Buenos Aires,
siglo XVIII: La costa y la ciudad
se comunicarían por una
calle arbolada de 182 metros de
largo.
El enigma de
la alameda
NORBERTO
LEVINTONLa construcción de
un paseo público en la Buenos
Aires del siglo XVIII ha sido
analizada preferentemente desde
dos puntos de vista: la relación
de la alameda con el carácter
simbólico del rol que asumiría
la ciudad en la segunda mitad del
siglo y fundamentalmente el
conflicto que suscitaría su
construcción en el seno del
cabildo durante el gobierno de
Bucarelli.
Si revisamos la
historiografía y la
documentación referente al tema
vamos a constatar que la
iniciativa de la obra no
surgiría durante el mandato de
Bucarelli; la idea se plantearía
en el gobierno de Cevallos
(1756-1766) y su ejecución se
extendería durante largos años.
El problema simbólico es
asociable a un período de tiempo
muy amplio. Por lo menos es
posible vincular sus avatares con
casi todos los gobiernos
coloniales (especialmente los de
Vértiz y Sobremonte) y con los
del proceso de organización
nacional (particularmente el de
Juan Manuel de Rosas). La
cuestión central siempre había
sido la dificultad de la
comunicación de la ciudad con el
río; los responsables de
cualquier construcción ubicada
sobre el borde de la ciudad así
como todas las innovaciones que
se intentaran en el sector
costero, como el muelle de
pasajeros, la aduana o el Paseo
de Julio, necesariamente
tendrían que balbucear algún
tipo de comentario sobre la
alameda. Otros países coloniales
o republicanos demostrarían que
tales obras no habían sido un
capricho personal de los
gobernantes; tanto el virrey Amat
de Perú como el virrey Bucarelli
(del mismo nombre pero sin
vinculación) de México,
desarrollarían
"adornos"
designación de Vértiz-
urbanos similares. La valoración
simbólica era algo indiscutible;
las posibilidades económicas una
cuestión independiente. Por eso
es más llamativo el hecho que
durante el gobierno de Don
Francisco de Paula Bucarelli y
Ursúa (1767-1770) los
representantes de los ciudadanos
de Buenos Aires se opusieran a su
realización. ¿Cuál podría
haber sido la causa de esta
actitud? En su descargo Bucarelli
expresaría que los miembros del
cabildo querían tener "la
complacencia de oponerse al
gobernador, porque no encuentran
otro medio de manifestar su
encono por haber sido el
instrumento de VM para expulsar
sus Adorados Padres de la llamada
Compañía de estas
Provincias". Sin embargo
la expulsión de los jesuitas de
por sí no había sido causa de
disturbios particulares que
justificasen tal asociación.
Bucarelli sólo había desterrado
a Miguel de Rocha, un abogado "cuyo
genio turbulento y otros
defectos" según el
acusador, lo sindicaban
como contrario al Rey. Otros
serían enviados a España como
el Teniente Coronel Josep Nieto;
lo acusarían de organizar juntas
nocturnas. La verdad es que
había discutido atrevidamente
con el ex jesuíta Ibañez de
Echevarri (expulsado de la
orden). A su vez mencionaría a "varios
que si hubieran tenido
anticipada noticia de la
resolución tomada contra los
jesuitas habrían dejado el
empleo, para libertarse de ser
instrumento de practicarla";
aludiría a los vecinos
Domingo Ucedo, Manuel Warnes e
Isidro Balbastro.
Ningún discurso que
justificara la obra de la alameda
o la rechazara podría actuar
como un detonante. Bucarelli no
sólo tenía para aducir las
dificultades que había para
acceder desde la ciudad a la
costa -se tenía que mejorar el
ingreso de los pasajeros de los
barcos- sino también cuestiones
de circulación hacia el norte y
hacia el sur. También se podían
mencionar defectos necesarios de
subsanar respecto de la potencia
de tiro del fuerte; había que
modificar el relieve del entorno.
Hasta se debía cambiar toda la
presentación de la ciudad al
viajero -como se hacía
contemporáneamente en otras-:
evitar la acumulación de
deshechos en la barranca del río
y erradicar las viviendas
ubicadas en las bajadas, donde se
hacinaba la población de bajos
recursos.
De todos modos
Bucarelli sería acusado de
pretender la ejecución de un
capricho. El gobernador
protestaría; los ediles
habían justificado su rebelión
con la excusa de que "la
obra ha sido un paseo para recreo
mío a costa de los fondos
públicos". Tampoco
habrían sido las deudas del
ayuntamiento el problema mayor "el
cabildo tiene muy poco cuidado de
extinguir las deudas"(por
ejemplo el reloj, la torre y el
relojero). Ni siquiera sería
importante la propia alameda;
hasta el 18 de febrero de 1768
habían aprobado su
construcción. Evidentemente
había otras consideraciones que
iban mucho más allá de las
cuestiones difundidas;
"aquellos
vocales conspirados a hacerme
oposición llegaron ya al extremo
de faltarme a la obediencia y el
respeto."
Había ediles a
favor y en contra. ¿Quiénes
apoyaban a Bucarelli? En 1767 los
alcaldes Don Vicente de
Azcuénaga y Don Manuel de
Basabilvaso serían los
referentes de sus decisiones. A
la vez, ambos le ofrecerían una
estrecha colaboración durante la
expulsión de los jesuitas. Al
describir la ocupación del
colegio de San Ignacio Bucarelli
referiría la presencia de Don
Manuel Basavilbaso; en el de
Belén sería mencionado Don
Vicente de Azcuénaga. Los
apellidos estaban entrelazados
por casamiento; también lo
harían por negocios. Manuel
Basavilbaso y Vicente Azcuénaga
luego actuarían como
Superintendentes y capitalistas
de las obras de la alameda. ¿Un
hecho normal? Bucarelli le
escribiría al Conde de Aranda
que con respecto a la expulsión
de los jesuitas "el
dinero que se ha necesitado lo he
buscado sobre mí crédito por no
haberlo en las cajas de Real
Hacienda". Si observamos
que Julián Espinosa y Domingo
Basavilbaso habían actuado
juntos en la ocupación de la
iglesia de Belén; que Espinosa y
Sanginés tenían una sociedad
comercial y que Domingo
Basavilbaso les facilitaría la
compra de terrenos de forma
ilegal en Santo Domingo Soriano,
empezaría a tener sentido el
enigma de la alameda. Primero
Sanginés y luego Espinosa
serían nombrados administradores
generales de las misiones
guaraníes. Sanginés sería
exceptuado por Bucarelli de
cualquier revisación; Espinosa
sería acusado por el Protector
de Naturales de estafas
reiteradas pero también lo
exculparían. Esas tierras de
Santo Domingo Soriano
explicarían muchas cosas; por
allí se robarían grandes
cantidades de ganado corrido al
Río Negro y el Yí perteneciente
al pueblo de Yapeyú. No es
temática para llevarse una
sorpresa. Azcuénaga y los
Basavilbaso estarían en todas
las transacciones; habían sido
los principales fiadores de los
más importantes comerciantes de
Buenos Aires, entre ellos Martín
de Sarratea, el siguiente
alcalde. ¿Podría entenderse el
desaguisado entre los ediles como
la protesta de los que quedaron
afuera del negocio? No tenemos un
documento que avale estas
consideraciones. Pero con este
punto de vista podríamos empezar
a tener un panorama más claro
del enigma de la alameda.
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