos
ruidos ya no sirven para
hablar.
Agosto
de 2003
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