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JUAN B.
ALBERDI
Pensamientos
Fragmentos
extraídos de sus Obras Completas
Sabido es que
ningún tirano quiere ser
esclavo. Si hay en el mundo quien
ame de veras su libertad, es el
tirano: pero tanto como ama la
suya detesta la de otro. Ese
exclusivismo es todo lo que
distingue al tirano liberal del
liberal verdadero. La tiranía,
en este sentido, es la libertad
monopolizada en provecho de uno
solo hombre, clase o
partido.
La libertad verdadera, al
contrario, es la libertad libre,
es decir, no monopolizada. Ella,
como el Evangelio, dice al hombre
libre: Ama la libertad de tu
semejante, como tu libertad misma.
Pero la revolución de
Sud-América está todavía a
mitad de este camino.
En sus repúblicas solo el
gobierno es libre. Merecen en
este sentido el nombre de gobiernos
libres, pero gobiernos libres
de naciones sin libertad.
Desde luego, no
puede pretenderse que la libertad
vive en Sud-América, sino como
vive el que duerme; una vida en
suspenso, en una especie de
letargo; es la libertad del que
no tiene pies, ni manos, ni ojos,
ni oídos. El país a quien esa
libertad pertenece, es libre con
esta sola limitación: de no
poder usar de su libertad
indisputable. La América
felizmente no aspira a otra cosa
por ahora: le basta para ser
feliz, tener idea de que es
libre, y tiene razón, porque es
la sola libertad de que es capaz
por ahora. Con tal que la
libertad le pertenezca y sea su
propiedad contesada por el
gobierno, poco le importa que en
realidad otro se la guarde y la
posea. Esta no-posesión, no es,
a sus ojos, un desmentido de su
derecho a ser libre. Con tal que
la libertad sea exclusiva del
pueblo, poco le importa que sea
el pueblo el único que no la
practique ni posea. No por eso la
libertad vive tranquila en
Sud-América. Aunque impotente y
confinada en la inacción, ella
vive disputada por dos clases de
enemigos o pretendientes, a
saber: los bribones de un lado y
los imbéciles de otro. Los unos
la explotan so pretexto de
servirla, los otros acaban de
arruinarla so pretexto de
defenderla.
Ser libre es
gobernarse a sí mismo. Luego,
ser libre, es lo más difícil de
este mundo. Entre gobernarse a
sí mismo y gobernar a los otros,
la diferencia es de número y
cantidad, no de inteligencia y de
ciencia.
Desde luego, es condición
esencial del gobierno de sí
mismo, la obediencia de sí
mismo. Cada hombre es su propio
soberano y su propio súbdito; el
que no sabe obedecerse a sí
mismo, mal puede saber gobernarse
a sí mismo. Puede decir que
tiene la sedición en su persona.
Cada hombre lleva en la
constitución de su individuo,
toda la constitución de su
país. Esta constitución, es de
libertad si el hombre sabe
obedecerse a sí mismo, porque
entonces y solo entonces-
puede decir que se gobierna a sí
mismo. Este gobierno visceral o
molecular, por decirlo así, es
la partícula elemental de que se
compone el gobierno político y
social del país entero. Cada
hombre, es un estado molecular,
como es un cosmos
microscópico.
La libertad
interior, que es toda o la
principal libertad política de
un país a quien nadie disputa su
independencia, se define y es:
"el gobierno de un país por
gobernantes elegidos por el
país, que gobiernan con la
intervención continua del país
mismo en la gestión de su
mandato". Esta delegación
no excluye el gobierno del país
por el país, pues en lo
político como en lo civil, el
que se gobierna por los agentes
de su elección libre, puede
decir que se gobierna por sí
mismo. Si los gobernantes, en vez
de ser elegidos por el país, se
deben su elección a sí mismos
lo cual ocurre en las
candidaturas oficiales- o, si
elegidos por el país, gobiernan
sin la intervención del país,
el país entonces deja de ser
libre, porque, en realidad, no se
gobierna a sí mismo: es
gobernado por otros, sin
ingerencia suya, aunque esos
otros pertenezcan al país mismo.
Declarar la libertad
no es constituirla. No se trata
de declarar derechos que nadie
niega; sino de constituir hechos,
que nadie practica. No es
cuestión de libertad escrita,
es cuestión de libertad real.
La libertad que no es un acto
no es libertad: es una voz
del diccionario de la lengua; un
sonido que vive en el aire y
muere en el aire.
Un pueblo condenado
a ser libre por la mano de su
gobierno, tiene que esperar
siglos para entrar en posesión
de su libertad, porque cada
libertad que el gobierno le
devuelve es una parte de su poder
que abdica. Y como no tiene quien
le obligue a abdicar sino un
pueblo educado en la obediencia
absoluta, es decir, ininteligente
y desinteresado en la cuestión
de su propia libertad, no será
ese gobierno el que se apure a
devolver los poderes de que goza
y disfruta.
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