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NOTA DE TAPA
N° 87 / AGOSTO 2011
La marcha de las putas
Sólo las mujeres podemos conocer el alcance real de lo que
estamos hablando. Y esto, lejos de sembrar dudas acerca de la
capacidad intelectual de los hombres, representa más bien esa
amplia brecha donde se abisma la diferencia de los sexos, con lo
atractivo pero también peligroso que representa. Como ya es
costumbre, las verdades universales que buscan imponer los
medios de comunicación, ese afán de cultura homogénea y
aplicable como receta todo terreno sobre cualquier superficie,
se distancian de manera, a veces insalvable, de la realidad de
ciertos territorios. El tema de la mujer, y sus formas de
interactuar en el mundo, es un caso ejemplar. La publicidad, el
cine, la televisión, las notas de actualidad, suelen mostrarla
dueña de sus actos, independiente, arrolladora, hedonista, un
poco caprichosa, liberada de viejos tabúes, en fin, la antítesis
de las generaciones pasadas. Suelen olvidar, sin embargo, que
para que esos nuevos estereotipos realmente funcionen hay que
barrer con siglos de historia. Y no solamente siglos de historia
contada por hombres sino también por mujeres. La mirada
reprobadora, el gesto descalificador y la sospecha de oscuras
intenciones cuando una mujer hace lo que le gusta, se mueve con
liberalidad, no pide permisos ni espera aprobaciones y, sobre
todo, sin un hombre atrás que la respalde y la legitime, no son
conductas exclusivamente masculinas. El antiguo mandato del
hogar y los niños como único horizonte femenino –o, lo que es lo
mismo, la pronta exclusión de la mujer del campo de los deseos-,
fue abolido de golpe en muchos aspectos, haciendo que coexistan
estas nuevas formas con las viejas generaciones que se educaron
bajo aquél precepto (y, sobre todo, se censuraron e
incapacitaron en sus cuestiones vitales) y que ahora actúan
tanto de observadoras y como de protagonistas conflictuadas frente
a esta diferencia.
La violencia ejercida en la vida cotidiana sobre la mujer,
muchas veces, es tan imperceptible que su misma denuncia
equivale a que ella se ubique en el lugar del que precisamente
está tratando de salir. No solemos aceptar de buen agrado que
todavía nos consideren un objeto sujeto a la aprobación de una
hipotética platea masculina. Hacemos como si el dato ancestral
del machismo no existiera. Actuamos en el mundo como si ese
mundo hubiera cambiado radicalmente (queremos creer que ya no es
el aterrador de nuestras madres y abuelas), y de golpe,
sobreviene el golpe, físico, verbal, gestual o en cualquiera
de las formas que nosotras conocemos muy bien y que muchas veces
ni siquiera alcanzan a configurarse, a volverse denunciables.
Esa censura que encuentra su eficacia precisamente en su
intangibilidad. De pronto, caemos en la conclusión de que toda
esa industria de la cosmética que promete paraísos artificiales,
de la moda, de las tecnologías rejuvenecedoras, el mundo de los
estudios, de los viajes y de las posibilidades laborales, son
leídos por esos otros, que creíamos desterrados, como
estrategias dirigidas a ellos, para nosotras pero con ellos como
últimos destinatarios. Y cuando la encomienda no llega a
destino, sobreviene la violencia, la sospecha de traición, la
necesidad de impartir castigo por la desobediencia a un pacto
firmado unilateralmente. Desde la trata de blancas, los abusos,
las violaciones, la violencia doméstica hasta la mujer que es
mirada con desconfianza solo porque está sola, todo constituye
ese universo todavía sólidamente asentado en espacios
insospechados. La tecnología, entonces, se confabula de nuevo
para salvar las diferencias, para reparar desajustes, para, por
lo menos en este caso, dejar en ridículo la pervivencia de
un mundo callado y anacrónico que todavía presiona y que quiere
seguir legislando sobre los cuerpos y sobre las mentes. De
hombres y mujeres
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