contratiempo | La Argentina que quisimos | Año II - N° 4 | 25 de mayo de 2002

UTOPÍAS ARGENTINAS

EL TRIUNFO DE UNA REVOLUCIÓN (I)
La Ciudad Anarquista Americana
OBRA DE CONSTRUCCIÓN REVOLUCIONARIA.
CON EL PLANO DE LA CIUDAD LIBERTARIA

PIERRE QUIROULE

El Dorado es un utópico reino monárquico situado en el continente americano. Una revolución instaura el anarquismo y traza el nuevo orden social. Por otro lado, toda Europa reacciona contra esta subversión del sistema capitalista y corta los lazos con los revolucionarios. Mientras, en Las Delicias, la capital de El Dorado, los gobernantes deben resolver las diferentes problemáticas originadas por el nuevo regimen. El fragmento elegido habla de la organización de la ciudad anarquista.

   

DESCRIPCIÓN DE LA CIUDAD

La Plaza de la Anarquía... formaba el punto central exacto de la ciudad. En la parte sur estaba la Sala del Consejo comunista, y en el lado norte el gran hall destinado a ejercicios físicos y juegos atléticos. Entre el hall y la Sala, en el costado este, se hallaba el teatro anarquista.

Decimos que la Plaza de la Anarquía ocupaba el centro de la ciudad. El barrio industrial de la misma formado por los talleres y fábricas, y el barrio de los almacenes y depósitos hacían alrededor de dicha plaza una doble cintura de construcciones totalmente desprovistas de adornos arquitectónicos.

La primera cintura estaba limitada de un lado por la calle de la Anarquía, que circundaba la plaza de la cual tomaba el nombre y del otro lado por la calle de la Actividad. Estaba compuesta por los talleres de mecánica, electricidad, carpintería, tipografía, relojería, zapatería, telares, mueblería, fábricas de vidrio, fundición, panificación, elaboración de pastas, etc., dispuestos en doble hilera, una con frente y salidas sobre la primera de las calles nombradas, la otra sobre la segunda, además de comunicarse los talleres por sus fondos.

Cada taller estaba perfectamente organizado e instalado con todos los adelantos modernos en maquinarias y herramientas; poseía una biblioteca completa de las obras técnicas especiales al arte u oficio a que estaba destinado, y contaba además, con un botiquín de primeros auxilios.

Unos caminitos arenosos trazados en el césped entre plantas y flores, comunicaban las calles de la Actividad y de la Anarquía acortando distancias y separaban los talleres, en los que entraban torrentes de luz, de sol y de aire.

La segunda cintura separada de la primera por la calle de la Actividad, la constituían los garajes, depósitos y almacenes, ubicados también sobre dos líneas: con frente a los talleres, los depóstios y garages; y lindando con la vía de la Abundancia, los almacenes.

En los depósitos se guardaban los productos de la tierra y derivados: trigo, maíz, yerba, pastos, papas, harinas, etc.; en los garages, las máquinas agrícolas, automóviles de carga y otros vehículos, aeroplanos, etc.

Los almacenes de comestibles, las panaderías, bodegas, las boticas, droguerías y demás locales en que se encontraban las prendas de vestir para ambos sexos, estaban ubicados, como queda dicho, sobre la vía de la Abundancia, frente a la ciudad habitada propiamente dicha, la que se extendía sobre la prolongación del cuadrado industrial y de los depósitos, en una parte completamente aislada del ruido del trabajo y de los inconvenientes ocasionados por el tránsito de los vehículos, entre las diagonales Armonía, Libertad, Amistad y Humanidad, haciendo ella misma una tercera y última cintura cuya parte exterior lindaba con la campaña.

Esta disposición tenía por objeto poner al alcance de la mano de los comunistas los víveres y todas las cosas que necesitaban, siendo que cada lado del cuadrado contenía igual cantidad de panaderías, almacenes, tiendas, farmacias, bodegas, etc., en número suficiente para el abastecimiento de su población, lo que resultaba sumamente cómodo para todos, puesto que tanto los que habitaban al Norte de la ciudad como los que vivían al Sur, al Este o al Oeste, tenían una distancia igual que recorrer para proverrse de cuanto les hacía falta.

El área cubierta por todos estos locales, depósitos, almacenes, talleres, garajes, etc., no era, por lo demás, muy considerable, aunque a primera vista podría parecerlo. Esta superficie no sería quizás, superior a diez hectáreas, inclusas las vías de acceso y lo jardines que la hermoseaban. Y es fácil comprenderlo.

La solución del doble problema económico y social, relativo a la posesión del bienestar y de la libertad para todos, consistía según las nuevas comunas anarquistas, en "bastarse a sí mismas".

Para conseguirlo, era, pues, necesario que cada pueblo o comuna desarrollara sus actividades y energías en todas las ramas de la producción, agrícola e industrial, para obtener de este modo todo lo que precisaba, tanto en lo concerniente al consumo como en lo relativo a las demás necesidades materiales e intelectuales de la existencia.

Lo más importante, naturalmente, y lo que por consiguiente requería mayores esfuerzos y trabajo permanente, era la agricultura. Todos los comunistas eran agricultores, y nada se emprendía mientras las labores de la tierra reclamaban la cooperación de todos.

Así reinaba la abundancia en los depósitos y graneros de los comunistas, de tal suerte que siempre quedaba un sobrante suficiente en reserva para los años malos o para ayudar a las comunas vecinas castigadas por alguna catástrofe atmosférica o calamidad pública.

Sin embargo, los trabajos agrícolas no podían ocupar todo el tiempo de los anarquistas. Y como éstos necesitaban también vestirse, calzarse, etc., fabricar sus herramientas y nuevas máquinas; hacer sus casas, etc.; imprimir libros, estudiar nuevos procedimientos de producción, dedicarse a investigaciones y experimentos científicos, y también cultivar las artes agradables como la música, la escultura, la pintura, etc., para recreo del espíritu, el tiempo se dividía racionalmente entre cada una de estas ocupaciones quedando muchas horas libres para el sueño y el descanso.

Siendo la población de las comunas relativamente poco numerosa y sencillos sus gustos y costumbres, estaban de más las grandes empresas de la época del capitalismo con sus poderosas usinas y fábricas inmensas: unos cuantos talleres de cada clase sobraban para la producción de todo lo que exigía la vida comunista, teniendo en cuenta que en todos los oficios esta producción estaba limitada a las cosas de utilidad general, razón por la cual, donde antes se necesitaban verdaderos ejércitos de obreros para alimentar el mercado mundial, de un sinnúmero de artículos de conveniencia muy discutible, sólo eran precisos ahora pocos individuos para proveer a la ciudad anarquista de los objetos indispensables.

Es así, por ejemplo, como el trabajo de imprenta había disminuido en una proporción enorme, por la eliminación de los diarios y revistas políticas, de la literatura hueca, y de una multitud de impresiones sin objeto en la nueva organización social, como los impresos comerciales, reclamos, etc., lo que importaba una reducción colosal en la fabricación del papel, de las tintas, de las prensas, tipos movibles y linotipos, motores y fuerza eléctrica, etc., etc. Las obras de carpintería habían bajado en una proporción evidentemente menor pero no sin importancia, ya que las casas eran de vidrio y no entraba la madera en su fabricación.

Es verdad que las fundiciones para viviendas ocupaban algunas energías suplementarias, pero así y todo la economía de tiempo y de gente era grande, puesto que con ello se reemplazaba total o parcialmente varios gremios importantes: albañiles, ladrilleros, pintores, carreros, etc. Y lo mismo pasaba con los otros oficios.

En estas condiciones, las comunas dejaban de ser tributarias unas de otras y de las regiones lejanas, porque encontraban en su propio territorio los medios y recursos para desarrollarse libremente, y como la juventud anarquista se criaba en los talleres y entre las máquinas o se mezclaba con los mayores ocupados en las faenas del campo, cuando no estudiaba en la escuela o no tomaba lecciones de cosas en los cuatro puntos cardinales de la región, el niño llegaba a hombre familiarizado con el funcionamiento de la maquinaria industrial y agrícola, estaba al corriente de las diversas instalaciones y métodos de producción, habiendo adquirido poco a poco, la práctica necesaria para todas las labores.

Es así, como el hijo de la ciudad libertaria sabía indistintamente manejar un telar, imprimir un libro, hacer una instalación eléctrica, fabricar herramientas, accionar una panificadora, fundir casas, etc., lo mismo que entendía de física y de química y conocía todo lo relacionado con los trabajos agrícolas, agregando a esta universalidad de aptitudes la de "chauffeur" o conductor de automóvil y hasta la de aviador experimentado!...

Esta multiplicidad de profesiones y diversidad de conocimientos, les permitía colaborar útil e inteligentemente en casi todas las obras o trabajos de la comuna, y como la producción en lo relativo a las cosas de uso no muy apremiante se hacía a medida que éstas se iban necesitando, evitábase caer en el peligro de someter los miembros de la comuna, al absurdo y odioso sistema de producción industrial intensiva adoptado en la época del mayor desenvolvimiento y poderío del capital, en que el trabajador era doblemente víctima de una organización social monstruosa, que lo tenía esclavizado de cuerpo y de espíritu; régimen maldito en que el oro reinaba insolente sobre el universo, siendo sacrificado el indiviudo en holocausto a los intereses, no de la masa como se pretendía hacerlo creer, puesto que como unidad de dicha masa, algo de la producción general debía pertenecerle -y sucedía precisamente lo contrario- pero sí a los de una ínfima minoría de parásitos privilegiados, dueños de la riqueza social, y que explotaban al obrero a su capricho, sometiéndolo a una organización del trabajo absolutamente irracional y atrofiador de las más bellas cualidades humanas.(...)

Al revés de lo que pasaba con la sociedad capitalista, en la que el oro era todo y el individuo nada, en la comuna anarquista el indiviudo era todo y el oro, desposeído de su valor ficticio y anulado como factor de riqueza social e individual, innecesario como agente de transacciones comerciales o remunerador de servicios, había vuelto a ocupar en la escala de los metales útiles al hombre, el sitio que le corresponde debajo del acero y del hierro.

Ningún móvil bajo o egoísta guiaba a los miembros de la sociedad anarquista. El esfuerzo individual tenía un solo fin: el bien de todos y las actividades de todos combinábanse armónicamente para hacer individualidades felices y buenas. No se trabajaba con el afán absurdo de amontonar, esclavizando tontamente el presente por miedo al porvenir. Se procuraba intensificar por todos los medios, la alegría de vivir, alejando de la existencia toda causa de dolor o amargura: conservando cada una de sus unidades fuertes, inteligentes y libres en pleno goce de bienestar y salud: tal era la preocupación dominante en la comuna anarquista.(...)

/

Pierre Quiroule (su verdadero nombre era Joaquín Alejo Falconnet) nació en Francia en 1867. En 1893 fundó en Buenos Aires el semanario anarquista "La liberté"; colaboró también con "El Perseguido", "Sembrando Ideas" y otros medios de prensa porteños. Publicó también novelas y ensayos. "La Ciudad Anarquista Americana" fue editada en Buenos Aires en 1914 por "La Protesta", órgano anarquista para el cual también colaboró.

/

Del libro "DOS UTOPÍAS ARGENTINAS DE PRINCIPIOS DE SIGLO", Félix Weinberg (Hyspamérica Ediciones Argentinas, 1986)
Foto del Archivo General de la Nación: Asamblea política (1908)

Portada Revista Contratiempo Nº 4