Los estudios sobre la
justicia en la América Colonial
GUSTAVO FABIÁN
ALONSO
Introducción
Durante
décadas, los trabajos sobre el mundo rural en la
América colonial de los siglos XVIII y principios del
XIX, estuvieron centrados principalmente en el estudio
de la organización de la hacienda como única
estructura posible y explicativa de los componentes
económicos y sociales del mundo colonial, alrededor de
la cual “giraban” los demás sectores de la sociedad.
Sin embargo, desde los
primeros ańos de la década del setenta, estos se han
visto influenciados en un primer momento por los
estudios de autores marxistas británicos, en especial
de Eric Hobsbawm, en torno al bandolerismo social y a
la criminalidad rural,
como fenómenos explicativos del accionar de las clases
subalternas en su intento por cambiar el orden
impuesto por los sectores de poder.
Estas influencias historiográficas
produjeron un cambio de óptica sustancial con
respecto a los estudios sobre el poder terrateniente
colonial. Así, muchos trabajos se han ido apartando
del estudio clásico de la organización
económica-social basada y sustentada por la hacienda,
hasta ese momento eje y origen de todas las relaciones
económicas y sociales del mundo colonial español, para
centrar su análisis sobre un conjunto de factores
externos a la misma.
La característica esencial
de estos estudios latinoamericanos, fue el análisis no
sólo de las grandes revueltas y rebeliones campesinas
como explicación estructural y macroregional de los
conflictos con el orden colonial,
sino también de las diversas formas de criminalidad
social desplegadas por las clases subalternas
tendientes a revertir el orden impuesto.
Como resultado de ello, se ha hecho
hincapié en una variada gama de elementos y factores
que conforman un mundo rural mucho mas complejo y
estratificado, donde los estudios regionales han
cobrado gran importancia para poder explicar las
relaciones económicas y sociales de la América
hispanocolonial y donde se hacen presentes también
una constelación de medianos y pequeños productores
agropecuarios independientes a la hacienda.
Las revueltas campesinas,
cualquiera sea su tipo y su grado de éxito, ya no se
analizan como un fenómeno más de las tensiones
generadas en la estructura agraria, sino como uno de
los principales factores que conforman tal estructura.
En este sentido, el poder terrateniente no depende
solamente de las derivaciones del mercado y las
fluctuaciones económicas, sino también de las
respuestas y solicitudes de todos los actores sociales
de la comunidad, inclusive de las clases mas bajas de
la misma.
El estudio de las diversas formas
de resistencia campesina, desde la mínima acción
subalterna hasta la rebelión generalizada, requiere
necesariamente la apelación a las fuentes judiciales
desde las más diversas ópticas de estudio, como la
semiótica, la crítica literaria y los análisis de
textos. Estas fuentes también pueden ser analizadas
desde diferentes perspectivas metodológicas, que
incluyen los estudios de tipo antropológico y
criminológico, hasta incluso las relaciones de género
de las mentalidades.
Las rebeliones
Guiados por estas nuevas
inquietudes, los historiadores comenzaron a trabajar
sobre las diversas formas de resistencia campesina. Y
una de las primeras fue el estudio de las grandes
rebeliones que sacudieron al mundo indígena en las
postrimerías del siglo XVIII y principios del siglo
XIX. En este sentido, los trabajos compilados por
Stern,
muestran una perspectiva de análisis diferente al
revalorar variables temporales, ideológicas y
geográficas hasta ese momento olvidadas en otros
trabajos de este tipo. Estos atendieron mas a
circunstancias de orden económico (como la protesta
por el pago de altos tributos o el trabajo forzado) y
consideraron aquellas rebeliones como un conjunto
unitario, sin distinguir la escala entre conflicto y
rebelión generalizada.
Según Stern, la
historiografía sobre las rebeliones andinas del siglo
XVIII no tuvo en cuenta el valor de las pequeñas
insurrecciones y conflictos menores que se sucedieron
durante las décadas de 1740-50 en adelante, y que
posteriormente desencadenarían la gran rebelión de
1780-82, además del estudio de zonas geográficas
alejadas de los polos insurrectos que durante décadas
registraron pequeños conflictos regionales.
Para solucionar estas carencias,
Stern propone cambios metodológicos interesantes, en
el sentido de prestarle atención a la reciprocidad que
se establece entre la conciencia moral y la
explotación material de los grupos indígenas, lo que
le otorga importancia a los valores étnicos y a la
conciencia de estos grupos. Además, cuestiona la
escala temporal de los anteriores trabajos y sustenta
la idea de una interacción dinámica de los diferentes
niveles de tiempo: estructurales, coyunturales y
episódicos.
Por otra parte, los niveles de
análisis microregionales permiten distinguir
claramente los lugares exactos de insurrección en una
región mayor que, de pronto, en un análisis macro
sería difícil evidenciar.
El trabajo de Mörner y
Trelles,
cuestiona la correlatividad de la actividad insurrecta
con el porcentaje de forasteros en la región de Cuzco
sobre la población indígena total y con las tasas de
explotación impuestas por el reparto de mercancías.
Estos autores encuentran que las
insurrecciones se dan en regiones con población no
india, pocas haciendas y escasos indios residentes en
estas últimas. Esto significa que, donde menor es la
injerencia de autoridades no indias (ya que este tipo
de poblados indios se ubican en zonas alejadas del
control político colonial o de los corregidores
indios), mayor es el “espacio social” donde
interactúan los grupos indios, con la consecuente
facilidad de movilización insurreccional.
El estudio de Campbell
analiza el faccionalismo existente entre las
poblaciones andinas que aparecen unificadas en un
objetivo común, la insurrección. Destaca los
obstáculos insalvables de la división geográfica,
étnica-parlante y política de los grupos
insurreccionales, que trataban de ser amalgamados por
un simbolismo mitológico propiciado por los líderes de
la insurrección.
El surgimiento de dos tipos de
liderazgos, los tupamaristas y los kataristas, en
diferentes regiones rivales, provocó una
revalorización de la étnicidad aymara y la consecuente
división de los grupos insurrectos, favoreciendo la
represión española.
En resumen, el tratamiento de
nuevas variables de análisis, como la división de la
escala temporal, la microregionalización, las
diferencias socioeconómicas y estudios de carácter
étnicos y culturales, permiten revalorizar las
insurrecciones andinas de fines del siglo XVIII y
otorgarle el valor correspondiente al componente
social y cultural de los grupos indígenas.
Asimismo, estos trabajos suponen un
avance importante en la distinción entre
conflictividad social y rebeliones generalizadas, lo
que Stern denomina “adaptación en resistencia” a la
autoridad colonial, que se produce décadas antes de la
gran insurrección, permitiendo valorar el mas mínimo
indicio de conflicto de las clases subalternas frente
a los grupos de poder coloniales, y cómo estos van
construyendo su identidad como clase.
Estos estudios, suponen el
tratamiento de fuentes de tipo judicial,
antropológicas y etnográficas que permitan evaluar los
comportamientos socioculturales de estos sectores. Las
fuentes judiciales, especialmente, permiten conocer
las formas de pensamiento y el grado de “desagrado”
con que los grupos subalternos reciben los cambios
producidos en el nivel de las normas legales o las
instituciones de control (suba de impuestos, nuevos
administradores).
Los bandoleros, abigeos y
montoneros
Los estudios sobre las
manifestaciones del poder y las resistencias que se
operan a partir de este en la América latina colonial,
no se agotan en el análisis de las grandes revueltas.
Es así como en los últimos ańos, el influjo de
Hobsbawm sobre el estudio del bandolerismo social dio
sus frutos en la historiografía americanista y
especialmente en el Perú y México.
Un importante conjunto de
trabajos sobre este aspecto de la resistencia de los
grupos subalternos al poder de las elites coloniales,
lo constituye la compilación ofrecida por Carlos
Aguirre y Charles Walker, sobre los bandoleros,
abigeos y montoneros durante los siglos XVIII al XX,
en el Perú (dada la escala temporal del presente
estudio, no analizaremos los estudios comprendidos en
el siglo XX).
El crecimiento de la criminalidad,
de acuerdo a las tendencias ofrecidas en estos
trabajos, no se explica solamente por causas de tipo
económico. Este puede deberse también al factor
cultural, social, ideológico y político de una
sociedad.
Sin embargo, lo que se rescata de
estos estudios es la explicación de la naturaleza del
delito, naturaleza del delito entendida como una
expresión de la guerra de clases o del delito como
cuestionador de la dominación colonial. Aquella que ve
el delito como una forma de protesta social, con un
contenido de tipo clasista, de acuerdo a las ideas de
Hobsbawm y el bandolerismo social, o las formas
delictivas como una acción meramente adquisitiva de
marginales y criminales sin ningún sustento
ideológico, ni político.
El debate teórico está presente en
los estudios sobre el bandolerismo y otros tipos de
criminalidad en el Perú de fines de la colonia y los
primeros ańos independentistas. Los autores presentan
diferentes visiones con respecto al modelo de
bandolero social elaborado por Hobsbawm y el papel de
la criminalidad en la sociedad colonial e
independiente.
Carmen Vivanco Lara
considera el crecimiento del bandolerismo en las
últimas décadas de la colonia como resultado de los
cambios en la estructura económica y las crisis de
subsistencia producidas a raíz de estos cambios. La
respuesta de los grupos mas explotados de la sociedad
colonial fue el robo individual, el homicidio social,
la rebelión y el bandolerismo.
Las características principales del
bandolerismo, según Vivanco, son principalmente el
descontento y la reivindicación frente a un contexto
social adverso y los factores de clase. La autora ve
al bandolerismo como una “vía de escape” ante la
situación económica y social, sin pretender cambiar
el orden impuesto. Y enfatiza que el mismo fue
principalmente una respuesta económica ante la
pauperización en contextos de crisis de las
condiciones de vida de los campesinos ante cambios en
las estructuras productivas.
El bandolerismo toma como elemento nutriente al
descontento popular y se caracteriza por la fidelidad,
el honor y el homenaje.
Con ciertas diferencias con
Hobsbawm, Vivanco sostiene que los tipos sociales
afectados por los bandoleros escapan a los del típico
bandolero social propuesto por este último, ya que los
ataques y robos no se producen solamente sobre
sectores altos, sino también sobre indios y campesinos
pobres, además de asaltar caminos y haciendas por
igual.
Flores Galindo encuentra
cierta “mistificación” del bandolerismo en las costas
del Perú a fines de la colonia.
La imagen de grandes bandas asolando Lima parece no
ser cierta; los ataques se reducen a las zonas
costeras y caminos cercanos a Lima y son realizados
por pequeñas bandas mal armadas, compuestas por negros
esclavos y libertos, zambos, chinos, algunos mestizos
y algún criollo. Curiosamente casi no hay indios, que
sin embargo constituían la mayoría de la población.
Las edades de los bandoleros oscilan entre los 20 a 30
ańos de edad, solteros. Casi todos tienen algún
trabajo como gañan o esclavo de hacienda. No asaltan a
éstas sino que se concentran en los caminos o en
acciones de cuatreraje.
Al igual que Vivanco, Flores
Galindo sostiene que el bandolerismo es reformista
pero no revolucionario, al no poner en peligro el
dominio de las clases altas, aunque lo analiza como
una lucha de clases en un contexto de crisis de la
aristocracia costeña peruana.
En cierto modo, el bandolerismo
llega a ser favorable a los intereses de las clases
altas, al agudizar las tensiones existentes entre
negros e indios. Estos últimos son víctimas de los
ataques de bandas compuestas en su mayoría por negros
y mestizos.
También el bandolerismo
está asociado a la idea de cimarronaje. Esto
provocaría la poca envergadura de las sublevaciones de
esclavos, al no poder constituir una unión como grupo
social que había tenido su posibilidad concreta en los
palenques.
La criminalidad en los
grupos indígenas de regiones cercanas a Cuzco es
analizada por Ward Stavig.
Para el autor, el bandolerismo no representó una forma
de protesta social sino que, al contrario, los
crímenes perpretados por indios eran condenados por
los naturales del lugar que utilizaban los medios
legales para atraparlos. La captura de los
delincuentes reforzaba la solidaridad comunal. No
veían al robo como una forma de protesta.
La condena social de este tipo de
delito fortaleció los vínculos comunales y el sistema
colonial al otorgarle importancia cultural al control
de la delincuencia. En muchos casos, los tribunales de
indios eran los que resolvían los delitos menores,
fortaleciendo el vínculo colonial cuando los
instrumentos del estado colonial (la justicia) eran
utilizados para defender los valores culturales
indígenas.
Con respecto a las sentencias
pronunciadas contra indios que cometían delitos, las
mismas no eran de gravedad. En general se sentenciaba
a los obrajes, y en casos muy graves se establecía la
pena de muerte.
Lo más usual para las bandas de
malhechores eran los robos de ganados y productos de
la región, lo que provocaba la protesta de las
comunidades que veían desarticulado su comercio
intercomunal e interregional.
En resumen, las víctimas de los
delitos de los indios eran en su mayoría otros indios,
lo que provocaba que estos delincuentes no tuvieran
ningún apoyo comunal. En este sentido, la comuna india
se veía apoyada por el aparato de justicia colonial,
que respetaba los contenidos culturales de la
comunidad.
Para la época
independentista, Charles Walker
destaca el contenido político del bandolerismo durante
las primeras décadas republicanas. Los ataques de las
bandas se dirigen ahora hacia las clases altas de la
sociedad, especialmente a los hacendados.
El giro político del bandolero se
observa cuando éstos pactan con los sectores liberales
de la república, aunque este sector nunca llegó a
confiar plenamente en las montoneras independentistas
para sus proyectos.
En su mayoría, estos “nuevos”
bandoleros provienen ahora de la deserción a las
constantes levas de las guerras posindependentistas.
El autor destaca, sin embargo, la existencia de una
conciencia política dentro de las montoneras,
evidenciada principalmente por la búsqueda de su
reconocimiento como ciudadanos. Esto tenía que ver
también con la presencia en las bandas del elemento
negro.
Finalmente, las diferencias entre
los distintos sectores de la plebe que conformaban las
bandas, así como la falta de vínculos con la comunidad
y la tibieza con que los gobiernos liberales trataron
a las montoneras en sus proyectos políticos, no
permitieron la consolidación de estas como una fuerza
fuerte y estable en el Perú durante la primera mitad
del siglo XIX.
Los estudios sobre el bandolerismo,
según lo expuesto en los trabajos analizados
previamente, nos muestran diferencias y semejanzas
entre ellos, y entre el modelo de bandolero social
estudiado por Hobsbawm.
Las críticas a Hobsbawm surgen a
partir de que en el Perú colonial no todos los
atacados por las bandas pertenecen a la clase
dominante. Entre las víctimas de estos encontramos a
campesinos pobres, comerciantes pequeños o mestizos.
Para las comunidades indias,
analizadas por Stavig, los bandoleros representan
simples criminales que deben ser castigados por la
justicia, sin que se registre vínculo social entre
ellos, lo que nos alejaría del clásico modelo de
bandolero social que nos propone Hobsbawm.
Algunos autores, como Vivanco Lara
otorgan mayor importancia al factor económico por
sobre el social o político, contrario a Walker, que
enfatiza la conciencias política de estos grupos
durante la época republicana. Flores Galindo, al igual
que Vivanco, le da al bandolerismo un carácter
reformador y no revolucionario, sin contenido
político.
El abigeato ha sido
también uno de los temas de estudio sobre las diversas
formas de resistencia campesina en la historiografía
americana. En este sentido, los patrones de
criminalidad en el estado de Chihuahua, México, son
analizados por Aparecida S. De Lopes, específicamente
en lo referente a los casos de abigeato durante las
últimas décadas del siglo XIX.
La autora centra su estudio en un
contexto de crecimiento económico de la ganadería
Chihuahuense y en las formas de racionalización de la
misma, evidenciada en una mayor valorización de la
propiedad de la tierra y de los bienes ganaderos.
En este contexto, el reforzamiento
de la administración de justicia en la región, así
como la criminalización de costumbres antes toleradas
(derecho de pastoreo, alteración de marcas, derecho de
aguada, etc), supuso un crecimiento sustantivo del
abigeato en la zona. En este sentido, se observa una
distinción, a partir de las últimas dos décadas del
siglo XIX, entre lo público y lo privado que
provocaría esta tendencia, registrada en las fuentes
judiciales, al crecimiento de la criminalidad.
De todos modos, la autora nos
previene sobre las dificultades analíticas que
presentan las fuentes judiciales. Estas no reflejan
fielmente la incidencia real del delito puesto que el
crecimiento o decrecimiento del mismo se puede no solo
deber a la incidencia del delito en si, sino también a
una mayor presión judicial del aparato estatal sobre
las clases bajas de la sociedad, reflejada en la
promulgación de nuevas leyes y/o el reforzamiento del
aparato policial.
En lo referente al robo de ganado
distingue dos tipos de categorías principales: aquel
cometido por móviles sociales y el de las bandas
organizadas para tal fin. El primero de ellos es el
motivado por el desconocimiento de los códigos legales
o porque los reglamentos nuevos criminalizaban
prácticas antes no sancionadas como delito. Aquí se
evidencia el choque entre la ley y las costumbres de
los campesinos conservadas por muchos ańos, que
provocarían esta tendencia al crecimiento delictivo en
la región.
El segundo es el robo organizado por bandas, que por
lo general tenían como finalidad el paso de ganado por
la frontera con los Estados Unidos.
El análisis estadístico del delito
de abigeato muestra una relación directamente
proporcional al crecimiento económico de la región
durante la década del ochenta del siglo XIX. Así, a un
contexto de alza económica le corresponde un
crecimiento del robo de ganado, por sobre las acciones
violentas como los homicidios y las heridas, y a la
inversa, en un contexto de desequilibrio, se observa
una baja en el abigeato y una suba en los asaltos y
robos.
En resumen, la variación de la
incidencia delictiva depende de una mayor persecución
por parte de las autoridades, así como de la capacidad
de los criminales para escapar de la justicia. A su
vez, el crecimiento delictivo también tiene que ver
con la criminalización de ciertos tipos de prácticas
hasta ese momento toleradas.
El análisis de diferentes tipos de
fuentes, como códigos penales, estadísticas y
expedientes judiciales, permitió distinguir diversas
modalidades de abigeato, ya sea el abigeato
profesional o el cometido por móviles sociales.
Con respecto al perfil de los acusados, no se los
puede considerar, en su mayoría, como marginados
sociales. Casi todos tienen oficio, familia y cometían
el delito por móviles de subsistencia.
REFERENCIAS