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EDUCACIÓN
Y POBREZA EN ARGENTINA
Agamben en Buenos Aires:
Cultura Sociedad AnónimaEstuvo
Giorgio Agamben en Buenos Aires. Hasta ahí, muy
bien. Quisimos ir a verlo pero no pudimos. Por lo
visto, y en un estallido de fanatismo filosófico
masivo, la gente agotó las entradas de un día
para otro, como si se tratara de los Rollings o
del último Potter en Londres. Algo similar
ocurrió en un par de congresos sobre
Comunicación, llevados a cabo meses atrás y
donde también estuvieron intelectuales
extranjeros. En todos los casos la entrada era
gratuita con rigurosa inscripción previa, con
auspicios públicos y privados. No escuchar por
enésima vez que los sitios de Internet son
caprichosos y autoritarios y los grandes diarios,
democráticos y pluralistas, no fue sin embargo
una grave pérdida. Tampoco no asistir a las
charlas de Agamben (¿habrá algo al respecto que
lo fuera?). Hablar de las visitas
internacionales, y de los que se quedan afuera,
es sólo una excusa para reflexionar sobre la
cultura y la educación en nuestro país, sobre
los intrincados itinerarios que ellas trazan así
como los mecanismos que las regulan y que tienden
a reproducir los procesos de inclusión y
exclusión que rigen nuestra época actual.
Ya
sabemos que las universidades estatales son
gratuitas hasta cierto punto. Dejan de serlo
cuando se internan en el campo de la formación
superior, allí funcionan como cualquier
universidad privada. Y si consideramos que,
medios de comunicación y mercado mediante, la
sola obtención del título de grado vuelve al
poseedor en casi un analfabeto para el mundo
laboral, los estudios posteriores se vuelven un
imperativo. Así, con estos nuevos criterios de
competitividad, acumulación y eficientismo, tan
similares al mundo empresarial, surgen los
profesionales múltiples con interminables
currículums donde abundan los títulos más
diversos, las maestrías, los doctorados, los
posdoctorados, los cursos de perfecccionamiento y
demás. Al mismo tiempo brotan como hongos las
universidades privadas, los institutos
especializados y otros centros de enseñanza que,
obviamente y como cualquier negocio, compiten por
la clientela (aunque habría que ver si también
por la excelencia). Semejante proliferación de
oferta académica, siempre paga, siempre onerosa,
ya sea pública o privada, nos lleva a inferir
sobre las características del alumnado que
efectivamente podrá sostener ese proceso de
formación permanente. Formación que
contemplará también la asistencia a congresos,
charlas, debates, encuentros y todo lo que
podría acrecentar el perfil del estudiante. No
sería extraño suponer entonces que el acceso a
un intelectual del primer mundo, para debatir,
preguntar y enfrentarse con su obra de manera
diferente a la lectura, sufriría el mismo
destino que el de aquella alta cultura. Es decir,
tendería a seguir el derrotero de cualquier otro
producto lanzado a este mercado siempre ávido de
consumidores calificados no tanto por sus dotes
intelectuales sino por sus capacidades
económicas, a los que llegado el momento
también habrá que compensar y sobre todo
retener. En cualquier caso, la doble condición
para la asistencia a estos eventos, gratuidad e
inscripción previa, estaría garantizando por lo
menos el funcionamiento de una democracia
ordenada pero también selectiva.
Entretanto,
y como para que la inclinación de la balanza no
fuera demasiado marcada, existe una oferta
cultural al alcance de todo el mundo, totalmente
libre, totalmente gratuita y "hasta agotar
la capacidad del lugar". Esta cultura de
acceso irrestricto también tiene, sin embargo,
su costo por un lado y sus limitaciones por otro.
Un costo que pone en juego la excelencia de lo
producido en espacios que intentarán explicar,
por ejemplo, en diez minutos el concepto de
globalización y sus efectos sobre el tercer
mundo; en veinte, la filosofía de Aristóteles,
Kant o de Heidegger (o, en el peor de los casos,
de los tres a la vez); en un par de líneas las
obras de los conocidos de siempre, o de los
desconocidos que durarán un instante, todo
auspiciado por empresas que luego lanzarán
libros, organizarán muestras, exposiciones y
conferencias; financiarán centros de estudios o
institutos de investigación y otorgarán becas,
premios y subsidios, en un círculo vicioso y, en
cierta forma, estancado en cuanto a sus
posibilidades de apertura. Pero por otro lado,
ese acceso masivo no deja de ser por lo menos
ilusorio, el intento por alumbrar con fuegos
artificiales un cielo oscurecido desde hace ya
mucho tiempo. Educación, pobreza y marginación
vuelven aquí a entretejer una poderosa malla
que, sin necesidad de trabas externas o
inscripciones previas, inhabilita a la mayoría
de la población para el encuentro con un
determinado tipo de cultura, con un determinado
autor, una determinada muestra, un determinado
teatro. Con esas obras que, universales y
eternas, ingresivas y profundamente
perturbadoras, nos provocan iluminándonos el
presente y, sobre todo, cuestionándolo.
Selecta
y redituable para una minoría, masiva y
aligerada para otra, y ausente para la mayoría,
en todos los casos la cultura en su carácter
crítico parecería haber iniciado una retirada
sin retorno posible. De ella se encargaron las
políticas fagocitantes y las inacciones varias.
Esas que para felicidad de cualquier poder vuelve
a los pueblos analfabetos. Más allá de los
títulos, los currículums y los fuegos
artificiales.
Redacción de Contratiempo
Octubre 2005
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