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NOTA DE TAPA N° 67 /
ABRIL 2010
Rocinha
Río de Janeiro es
un infierno, son cerca de las tres de la tarde y el sol pega de
lleno sobre el cuerpo. Estamos en un puente peatonal sobre la
Autopista de Gávea, de espaldas a Sao Conrado, justo frente a
las alturas de Rocinha. A nuestros pies se levantan el centro de
salud, el artesanato, el campo de deportes y la estación
transformadora de electricidad, ubicados en las inmediaciones de
la favela y construidos para su población. Dos niños, con
uniformes deportivos, nos piden salir en las fotos. Posan, nos
agradecen con una sonrisa enorme -saben que en algún momento los
vamos a recordar- y se van. Todo lo que hay aquí lo hicieron
los habitantes de Rocinha nos dice el encargado del atelier
de arte en un portugués acelerado. Delantales, vasijas, cuadros,
artesanías de material reciclable y de trazo infantil, casi como
tareas escolares. Rocinha apabulla por perseverancia; no se sabe
bien si la geografía natural venció a la arquitectura del hombre
o si fue abatida por ésta. Las casas trepan, se multiplican, se
expanden en todas direcciones, reducen su espacio entre ellas y
respetuosas del morro, siguen sus ondulaciones hasta no dejar
rastros de él. Recién arriba, bien arriba, éste vuelve a emerger
verde, gris y todavía infranqueable. En el otro extremo, una
serie de edificios en torre bordea la autopista, se erige como
lanzas hacia el cielo y certifica, por materialidad y modo de
ocupación del suelo y del espacio, su no pertenencia a la
comunidad de pobres que tiene enfrente como remate de sus
visuales. Orden y anarquía, distancia y hacinamiento, la
sagrada línea recta y el maldito camino de los asnos de Le
Corbusier, articulados por una autopista que los conecta y
aísla, los enfrenta y concilia, los acelera, desbarata y
reorganiza según sus tiempos a los que unos se integran y el
otro resiste.
Marzo de
2010
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