Si la
guerra moderna es hecha contra el gobierno
del país y no contra el pueblo de ese
país, ¿por qué no admitir también que la guerra
es hecha por el gobierno y no por el
pueblo del país en cuyo nombre se lleva la
guerra a otro país?
La
verdad es que la guerra moderna tiene lugar entre un
Estado y un Estado, no entre los individuos de ambos
Estados. Pero, como los Estados no obran en la guerra
ni en la paz sino por el órgano de sus gobiernos, se
puede decir que la guerra tiene lugar entre gobierno
y gobierno, entre poder y poder, entre soberano y
soberano: es la lucha armada de dos gobiernos obrando
cada uno en nombre de su Estado respectivo.
Pero,
si los gobiernos hallan cómodo el hacerse
representar en la pelea por los ejércitos, justo es
que admitan el derecho de los Estados de hacerse
representar en los hechos de la guerra por sus
gobiernos respectivos.
Colocar
la guerra en ese terreno, es reducir el círculo y
alcance de sus efectos desastrosos.
Los
pueblos democráticos, es decir, soberanos y dueños
de sí mismos, deberían hacer lo que hacían los
reyes soberanos del pasado: los reyes hacían pelear
a sus pueblos, quedando ellos en la paz de sus
palacios. Los pueblos -reyes o soberanos-, deberían
hacer pelear a sus gobiernos delegados, sin salir
ellos de su actitud de amigos.
Es lo
que hacían los galos primitivos, cuyo ejemplo de
libertad, citado por Grocio, vale la pena de
señalarse a la civilización de este siglo
democrático.
"Si
por azar sobreviene alguna diferencia entre sus
reyes, todos ellos (los antiguos francos) se ponen en
campaña, es verdad, en actitud de combatir y
resolver la querella por las armas. Pero desde que
los ejércitos se encuentran en presencia uno de
otro, vuelven a la concordia, depositando sus armas;
y persuaden a sus reyes de resolver la diferencia por
las vías de la justicia; o, si no lo quieren, de
combatir ellos mismos entre sí en combate singular y
de terminar el negocio a sus propios riesgos y
peligros; no juzgando que sea equitativo y bien
hecho, o que convenga a las instituciones de la
patria, el conmover o trastornar la prosperidad
pública a causa de sus resentimientos
particulares" (Grocio, Libro II, cap.XXIII)