La
infancia no es el futuro promisorio, no es una inversión
puesta a plazos para lograr dividendos. Es un tiempo y un
espacio de percepción y creación diferentes del mundo adulto,
cuyo elemento interruptor desbarata todo lo que le precede y
propone aperturas y nuevas formas de existencia y de
experiencia. Por eso en el niño no es tan interesante el
porvenir que relampaguea sino las posibilidades de
transformación de ese presente que ya se volvió obsoleto. O
sólo una cronología sin posibilidades de emancipación alguna.
La muerte infantil es una catástrofe frente a la que, por lo
general, la humanidad se queda literalmente sin palabras. La
muerte de un niño no constituye parte de la vida, como lo es
la muerte adulta, sino su absoluto fracaso. El tiempo mítico
de la infancia queda interrumpido y arrastra tras sí todos los
otros tiempos que ella genera. Un cataclismo cósmico que por
la aridez que siembra a su paso, obliga a analizar las
condiciones de sobrevida. Doce féretros blancos en Río de
Janeiro es algo más que el melodrama taquillero emitido hasta
el cansancio por los medios de comunicación. Es tanto la pena
devastadora de los sobrevivientes como el sentimiento de culpa
frente a la muerte de cualquier niño. Culpa que atraviesa
todos los estamentos y que se adueña de aquéllos
que comprenden esencialmente qué representan esos brotes
arrancados de golpe, esa obturación del presente y esa
incertidumbre que involucra a la propia especie. Ese
empobrecimiento vivencial que aqueja a un tiempo con niños
muertos. El mundo entra en un momentáneo suspenso, se desgarra
en sus fundaciones y emite un alarido que se escucha, y se
teme, mortal. Cuando la muerte infantil se disfraza de
estadísticas, censos, léxicos disciplinares, cuando se la
silencia como costo necesario de opulencias ajenas, y nadie
reclama por ella, generando genocidios legitimados, la
humanidad se está matando, en realidad, dos veces. Y lo que
aún es peor, ni siquiera se da cuenta