
Pueblo de Candelaria
(c.1700)
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El uso ciudadano
del agua:
una comparación entre Buenos
Aires y las Misiones JesuiticasNORBERTO
LEVINTON, Arquitecto y
Especialista en Historia
Durante la conquista
española la elección del sitio
de fundación de una ciudad
siempre estaba unida a la
posibilidad de contar con
suficiente agua para sus
habitantes. Las Ordenanzas de
población de 1573 incluían
recomendaciones al respecto; es
evidente la vinculación de sus
ideas con las expresiones
pertinentes de la
"Política" de
Aristóteles. El filósofo había
dicho que la ciudad debía "contar
con abundantes aguas y
manantiales en su interior; y si
no, esto debe procurarse mediante
la preparación de muchos y
grandes recipientes para las
aguas de lluvia"; las
ordenanzas de población de las
Leyes de Indias precisarían "que
el terreno y cercanía sea
abundante y sano" y "el
más fértil, abundante de
pastos, leña, madera, metales,
agua dulce".
Sin embargo la
ciudad de Buenos Aires hasta la
segunda mitad del siglo XIX no
contaría con la cantidad
necesaria ni con la pureza del
vital elemento. Su ubicación,
sobre una meseta para quedar
protegida de las crecidas del
río, le impedía utilizar
fácilmente las aguas del Río de
la Plata. Por otro lado las
características de una costa con
escasa profundidad que sólo
brindaba agua barrosa tampoco
facilitaría las cosas; menos
ayudaba su subsuelo salvo
excepciones zonales- ya que
aportaba un agua salitrosa mala
para la bebida y poco aconsejable
para otros usos. La idea de
realizar una excavación para
conformar un pozo de agua se
veía como un imposible; el
espesor de la capa de greda
hacía muy cara su realización.
La obra de Aristóteles había
dejado claramente expresado que
debía "tenerse en cuenta
la salud de los habitantes y esto
radica en que el lugar se
encuentre con la situación y con
la orientación correcta y luego
en utilizar aguas
saludables".
Por todo ello Buenos
Aires en su etapa colonial
distaba mucho de acercarse a la
idea de "polis".
Aristóteles había definido la
ciudad como "un conjunto
de ciudadanos". ¿Esa
era una posible caracterización
de Buenos Aires? La accesibilidad
al agua del río resultaba
restringida. La gran mayoría
sólo podría acceder a ella
transportándola en forma
arriesgada desde la escarpada
costa; la barranca sería "intransitable
para carretas y solamente a pié
o a caballo se podía andar por
ellas uno a uno". Según
Zabala y Gandía los pobres
tenían muchas dificultades para
abastecerse del agua del río;
"las familias
modestas no disponían más que
de un muchacho que iba a buscar
el agua en verano, pero que por
los fríos y vientos no podía
hacerlo en invierno".
Mientras tanto los ricos
contratarían el poco aseado
servicio de los aguateros. El
agua del río se debía asentar
dentro de tinajas para poder
ingerirla; Herz afirma que tenía
basuras y mucho barro. Por ello
se construían aljibes;
Concolorcorvo escribe que
después de ver a los aguateros
cargar agua de la que quedaba
entre las peñas de la costa "sólo
bebí desde entonces de la del
aljibe que tiene en su casa don
Domingo de Basavilbaso, con tales
precauciones y aseo que puede
competir con los mejores de
Europa". Es evidente que
existían por lo menos dos clases
de ciudadanos. Lucio Mansilla
confirmaría esta idea al
resaltar que las fincas que
tenían aljibes "eran
contadas, indicantes de alta
prosapia o de gente que tenía el
riñón cubierto".
El otro aspecto
pobremente resuelto era el de la
evacuación de las aguas de
lluvias. La escasa organización
del problema determinaba el
aislamiento de ciertos sectores
de la ciudad durante las épocas
de tormentas. Esto se vería
agudizado por la ausencia de
cotas de nivel en las diferentes
manzanas del tejido urbano.
Algunas viviendas quedarían por
debajo y otras muy por encima de
los niveles de la cuadra trayendo
este tema dificultades al
decidirse la ejecución del
empedrado (el Gobernador Cevallos
encargaría la nivelación de la
ciudad tomando a la plaza mayor
como punto de referencia). El
obispo Manuel Antonio de la Torre
menciona en 1768 la situación
del Alto de San Pedro, un arrabal
"desmembrado de la ciudad
por una profunda zanja que muchas
veces lo hace incomunicable".
Eran los famosos
"terceros"; en algunos
casos pantanos imposibles de
vadear. Lafuente Machain destaca
que en pleno centro de la ciudad
era necesario poner centinelas
para impedir desgracias; "los
transeúntes y aún los jinetes
se hundían y corrían el riesgo
de ahogarse". El plano
de Joseph Bermúdez (1713)
muestra claramente la red de
desagüe integrada por estos
zanjones que terminaba en el
terreno pampeano o a través de
la barranca en el río. Algunos
de estos arroyos o zanjones
llegarían a denominarse en
función de los sitios por donde
pasaban. Así se conocerían el
"Primero" o
"Tercero del Sur", el
"Segundo "o
"Tercero del medio" y
el "Manso", el más
importante por su dilatado
trayecto. Estos reducidos cursos
de agua más semejarían pantanos
que arroyos. La gente tiraba
basura en ellos; a ello se
sumaban las deposiciones de los
caballos que dejaban sus dueños
sujetos a los postes de las
aceras cuando entraban a las
pulperías y muchas veces se
veían animales muertos. Según
José Antonio Wilde la ciudad
tenía depósitos de inmundicias
y verdaderos focos de
infecciones; "era sucia;
en invierno, por el barro; en
verano, por el polvo".También
Zabala y Gandía hacen hincapié
sobre la escasa salubridad de
ciertos aspectos de la ciudad; el
agua salobre y áspera de los
pozos a veces estaba "contaminada
por los pozos ciegos".
No por casualidad los ciudadanos
de Buenos Aires deberían
soportar varias epidemias. Entre
1717 y 1718 morirían alrededor
de 5000 personas. Posteriormente
habría nuevos brotes en 1734,
1739 a 1741, 1747 y en 1769.
En varias
oportunidades se intentó
modificar este nivel de
habitabilidad. Hacia 1757 se
solicitó al Cabildo la
autorización para construir un
pozo para guardar escarcha en
invierno; pocos años después se
hablaba de traer hielo de la
cordillera. Por 1783 habría una
propuesta para retirar agua del
río, subirla a un depósito al
norte de la ciudad y luego
repartirla. El mismo año Juan
Francisco de Aguirre escribía
acerca de la posibilidad de
construir una red de desagües
por conductos subterráneos..
Ninguna de estas propuestas
superaría una sesión del
cabildo porteño. La situación
más explicativa acerca de la
voluntad ciudadana sería la
alameda. La apertura de esta
calle, ya vista como una
necesidad desde la gobernación
de Cevallos, podía significar la
posibilidad de integrar la ciudad
y el río. Mejoraba la
accesibilidad a la costa
permitiendo el recogimiento de
agua con carros que pudieran
transportar pipas o toneles de
mayor capacidad, reduciéndose el
precio del servicio. Sin embargo
una gran parte de los "individuos
del cabildo" se
opondrían; sólo los "hombres
hijosdalgo y de noble
linaje" apoyarían al
entonces Gobernador Bucarelli.
Tanto Vicente de Azcuénaga como
Manuel de Basavilbaso (unidos por
varios casamientos), alcaldes de
Buenos Aires, pondrían dinero y
se encargarían de las primeras
obras. Ninguna de las partes
involucradas en este conflicto
tuvieron en cuenta a los sectores
más pobres de la ciudad. Para
Bucarelli el problema radicaba en
el encono que le tenían los
regidores por haberse encargado
de la expulsión de los
sacerdotes de la Compañía de
Jesús. Por su parte los
regidores opinaban que la
construcción de la alameda se
debía a un capricho de
Bucarelli. Lo cierto es que las
consideraciones de los sectores
enfrentados parecerían tener
poca relación con la
problemática de la alameda como
nexo entre la ciudad y el río.
Una hipótesis que hemos
sostenido en un trabajo anterior
señalaba la existencia de
intereses comerciales comunes
entre el Gobernador Bucarelli,
Basavilbaso, Azcuénaga y el
Administrador de las misiones
Sanginés; importantes ganancias
que en desmedro de los indios del
pueblo de Yapeyú podrían haber
suscitado la envidia de los que
no participaban en el negocio.
Por eso la obra de la alameda se
realizará sin grandes
discusiones durante el gobierno
de Vértiz. Lo importante es que
la mayor parte de los ciudadanos
de Buenos Aires debieron esperar
hasta la eclosión de la fiebre
amarilla para contar con agua
más saludable. La población
reclamaría durante largos años
un suministro de agua "pura
y limpia" que aprovisionara
a 100 carretillas de aguateros
por día. Recién hacia 1869
comenzó a definirse el sistema
de provisión de agua corriente y
los desagües para la ciudad. El
informe técnico dice "tomamos
agua envenenada, comemos pan
envenenado y conservamos bajo
nuestros domicilios el foco de
infección más maligno que
jamás haya inventado el hombre,
el sumidero". Es
importante saber que en
otras ciudades de América se
había avanzado mucho más sobre
el tema. Se imponían impuestos
(sisa sobre la carne, el
aguardiente, el vino o el
vinagre) para subvencionar el
trazado de acueductos, construir
canales o acequias, conformar
lagunas artificiales y levantar
azudes (presas). Algunas de estas
obras permitieron cierto
desarrollo industrial en Potosí
(Bolivia) (lagunas artificiales),
en algunas ciudades de Mexico
-aparte de la capital- como
Valladolid (Morelia), Puebla,
Guanajuato, Chiapa de Corzo y
Querétaro (acueductos y
represas), en Guatemala
(acueducto de Pínula), San
Cristobal de la Habana (Cuba)
(acueductos de la Zanja Real,
Fernando VII y el canal de
Vento), Lima (acueducto),
Santiago de Chile (canal sobre el
río Mapocho) y hasta Córdoba
del Tucumán (acequia del Virrey
Sobremonte); utilizándose el
agua para el funcionamiento de
molinos, trapiches y otras
máquinas hidráulicas. También
se harían desagues (albañales y
cloacas) como el gran canal de
Tequixquiac (lago de Mexico).
Por eso es
importante destacar que en los
pueblos misionales se mantuvo una
actitud diferente a la de Buenos
Aires. El Padre Diego de Torres,
el provincial en 1609, les
ordenó a los misioneros: "escogeran
el pueblo que tuviere mayor y
mejor comarca y de mejores
caciques, y en el sitio más a
propósito hagan la reducción y
población
(
)
advirtiendo primero que
tenga agua, pesquería, buenas
tierras y que no sean todas
anegadizas ni mucho calor sino
buen temple y sin mosquitos ni
otras incomodidades, y en donde
puedan sembrar y mantenerse hasta
ochocientos o mil indios".
Más adelante el provincial
agregó entre otras cosas que
hicieran "lagunas de
pescado". ¿Qué es lo
que quería especificar?
Responderemos esto más adelante
al describir el abastecimiento de
agua a los pueblos. Por ahora
constataremos el cumplimiento de
lo ordenado por el provincial;
cuando el Padre Roque González
de Santa Cruz le envía la anua
de 1613 de San Ignacio Guazú
dice que "las aguas son
muchas, buenas y perpetuas".
Desde el principio
de las reducciones la concepción
que determinaría la
organización de los pueblos
tendría que ver con una idea
profundamente humanista y
progresista. La civilización de
la polis propuesta por los
jesuitas significó la
aplicación de los conocimientos
europeos de la época, una
continuidad de la cultura nativa
especialmente en lo que respecta
al dominio del medio y la
elevación a una vida signada por
las enseñanzas de Jesucristo; se
entendió así a una sociedad
respetuosa de la salud de sus
habitantes.
Para los misioneros
era fundamental transmitirle a
los indios los beneficios de su
capacidad intelectual. En ese
sentido el libro "El
Paraguay natural" del Padre
José Sánchez Labrador muestra
su interés al dedicar su segundo
capítulo a la bondad de las
aguas del Plata, diferencias y
calidades de algunas aguas,
origen de los ríos y fuentes.
Los indios
guaraníes también aportaron sus
conocimientos. No por nada según
Schmitz el significado de Mby´a
es hijo del agua. González
Torres destaca la forma de pescar
de los guaraníes mediante la
disposición de diques dejando
agua retenida y anestesiando a
los peces que quedaban
prisioneros.
Hubo también otros
aportes culturales que trajeron
los sacerdotes de la Compañía
de Jesús. Es evidente que con
respecto a la provisión de agua
cualquier idea de los jesuitas
estaría influenciada por los
sistemas procedentes de la ciudad
española de origen islámico.
Según María Jesús Rubiera Mata
en la descripción coránica del
paraíso la ciudad ideal era un
oasis atravesado por ríos y
acequias con profusión de
árboles frutales. Para los
jesuitas estaba claro que el acto
de la purificación, la
creatividad de los constructores
musulmanes estuvo puesta al
servicio de la salud pública.
Arno Kern (arqueólogo brasilero)
describe la reducción de San
Juan Bautista (actual Brasil)
representada en un mapa
encontrado en la Biblioteca
Nacional de París. "Em
nenhum outro documento se percebe
com tantos detalhes a importancia
do meio geográfico e a série de
rios e arroios que envolve o
povoado missioneiro e a sua
utilizacao para as atividades do
cotidiano.A vegetacao em torno
dos cursos de água está mais
sugerida do que retratada em sua
exuberancia natural. Duas pontes
facilitam a passagem dos rios, no
caminho para Sao Miguel e no para
Santo Angelo. As vertentes,
transformadas em fontes de água,
estao todas assinaladas. A leste
do povoado duas indias parecem
vir de uma dessas fontes
transportando recipientes
ceraminos na cabeca possivelmente
com água. A sua frente caminha
un indiozinho com duas moringas
uma en cada mao. Junto a fonte
outras indias aparecem en
posicoes diversas. Bosques
plantados com arvores
frutíferas, tanto na quinta como
no entorno do povoado,
complementam esse cenário
ambiental. As atividades de pesca
(recordar lo que decía el
Provincial Diego de Torres), coleta
e caca estao perfeitamente
caracterizadas
(
)
se ve a dois indios
pescando em uma canoa monoxila,
enquanto dois jacarés nadam pelo
rio. Pássaros, possivelmente
tucanos, voam em medio a
vegetacao".
Mikel de Epalza
menciona distintos aspectos de la
provisión de agua en la ciudad
islámica. Primeramente la
captación; si se realizaba
mediante pozos, norias (rueda
hidráulica), azudes (represas) o
impluviums. El transporte, desde
la captación a la distribución,
por medio de acequias (zanja o
canal), acueductos, alcántaras
(acueducto subterráneo o
sumidero), etc. Después habría
que considerar el almacenamiento;
mediante albercas (estanques
artificiales), aljibes (pozos,
cisternas), azudes (presas hechas
en los ríos para desviar el
agua), etc.. Finalmente la
distribución urbana y la
eliminación.
Para las misiones
Furlong destaca que en la 16°
Congregación Provincial de 1762
se pidió una cátedra de
matemáticas porque las artes
mecánicas, que forman una parte
de las matemáticas, se
utilizaron en la fundación de
nuevos pueblos de indios para su
arquitectura, la industria de las
maderas y la hidrotecnia.
Pensamos que se
habrían realizado estudios para
delinear la topografía del
terreno. En la época se
utilizaba el "nivel de
tranco" que constaba de dos
largas patas de madera y un
travesaño horizontal graduado.
Del vértice superior colgaba una
plomada cuyo hilo señalaba sobre
la regla graduada del travesaño
un desnivel existente entre ambas
patas. Otro instrumento muy
utilizado era el "corobate o
nivel de agua" que
funcionaba con el principio de
los vasos comunicantes. Su
técnica se denominaba
"nivelar a borneo", el
nivel de agua equidistante y
alineado entre dos miras. Pero no
se han encontrado menciones de
estos instrumentos en los
inventarios; lo que sí ha
aparecido es un listado de libros
técnicos de matemáticas,
geometría y mecánica que había
en algunas bibliotecas de los
pueblos. Podríamos mencionar a
autores como Vicente Tosca,
Iñigo de la Cruz, Miguel
Gerónimo de Santa Cruz, P. Ramos
y P. Gaspar Scotto de
matemáticas; Alexandro Cappa de
geometría y Guidi Ubaldi de
mecánica. La presencia de esta
problemática en la implantación
y desarrollo de un pueblo
misional ha sido destacado por
otro arqueólogo brasileño; ha
realizado un estudio del mismo
pueblo de San Juan Bautista. Este
pueblo como el de Santa Ana son
particularmente interesantes; el
lugar donde se sitúan el templo
y el colegio han sido elevados
artificialmente (el movimiento de
tierras fue importante). Artur
Barcelós destaca que el fundador
el Padre Antonio Sepp con el
objetivo de garantizar la
provisión de agua para el
asentamiento habría localizado
un lugar provisto de nacientes. "Ahora
me preguntará, tal vez, de donde
saco el agua que necesito para
mí gente. Si la recibo de un
pozo artesiano o de canales y
lagunas y lagunas subterráneas.
O si he construído tal vez unas
cisternas para recoger el
agua de lluvia. Nada de eso, la
Providencia Divina me ha
proporcionado como mencioné
arriba 4 hermosas y sanas fuentes
al pié de la colonia que me dan
suficiente agua para mis
indios". Barcelós
explica que el plano de San Juan
Bautista muestra 6 fuentes de
agua en los alrededores del
núcleo urbano. Todas ellas
tendrían que ver con un curso de
agua que posiblemente sea el
Arroyo Lajeado do Moinho. Las
fuentes habrían tenido
estructuras de represamiento del
agua. Una de las fuentes, de 600
metros cuadrados, estaba cercada
por barreras de tierra. La
barrera norte tenía 44 metros de
largo y la barrera sur 49,5
metros. En la extremidad oeste
había 11,5 metros con una
abertura de 1,5 metros ubicada en
el centro de la barrera. A partir
de ella se desarrollaba un canal.
Sus muros tenían 0,70 metros de
altura y 1,50 metros de ancho. En
este caso la azud (represa)
parecería haber servido para
bebedero de los animales. La
siguiente fuente es identificada
por Barcelós como dedicada al
riego. Sepp dice: "en
este mismo lugar, un valle
risueño de tierra sumamente
fértil cubierto de un bosque
verde, donde nacen dos
manantiales que riegan los
retoños, planté más tarde un
huerto frutal." No tiene
un canal sino que es el propio
declive del terreno el que, una
vez abierta la compuerta, llevaba
el agua. Al respecto se
encontraron bloques de basalto
próximos a la vertiente. La
fuente número tres habría sido
dedicada al lavado de la ropa;
así lo indica como lo
mencionamos- uno de los planos de
San Juan Bautista. Esto
permitiría señalar que habría
existido un funcionamiento
diferenciado para cada una de las
fuentes. (Kern habla de
provisión de agua a las oficinas
artesanales y cocina, riego de la
quinta y limpieza de letrinas
para el colegio). Podemos
mencionar otros ejemplos que
certifican la aplicación de un
criterio similar en otros pueblos
misionales. Son evidencias
documentales los comentarios del
Padre Sanchez Labrador: "no
ha faltado un jesuita industrioso
que cegó y allanó lagunas y
pantanos que caían inmediatos a
la reducción y doctrina en que
era párroco. Para lograr esto
formó tageas y fosos
"
También Azara, científico
de fines del siglo XVIII,
advirtió en el pueblo de
Apóstoles la existencia de "una
bellísima fuente de piedra de
sillería, con sus caños y un
hermoso lavadero, que es la
única cosa de esta especie que
he visto desde el Río de la
Plata acá"; se
trataría de los famosos
piletones (alberca:
estanque) que dibujara
Lugones en 1906.La Salvia
identificó un sistema en San
Nicolás llamado chafariz (pila
de fuente o fuente con caños)
que llevaba el agua de una fuente
hasta el núcleo urbano por un
sistema de aprovechamiento de la
inclinación del terreno. En los
asentamientos de San Miguel y San
Lorenzo se encontraron fuentes y
canalizaciones con sitio
determinado para los cántaros
(zafariche) y de donde salía el
agua por la boca de unas
esculturas de ángeles. Snihur,
durante sus trabajos para el
Proyecto Misiones Jesuíticas
(Convenio Argentina- España),
encontró estanques en un radio
de 400 metros del pueblo de
Nuestra Señora de Loreto. Afirma
que se trata de tajamares que
embalsaban las aguas pluviales
reteniéndolas en depresiones
naturales del terreno pero
también podrían ser
manantiales. En el caso de Santo
Tomé se conoce un plano de la
colección de Guillermo Furlong
que muestra la ubicación de los
manantiales alrededor del pueblo
y de sus estancias.
También un memorial
del Padre Luis de la Roca
menciona para el pueblo de Jesús
la construcción de una acequia
con el fin de evitar que agua de
lluvia pase de la loma a la
plaza.
En San Cosme y
Damián se han encontrado
atarjeas (vía de los
excrementos) conectadas con los
comunes (sanitarios) y una
ventilación del
sótano-despensa. Son
parcialidades que revelarían la
prolijidad de un trazado que
estaría dispuesto por el núcleo
principal y por las viviendas
indígenas. En Santa Ana Carugo y
Pini han encontrado un estanque
en la huerta construído con
bloques de asperón. Presenta la
forma de un cuadrado de 6 metros
de lado y 1,8 metros de
profundidad. El estanque poseía
cinco salidas, dos de ellas hacia
los talleres y otras dos hacia el
lado opuesto. Furlong mencionaba
un Memorial del provincial en
1693: "la acequia que
pasa por los retretes necesita
mayor cuidado para que nunca
falte el agua" (más que
a una acequia que es un curso de
agua abierto seguramente se
refería a una atarjea). Carugo y
Pini han encontrado otro estanque
a unos 1000 metros al norte de la
reducción. Se trataría de un
cuadrado de 7 metros de lado y
1,1 metros de profundidad
también realizado con bloques de
asperón. En uno de los muros se
observan tres pequeñas aberturas
que para los investigadores eran
bocas de entrada del manantial.
Una compuerta permitía la salida
del agua por una cañería
subterránea de lajas.
En el pueblo de
Nuestra Señora de Loreto
encontraron una zanja bastante
extensa de 0,40 metros de
profundidad. La pudieron
reconocer a partir del ángulo
sudoeste de los talleres y a
partir de allí se extiende en
línea recta unos 50 metros
siguiendo la dirección del muro
de estas oficinas de trabajo.
Desde allí dobla en ángulo
recto y sigue la dirección del
muro mayor del cementerio. Llega
a medir aproximadamente unos 180
metros. En el área de las
viviendas de los indios
encontraron trozos de piedra
atravesadas por cañerías de
cerámica en su centro. Los
trabajos dirigidos por el
Arquitecto Thomas ya han
destapado algunos trozos de hasta
3 metros de largo por lo que se
puede comenzar a pensar en la
extensión de estas redes. A
estos primeros trabajos habría
que agregar las excavaciones
realizadas por el arqueólogo
Juan Ignacio Mujica en este mismo
asentamiento. Su estudio de las
letrinas revelaría una
conducción de los desagües
hacia el huerto.
La detección de
estos elementos, cuya
investigación debería ser
profundizada en cada pueblo,
está señalando una concepción
absolutamente diferente a la
implantada en la ciudad de Buenos
Aires. En las misiones la
concepción de la polis de la
Compañía de Jesús apelaría
sin prejuicios a una de las
experiencias culturales más
preocupadas por la relación
entre el agua y el hombre. Como
decía el Corán el paraíso era
un "vergel por el que
corren los riachuelos";
las reducciones quizás no
llegaban a tanto pero
evidentemente estuvieron
organizadas por una voluntad
consciente de la importancia de
la salud pública de los
habitantes.
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