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Hoy he recibido una carta que me ha
hecho sonreír largamente.
Una lectora, que considero jovencita, me escribe,
entre otras cosas:
| "Dice usted que ha
conocido a muchas personas que querían
triunfar para poder humillar
profundamente a alguien. Pues bien: yo
soy una de ellas. La vida no me interesa
considerándola desde un punto de vista
objetivo o impersonal; y si no fuera
porque odio tanto a una persona, con
seguridad que ya me habría eliminado. El
odio es lo único que sostiene mis
energías, y a la finalidad por él
engendrada es a lo que dedico todas mis
fuerzas. A otra persona, una ofensa o un
insulto, se lo hubiera perdonado. ¿Pero
a él? ¡Ah! ¡Cada vez que me acuerdo,
me hierve la sangre en las venas! Ahora
todas mis acciones concurren a un mismo
fin: prepararme admirablemente, en todo
sentido para cuando se me presente la
oportunidad, humillarlo, como él me
humilló a mí" |
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¡Qué interesante! ¿No?
He sonreído largamente, y mientras miraba el
vacío que mi cigarrillo llenaba de espirales de
humo, me he dicho:
-¡Qué curiosa es el alma humana!
Esta jovencita, que posiblemente estaba destinada
a casarse con un excelente muchacho, y a
convertirse en una madre prudente y
experimentada, ha roto con la vida, y se dedica a
trabajar para triunfar, y así satisfacer un
"odio que sostiene sus energías".
Sin duda alguna, todo esto es interesante. Más
aún, revela la utilidad de las ofensas, lo cual
puede considerarse un razonamiento trivial o
cínico, a simple vista, pero que esencialmente,
significa lo contrario.
Hay almas que sólo despiertan del embotamiento
en que yacen sumergidas, por la presión de
sucesos terribles.
Incluso, los necesitan, para que en ellas
reaccionen los valores básicos. Son como los
explosivos de alto poder, que únicamente
desarrollan potencia, cuando se los prensa a
centenares de libras por pulgada cuadrada.
Yo creo
Creo profundamente en las posibilidades de estas
almas humilladas, justa o injustamente, que desde
su interior anhelan hambrientas el triunfo para
borrar con el esfuerzo del éxito la magulladura
terca que les ha quedado en el alma.
Más aún, cuando conozco un caso así y las
posibilidades de éxito lo acompañan, me alegro
infinitamente. Pasan por mis ojos los trabajos
silenciosos a que ha debido someterse el alma en
lucha; reveo sus aislamiento, los esfuerzos
mentales, esos "¿qué dirá?", la
rabia sorda por llegar y los revivo con tanta
intensidad como si fuera yo el que se encontrara
en la danza del comienzo.
Lo
que no creo, es en los efectos que el triunfo
causa en los individuos odiados. Un hombre que se
sabe odiado por una mujer, encuentra en este odio
un motivo de alegría, salvo que sea un perfecto
idiota. Un hombre inteligente, que ve triunfar a
la mujer que lo odia, si la quiere, vive momentos
de felicidad tan profunda que ese mismo odio le
parece una merced inmerecida. Esto puede parecer
una simple frase de circunstancias, pero la
alquimia del alma es tan singular, que cuando
todos los motivos con se abona el odio se han
agotado, el alma, que no puede vivir sin el
"leiv motiv" que produce la sensación
de odio, convierte este odio en un sentimiento
amoroso. El único odio espantoso es la
indiferencia. Pero cuando se quiere triunfar para
"humillar profundamente a alguien" la
indiferencia no existe. Además, ¡qué diablos!
quien va por el camino del éxito tiene derecho a
odiar diez años, como lo pretende esta
inteligente joven que me escribe.
¿Tan
graves injurias ha recibido? ¡Diablos! Además,
se me ocurre que esta chica exagera. ¿Fue tan
"ofendida" como ella lo cree?
"Ahora todas mis acciones concurren al
mismo fin: prepararme admirablemente en todo
sentido, para cuando se me presente la
oportunidad, humillarlo como él me humilló a
mí".
Todo
llega. Todo llega en la vida, niña. Incluso el
éxito, que es lo que más tarda en llegar.
Cuando usted haya realizado sus propósitos de
odio, entonces conocerá la existencia un poco
más que ahora. Entornará los ojos con un poco
de sueño y mirará en redor. Contemplará el
espectáculo del mundo, los seres humanos que van
y vienen como hormigas un poco estúpidas (porque
las hormigas no realizan actos inútiles)
Pero, ¿para qué anticipar el futuro?
Anticiparle el futuro a una persona es
imposibilitarla para realizarlo. Y a una joven
que quiere triunfar y que trabaja para ello, no
hay que descorrerle nunca el velo del mañana.
Porque el mañana es un derecho cuya exclusividad
pertenece a los que se sacrifican para
conseguirlo.
Trabaje,
jovencita. Trabaje mucho. Para triunfar, a veces
no son necesarios cinco millones de minutos. Y
conserve cuidadosamente a su odio. Cuando haya
triunfado, es decir, cuando el odio no le sea
necesario, éste, como un esclavo discreto, se
marchará de su casa. Y usted irá: "A pesar
de todo, ¡la vida es linda!"
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