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NOTA DE TAPA N° 51 - MARZO - ABRIL 2008
El campo y la ciudad - Nostalgia y realidad

Un espacio se conforma por las tensiones que lo atraviesan, por lo que contiene, por lo que contuvo y por lo que también alguna vez tendrá. La denominación, sin embargo, va a ser depositaria de las expectativas, las ideas y los atributos elaborados por la imaginación del que lo piensa. Hay nombres que ejercen una gran atracción precisamente por la fertilidad de esta imaginación. Nombres que inauguran un universo simbólico que muchas veces tiene escasa relación con la verdad de su objeto. El concepto “campo” por ejemplo. La antítesis ciudad-campo surge con violenta intensidad (basta recordar el exterminio de indios y gauchos durante el siglo XIX) cuando avanza el proceso de modernización de Buenos Aires. Al crecimiento de esta distancia, tanto mental como real, con el interior se le contrapone, sin embargo, el renacimiento del campo como lugar soñado y utópico. Esto ocurre por el progresivo deterioro de las condiciones urbanas en manos, precisamente, de esta modernización (invasión de inmigrantes, contaminación de la lengua, cambios en las costumbres, crisis habitacional, etc.). El campo está regido para la imaginación del que lo evoca por reglas muy diferentes a la ciudad: la solidaridad, el honor, el desinterés, la cordialidad, una vida no digitada por el cálculo y la especulación. Un espacio que escapa tanto a las diversas tiranías impuestas por los centros civilizados como a la historia: en el campo nunca pasa nada, vive un tiempo homogéneo y sujeto solo a las contingencias de la naturaleza. Por otro lado, si la ciudad brinda las mejores oportunidades para el desarrollo de la vida, el precio que su habitante debe pagar es muy alto: tomar conciencia de su situación como bien de cambio, de recambio, redituable y finalmente deshechable. El encarecimiento de la vida urbana, la cantidad de horas invertidas en el trabajo, los problemas habitacionales de las clases menos pudientes, la autoexclusión, la fragmentación de la ciudad, el acceso cada vez más restringido a la educación y la salud, la vejez descuidada, el amiguismo, el clientelismo o cualquier estructura mafiosa que se necesita para acceder por lo general a los puestos calificados, son apenas algunos ejemplos de este mecanismo que cada vez, con más ferocidad, muestra su carácter selectivo y excluyente. La utopía del “campo” será entonces difícilmente atacable porque cumple una función restauradora del equilibrio perdido en la vida metropolitana. Si el porteño huye al interior cada fin de semana largo no es solo por el mandato social alimentado por la industria del turismo: es porque cada vez, con mayor intensidad, no se encuentra en la ciudad durante las llamadas horas muertas, o sea, cuando no está trabajando (escapada paradójica por otro lado: ella le ratifica su pertenencia a la metrópolis, su condición de ser regulado por ese tiempo productivo del que intenta escapar). En este contexto es muy difícil que, de buenas a primeras, un hombre de ciudad, no importa en qué barrio viva, se ponga contra el campo. La expresión es desafortunada desde la misma enunciación. El trabajador de campo inspira simpatía porque es todo lo opuesto a nosotros. El dueño de la tierra tal vez menos pero nunca la aversión que despertarían por ejemplo banqueros y financistas. Y aún más, políticos y  sindicalistas. La lucha en la imaginación, porque en ese terreno estamos hablando, es desigual desde el inicio: aunque parezca lo contrario, lo real jamás vence a lo ideal. Cuando con extrema ligereza –todos se sintieron impelidos a hablar, no importa si estuvieran calificados o no- se consideró a las clases medias como “idiotas útiles” o presas del desconcierto o, peor aún, ignorantes de lo que “en realidad” estaba sucediendo (sea las tramoyas de los pools de la soja, sea un hipotético golpe de estado, sea una intriga oligárquica y rural cuyo objetivo era matarnos a todos de hambre con el desabastecimiento), se incurrió en un olvido primordial. Se dejaron de lado  los factores emocionales, espirituales y, por qué no, existenciales que conforman al habitante metropolitano y a su espacio de acción. Se olvidó que el hombre es algo más que una variable de la economía manipulada por poderosos. Y se olvidó también que por lo general, en la imaginación del que padece diariamente la exclusión y el olvido, sus verdugos no habitan el campo. Suelen estar mucho más cerca.

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