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FOTO: NAHUEL LEVINTON
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Edición Especial
DIEZ años de Revista
CONTRATIEMPO
NOTA DE TAPA N° 78 / NOVIEMBRE 2010
Algunas
reflexiones en torno a los diez años de Contratiempo
Un grabado inca, un
par de ensayos, el nombre del sitio ocupando la pantalla, en
caracteres de alto impacto, todo en fondo negro: esa fue la
primera portada de Revista Contratiempo, hoy extraviada, que
subió a la red a fines de noviembre de 2000. No había grandes
proyectos, apenas la voluntad de publicar trabajos que
presionaban en cajones y computadoras. Sí, en cambio, ciertas
certezas de lo que no queríamos hacer, de dónde no queríamos
estar. En la imaginación colectiva de entonces sobrevolaba la
idea de que nada demasiado bueno podía gestarse en la red. La
superficie de la pantalla constituía la metáfora exacta de lo
que se esperaba de ella; su parecido con la televisión, otro
paria de la cultura considerada seria, le socavaba toda
credibilidad y condenaba a la excomunión anticipada a las
producciones que pretendieran algo diferente al pasatismo o la
divulgación. La circulación, producción y distribución de la
cultura sufrieron con la red profundas transformaciones. El
autor se volvió editor y difusor de sus propias ideas, se obvió
la intermediación y se garantizó la recepción. Pero esa misma
impunidad liberadora de normas, cánones y anquilosamientos
varios, a la vez, provocó los extremos de la época actual, donde
la palabra pareciera estar en el horizonte de su propia
saturación. Declina por proliferación indiscriminada y poco
rigurosa, aún en ámbitos donde se espera de ella alcances
transformadores. La cultura que tiene por fin objetivar la
palabra para volverla redituable atenta directamente contra las
posibilidades del pensamiento y de la comunicación verdadera. La
inmediatez y la trivialidad configuran la mirada y moldean las
sensibilidades en la precariedad e indigencia, lo que tarde o
temprano repercute en todos los ámbitos y niveles. Esto es lo
que a diez años de la creación de Contratiempo nos preocupa. La
cultura en la Argentina está atravesando un mal momento, tal
vez, y desde hace mucho tiempo, uno de sus niveles más bajos.
Enumerar las pruebas de esta afirmación parece ocioso. Basta con
echar un vistazo a universidades, centros educativos y sellos
editoriales para comprobar que la excelencia le ha dejado su
lugar a intereses ajenos a la producción de conocimientos. El
diálogo auténtico no existe –apenas, debates cómplices, por lo
general para ratificar pertenencias o afianzar nombres
redituables a la hora de recaudar. El objetivo editorial
parecería ser la digestión rápida, aún en aquellos textos que se
pretenden fuera del interés comercial. Se sabe muy bien que el
público suele ser más numeroso cuanto menos dificultades ofrezca
para el pensamiento el producto de turno. Pensar implica
visualizar un problema, un desafío, una incomodidad, a veces una
obsesión. No importa cuál fuera el objetivo, la reflexión bordea
siempre aquello último que ya no se puede enunciar y cuya afasia
nos exige ese merodeo exhaustivo, una transitoria liquidación de
nuestras fuerzas en torno al mismo, esa aproximación que espera
y desespera pero que, en la certidumbre de nuestra impotencia,
suele extraer del que piensa lo más valioso. Esta práctica de la
intransigencia, de la rigurosidad, de la no concesión a la
pirotecnia que prometen reflectores, columnas periodísticas,
cargos o premios pautados de antemano, constituye una herencia,
mucho más que la obra en sí. Una garantía de resguardo
espiritual contra malversaciones y adoctrinamientos. Contra las
malas épocas, como ésta. Pero esta época es la nuestra, nosotros
la habitamos, es nuestro tiempo, un tiempo que se nos agota. No
nos conformamos con la queja: después de todo, y como solemos
afirmar a menudo, no estar, no convalidar, no apañar, también es
una postura creativa. Desde allí, desde aquel lugar que
construimos con un fondo negro, unos pocos links y un grabado,
con algunas pocas certezas de lo que no queríamos hacer, hace
diez años atrás, y que se ha transformado en este espacio con
múltiples recorridos, seguiremos pensando.
Buenos Aires, 30 de noviembre de 2010
COLUMNA DE OPINIÓN
Diez años de una revista de cultura
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